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Para caminar hacia un mañana mejor


El Nuncio Apostólico en Cuba, Bruno Musaro.
Desde el anuncio del viaje apostólico de Benedicto XVI a México y a Cuba, dado oficialmente por Su Santidad el 12 de diciembre del año pasado durante la homilía de la santa misa celebrada en la basílica de San Pedro con ocasión del bicentenario de la independencia de la mayor parte de los países de América Latina, una inmensa alegría se ha ido difundiendo entre el pueblo cubano, desde los obispos hasta los fieles católicos, pero también entre quienes se declaran no creyentes o quienes profesan otra religión.

Al Papa aquí se le espera como Peregrino de la caridad, siguiendo las huellas de tantos peregrinos que este año acuden al santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre para venerar a la Virgen Mambisa, como se la suele llamar, patrona de Cuba y Madre del pueblo cubano. La peregrinación de Su Santidad, como la de los cubanos, quiere ser una devolución de la visita que la imagen de la Virgen acaba de realizar a toda la isla, como preparación para el Año jubilar mariano, convocado por los obispos e iniciado el pasado 7 de enero para celebrar el iv centenario de su hallazgo. La venerada imagen ha sido llevada a todas las ciudades y aldeas, grandes y pequeñas; ni siquiera la aldea más perdida en la Sierra Maestra ha quedado excluida del privilegio de recibir a la «Madre del Señor». La «peregrinatio Mariae», con los mensajes «A Jesús por María» y «La caridad nos une» ha sido la ocasión para un inesperado y conmovedor acto de fe y de devoción por parte de miles y miles de personas, cercanas o alejadas de la Iglesia, pero que todas, jóvenes o mayores, doctas o gente del campo, reconocen en la Virgen del Cobre a su Madre y Reina.

Como Sucesor del apóstol Pedro, Benedicto XVI viene para confirmar a los hermanos en la fe, según el mandato que Jesús confió al Príncipe de los Apóstoles durante la última Cena, y para animar a la esperanza, a la paz y a la reconciliación.

La fe, la esperanza, la paz y la reconciliación han sido los temas predominantes de la catequesis de los obispos cubanos durante la peregrinación de la Virgen del Cobre. Esta peregrinación ha ayudado a los cubanos a redescubrir su fe, los ha animado a la esperanza y los ha exhortado a la paz y a la reconciliación. En esta línea se colocará el viaje apostólico del Santo Padre, desde Santiago de Cuba (arquidiócesis donde se encuentra el santuario mariano del Cobre) hasta La Habana. La presencia de Benedicto XVI pondrá de relieve el dinamismo y la creatividad de la Iglesia que peregrina en Cuba, llena de júbilo por acoger al Sucesor de Pedro. Esta Iglesia, a la que ya visitó el beato Juan Pablo II en enero de 1998, siempre ha sido fiel al anuncio del Evangelio, incluso en circunstancias difíciles. En catorce años, desde la anterior visita pontificia, han cambiado muchas cosas en la vida de la nación; el Estado está llevando a cabo reformas en el ámbito económico que permiten esperar un futuro mejor para todos; el indulto del presidente de la República Raúl Castro a cerca de tres mil detenidos antes de Navidad, con ocasión del Año jubilar mariano y de la anunciada visita del Papa, ha llevado serenidad y alegría a numerosas familias; el diálogo entre Iglesia y Estado, que en el año 2010 dio como fruto la liberación de setenta y cinco presos políticos, está haciendo caer muchos prejuicios. En este nuevo clima, que se espera que siga creciendo, es cada vez más vivo el deseo de los cubanos de escuchar las palabras del Santo Padre y alimentarse de sus enseñanzas y estímulos para seguir adelante con renovada confianza. Aquí todos recuerdan con profundo agradecimiento las proféticas palabras del Papa Juan Pablo II: «¡Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba!».

Esta es la realidad que el Santo Padre se va a encontrar. La Iglesia local ha hecho de esa exhortación solemne un compromiso constante, a pesar de críticas o incomprensiones, para contribuir a suscitar entre todos los cubanos, tanto entre los que viven en la isla como entre los que se han marchado de ella recientemente o desde hace tiempo, los fermentos de un diálogo verdadero y fecundo, primicia de una reconciliación que no puede faltar con vistas a un futuro de paz y de justicia. Cuba ha cambiado en este sentido, y lentamente se perfila un nuevo horizonte, que todos llevamos en la oración y que dentro de pocos días conocerá también el Santo Padre, el cual vendrá de lejos para animar los esfuerzos de verdad y de paz, en nombre del Evangelio.

El anuncio de la visita de Su Santidad Benedicto XVI a Cuba ha suscitado sobre todo una inmensa esperanza. La esperanza impulsa el corazón de todos los cubanos a encontrarse con el «Dulce Cristo en la tierra», seguros de hallar en él una guía segura y una fuerza espiritual para poder seguir adelante con serenidad y confianza por el camino del amor y de la reconciliación. Ya se sabe que son muchas las tentaciones de violencia y antagonismos, procedentes de todas partes, mientras que son pocas las voces que invitan a la paz y a la reconciliación. Aquí ahora se espera sólo una voz: la del Santo Padre, del Pastor de la Iglesia universal, que viene a repetir a todos: «La caridad nos une» y nos impulsa hacia el amor fraterno, hacia el perdón y hacia la reconciliación.

Esta realidad y estos propósitos son, sin duda, elementos adecuados para la nueva evangelización, tan deseada y promovida por Benedicto XVI, que todos esperamos que lleve a la «primavera de la fe», de la que con razón habló el cardenal Jaime Ortega, arzobispo de La Habana, a propósito de la peregrinación nacional de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre.

El noble pueblo cubano se prepara para recibir al Santo Padre «con afecto y respeto», según la expresión usada por el presidente Raúl Castro Ruz.

«¡Bienvenido, Santo Padre!» exclamarán todos los cubanos. «Confírmanos en la fe, en la esperanza y en la caridad, para que podamos recorrer caminos nuevos hacia un mañana mejor».

Bruno Musarò, Nuncio apostólico en Cuba

23 de marzo de 2012
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