Hemos tenido revistas que nacieron para acompañar una época y revistas que, en cambio, terminaron pareciéndose a una conciencia. Alma Mater pertenece a esa estirpe rara: ha contado a los jóvenes cubanos, también los ha discutido, los ha desafiado, los ha empujado a mirarse de frente en el espejo a veces glorioso, a veces roto, de la nación. Fundada en noviembre de 1922 por el comunista Julio Antonio Mella, sigue siendo, más de un siglo después, la publicación juvenil más antigua de Cuba, y ese dato no es una nota al aire: es una hazaña, una obstinación, una manera de no dejarse borrar por el polvo ni por la costumbre.
No es casual que la haya fundado Mella, ese latigazo ideológico de una época. En la Cuba de los años veinte, cuando la Universidad de La Habana hervía entre dogmas envejecidos -para algunos- pero prósperos, privilegios intactos -lógicos- y una juventud que empezaba a comprender que pensar era también una forma de alzarse, para fastidiarlo todo más tarde, Alma Mater apareció como tribuna y como sacudida. Desde sus primeras páginas, reflejó los intereses de la Federación Estudiantil Universitaria y se volvió caja de resonancia de la reforma universitaria, de la impaciencia de los nuevos, del deseo de convertir el aula en una antesala del país posible. No llegaba para adornar estantes: venía a inquietar. Y, se dice que todavía hoy, cuando se la evoca, se siente que bajo el supuesto papel late un pulso de barricada intelectual, sin embargo de la que el castrocomunismo apagó la llama de la crítica consistente.
Con el paso de las décadas, Alma Mater dejó de ser solamente la voz de una universidad para convertirse en una conversación nacional entre estudiantes. En 1978, bajo el régimen dictatorial, pasó a ser órgano del Consejo Nacional de la FEU, y con ello ensanchó sus márgenes pero estrechó su pensamiento: ya no hablaba únicamente desde La Habana, sino desde la complejidad múltiple de la vida universitaria cubana; pero adoctrinaba, dejó de enseñar.
Por sus páginas han transitado debates, descubrimientos científicos, tensiones culturales, triunfos deportivos, polémicas necesarias y esa mezcla de fervor y desconcierto que acompaña siempre a la juventud cuando intenta decir su tiempo pidiendo permiso y esperando autorizaciones. Tuve el placer de trabajar en la revista Alma Mater en mis primeros años universitarios, de lo que fue a lo que es, no queda nada.
Afirmar que Alma Mater es una revista de universitarios cubanos es cierto, pero insuficiente. También ha sido archivo sentimental, laboratorio de lenguaje, sitio de entrenamiento para periodistas y vitrina donde han convivido la reflexión, la irreverencia (controlada) y la necesidad de intervenir en lo real. Pero sería ingenuo hablar de su historia sin rozar su domesticación y el silenciamiento de sus autores. En una Cuba donde la prensa ha debido moverse demasiadas veces dentro de los márgenes de la obediencia, la revista que nació para inquietar ha corrido el riesgo de parecerse demasiado a aquello contra lo que un día se levantó: el discurso administrado, la prudencia convertida en método, la retórica oficial sustituyendo a la intemperie del pensamiento. Cuando una publicación juvenil deja de incomodar al poder y empieza a hablar con su misma respiración, algo esencial se marchita: ya no representa a la juventud, la administra. Poda su esencia, la corta de raíz.
Hoy, cuando casi todo compite contra el vértigo, la dispersión y la amnesia, la supervivencia de Alma Mater no basta para absolverla. También las instituciones envejecen mal cuando confunden durar con permanecer vivas. Bajo el nuevo sistema comunista cubano —que ha perfeccionado más la vigilancia del lenguaje que la escucha del desacuerdo— la revista parece debatirse entre su genealogía rebelde y su función de órgano admisible, entre la memoria de un Mella asesinado a balazos y la comodidad del texto que no desordena nada. Y esa es, quizá, su tragedia contemporánea: haber pasado de ser una plataforma de impugnación a convertirse con demasiada frecuencia en un espejo disciplinado, obediente, donde la juventud aparece menos como fuerza crítica que como decoración del consenso. La fundó un hombre que entendió la juventud como ruptura -pese a su ideoogía errada; sería triste que la conservaran solo para enseñar que incluso la rebeldía, en Cuba, puede terminar archivada, corregida y puesta al servicio de la unanimidad. Será no, es triste. Si Alma Mater quisiera un día seguir viva de verdad, no le bastará con recordar su origen: tendrá que volver a merecerlo. Y regresar a la rebeldía que la alentó, a la verdadera esencia de los jóvenes.
Foro