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El poder y la fe


El papa Benedicto XVI se reunió e intercambió regalos este martes con el gobernante cubano Raúl Castro en el Palacio de la Revolución de La Habana

Benedicto XVI inspira espiritualidad pero palidece cuando se le compara con su predecesor.

Es difícil comparar la visita del papa Juan Pablo II a Cuba en 1998 y la del papa Benedicto XVI esta semana. Las personalidades son distintas y los tiempos han cambiado.

En 1998 dos hombres carismáticos dominaban el escenario — Juan Pablo, quien tenía la popularidad de un ídolo de un músico de rock; y Fidel Castro, quien a pesar de su maldad, ejercía cierta autoridad sobre los cubanos por la fuerza de su personalidad.

En aquellos años Cuba estaba más aislada y la iglesia era poco más que una pequeña molestia que solo irritaba.

Ahora son muchos los disidentes y un Raúl Castro gobierna sin la popularidad de su hermano y con miedo a un levantamiento popular contra del régimen.

Benedicto XVI inspira espiritualidad pero palidece cuando se le compara con su predecesor.

En Santiago de Cuba la misa fue controlada por el gobierno. No había el entusiasmo con que los feligreses gritaban eufóricos "el Papa se queda en Camagüey" en 1998.

En Santiago había miles de feligreses, pero el New York Times dice que la plaza fue llenada por el gobierno que exigía a sus partidarios en sus trabajos que fueran a la misa.

Es posible que mire con nostalgia aquella visita de Juan Pablo II, pero no recuerdo la rigidez del protocolo como jefe de estado que Raúl le rindiera a Benedicto XVI.

El Papa quería que su viaje fuese un peregrinaje de fe. Castro lo recibió con 21 cañonazos apropiados para un jefe de estado en visita oficial y con una larga y tediosa diatriba contra Estados Unidos.

El papa Juan Pablo II oyó las palabras de entonces Obispo de Santiago, Pedro Meurice quien dijo: "Le presento . . . un número creciente de cubanos que han confundido la patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas y la cultura con otra ideología". Días después el Papa dijo: Espero "que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba".

Lo más cercano a eso en este viaje ocurrió en el avión papal cuando el Papa viajaba de Roma a México. La corresponsal de Univisión, María Antonieta Collins, le pregunta al Santo Padre si el marxismo era una ideología aún valida. El Papa le respondió que no, que había fracasado y que necesitaba ser cambiada.

En Cuba las palabras del Papa fueron más mesuradas. Su viaje es de fe; no de política y los creyentes en la isla no quieren perder el espacio que le ha dado el gobierno a la iglesia en los últimos 14 años. Quieren crecerlo más, aún bajo el control del gobierno.

Pero por bueno que sea el libreto siempre ocurre algo inesperado. Cuba ha cambiado. Hay más disidentes y a pesar de una constante persecución del gobierno sus voces se oyen por teléfono, en twitters y en textos mandados por teléfonos celulares.

El Vaticano no dice que el Papa planea reunirse con los disidentes. Y Cuba trató de impedir que los disidentes fueran a la misa en Santiago. Pero no pudieron impedir que un hombre se acercara al altar y gritara: "abajo con el comunismo". Inmediatamente fue arrestado y golpeado por agentes de Seguridad y partidarios del régimen. Un hombre que vestía la camisa de la Cruz Roja de Cuba le pegó un puñetazo y después le pego con la camilla que llevaba. Las cámaras y un corresponsal de Univisión lo captaron todo.

A pesar de lo ocurrido me niego a criticar a los peregrinos que han viajado a Cuba a ver al Papa. Conozco a varios de ellos. Entre ellos, el doctor Luis Fernández Rocha, jefe de una organización anti-castrista a principios de los años 60 y Carlos Saladrigas, un empresario del exilio que ha tenido un gran éxito y que ahora ayuda, por medio de la Iglesia Católica a los pequeños negocios que Cuba hoy permite.

Me duele el ostracismo con los disidentes y la represión constante del estado en su contra. Lloro por el hombre golpeado en la misa por decir en alta voz lo que muchos piensan. Pero me niego a cerrar mi mente al poder de la fe.
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