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El autor destaca la similitud entre un otoño forzado y la historia reciente de su país.

Una bandada de hojas amarillas, naranjas, marrones, dispersas por el viento, es una familia que se separa, una comunidad cuyos miembros se ven forzados a tomar rumbos distintos, una nación forzada a emigrar y en el caso de las hojas, y de más de un grupo de seres humanos, a sucumbir y desvanecerse lejos de su lugar de origen.

Hay algo otoñal en la nación cubana, y algo de hoja en cada cubano que abandona la isla, envejece lejos de ella y, a cierta altura de su vida, mira hacia atrás y advierte cómo el viento de la Historia ha jugado con él y después de arrancarlo del árbol madre, lo ha traído y llevado a su antojo, de una esperanza a otra, de un desengaño a otro.

Wasajo, poeta japonés, da testimonio del drama de las hojas a la llegada del otoño, un drama tan diverso como su coloración, y uno que abarca desde las relaciones entre ellas hasta su relación con los hombres.

Cae una hoja
y, acto seguido, al viento
se entrega otra.

No parece que la primera de estas hojas se desprenda voluntariamente del árbol sino que se desploma como una persona víctima de un accidente cerebral o un paro cardiaco irreversible. Nadie cae porque quiere sino porque una fuerza mayor -la gravedad, la muerte- lo arroja al suelo.

El caso de la segunda hoja es distinto. No hace más que seguir los pasos de la primera pero deliberadamente, como si, suicida, se arrancara a sí misma del árbol, incapaz de vivir sin la anterior, incapaz de aceptar su aniquilamiento. El verbo es la clave: entrega. Presenciamos el desenlace trágico de una historia de amor.

Otro poeta japonés, Yosa Buson, convierte el suicidio individual en multitudinario, y ve en su origen el apaleamiento de unas frutas:

Verdes ciruelas.
Al tumbarlas, las hojas
vienen tras ellas.

El follaje reacciona a la violencia ejercida por alguien contra las frutas que cuelgan dentro de él, frutas aún jóvenes, y se arroja al vacío, ávido de correr su misma suerte, de defenderlas del manoseo o la mordida impiadosa, e incluso de castigar al agresor.

Quien ha derribado a palos una fruta sabe que su gestión suele lastimar la fronda y sobresaltar a sus habitantes: crujen las ramas, los gajos se quiebran, las lagartijas son una baraja de tonalidades, las hormigas no saben qué hacer, tiembla la sombra, los nidos se engrifan y hasta los pájaros que empollan pierden alguna pluma y huyen despavoridos.

El autor de este haiku sabe algo más: sabe que el follaje sometido a un otoño arbitrario no es insensible al maltrato de su obra magna, las frutas, y advierte cómo, solidario, decide acompañarlas, aunque ello signifique una inmolación colectiva, un atentado contra el bienestar de la planta.

La Oficina de Aduanas y Protección de Fronteras de Estados Unidos reveló que 27,542 cubanos arribaron a este país solicitando asilo entre el 1 de octubre de 2014 y el 31 de mayo de 2015; unos por aire, otros por tierra -luego de trasladarse a Centro y Sudamérica, y atravesar Guatemala y México-, y 3,564 de ellos en pequeñas embarcaciones, a través del Estrecho de la Florida.

Moler a palos a Cuba se ha vuelto costumbre, y tan arraigada que, como el otoño, a todos parece muy natural.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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