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El autor contempla unos grabados de Ramón Alejandro, el admirable pintor cubano, donde abundan los cundeamores*

Cuando salí de Collores
fue en una jaquita baya,
por un sendero entre mayas
arropás de cundiamores.

Luis Llorens Torres

El aguafuerte es el aguardiente del arte gráfico; el cundeamor, la planta cuyo solo nombre insinúa un estado de gracia. El genio dibujante de Ramón Alejandro los junta como quien impone el bien al mal, o viceversa; como él mismo ensambla, en sus óleos, el día y la noche, valvas del globo terráqueo, máscaras del gran teatro del mundo.

Ácido nítrico, plancha metálica, punta de acero, mordida, son términos que identifican la técnica del aguafuerte. La voz agua, tan femenina, al verse atrapada entre un artículo que refuta su género (el) y un calificativo neutro (fuerte), respira violencia, se masculiniza. Resulta imposible imaginar “Los desastres de la guerra” de Francisco Goya ejecutados en otra técnica de grabado: el aguafuerte es a la pintura lo que el film noir al cine: un trago amargo.

Flores amarillas y unisexuales, tallos pubescentes, hojas de lóbulos dentados, frutas cubiertas de protuberancias y semillas rodeadas de una pulpa roja identifican al cundeamor, cuyo afán de propagar afecto, de que el amor cunda, casi lo afemina. El cundeamor es al trópico lo que el viejo cine musical norteamericano al siglo XXI: una prueba de que el ser humano puede ser bueno, de que no hay por qué descartar un final feliz.

Nada más lejos del apostolado del cundeamor, joyero de propiedades medicinales, decorador de espacios al aire libre, deleite de pájaros --a quienes no debe de ser indiferente su altruismo: de ahí la afición a sus semillas y su propósito de, comiéndolas, diseminarlas--, que el procedimiento lancinante y corrosivo del grabado al agua. Basta reparar en la vocación ascensional del cundeamor, en su sed de alturas (es planta trepadora), para comprender que se trata de naturalezas con inclinaciones contrarias.

Los chinos que en la antigüedad tuvieron a las aguas por la residencia del dragón, y los que en Cuba, en fechas más recientes, se deleitaban comiendo cundeamores, convergen en estos grabados donde las garras del emblema imperial, desdobladas en buriles, ofrecen puñados de la fruta.

Nadie sabe qué busca el cundeamor en lo alto. ¿Monte para su sermón? Los hogares en cuyos patios se explaya deben de ser más felices; las fincas de cuyas cercas pende, más fecundas; los animales que entre cundeamores se crían, más fértiles; menos peligrosas las púas de los alambres que acarician sus hojas; más acogedor el país donde prolifera. La semilla negra de pulpa roja, origen, acaso, de ideologías capaces de asolar naciones, preocupa. Pero el cundeamor sabe rectificar y resarcir: baja la fiebre y sus frutos macerados en aceite curan las heridas.

Los chichones que le abultan la cáscara son el resultado de su lucha perenne con el cielo raso de la realidad, que se empeña en frustrar su ascenso. Ramón Alejandro abre estos frutos para que sus semillas no sólo vuelen en el buche de los zorzales y sinsontes, sino en la imaginación de quienes se acerquen a sus aguafuertes. Los come el Hombre Araña, émulo aventajado de la planta. De haberse rodeado de ellos, Rimski-Kórsakov los hubiera oído aletear y “El vuelo del cundeamor” serviría de pareja al del moscardón solitario.

La decocción de un puñado de cundeamores en aguafuerte está menos destinada a recordar los poderes terapéuticos del fruto --descritos en cualquier manual de botánica-- que los del arte. La facultad de este último para sanar el ánimo maltrecho es aún cuestionada por el ciudadano común, más dado a creer que un cocimiento de hojas de cundeamor cura la colitis o expulsa los tricocéfalos, que la obra artística es remedio para el alma.

Repárese, sin embargo, en la peligrosidad de estos grabados. El zumo extraído de la tripa del cundeamor puede devastar el sistema nervioso de algunos animales, hacer estériles a otros y matar a más de uno. Ramón Alejandro aconseja que sus obras no se exhiban en hogares donde haya mascotas y que, si se cuelgan, se eviten las habitaciones húmedas y la cercanía de mesas donde accidentalmente pueda depositarse la vajilla. Unas gotas de zumo de cundeamor y ácido nítrico mezcladas pueden ser mortales.

*Cundeamor o cundiamor – Planta de la familia de las cucurbitáceas, es decir, del melón y el pepino. Nombre científico: momordico charantia. En Cuba también se le llama pimpinillo; en Filipinas, amargozo; en Japón, clarividente, goya. Estaba destinada al aguafuerte.

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