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Difícil para exilio cubano celebrar complejo legado de Mandela


Mandela y Castro

Fuera de Sudáfrica, Mandela le prestó su nombre a un tirano que implementaba su propia versión del sistema de apartheid.

El fallecimiento del muy amado ídolo de Sudáfrica Nelson Mandela ha desencadenado un aluvión de pesar y admiración de parte de millones de personas que se beneficiaron gracias a su determinación de poner fin a un sistema corrupto.

Sin embargo, para las víctimas de la autocracia de Fidel Castro, a la cual Mandela prodigó elogios, tal celebración de su vida resulta complicada.

Figura extraordinaria, Mandela pasó en aras de su país decenios en la cárcel, de la cual emergió como un líder benevolente y apegado a la ley. Ante un Estado demasiado rígido para empezar siquiera a imaginar un cambio, se convirtió en un símbolo de la igualdad y, en defensa de su credo, vivió décadas de su vida en prisión.

Una vez excarcelado,utilizó el proceso democrático para llegar al poder, y lo traspasó a un sucesor legítimo cuando disfrutaba de una popularidad que perfectamente le habría permitido no hacerlo.

Pero tal vez lo más importante de Mandela fue que se abstuvo de usar su capacidad de venganza contra aquellos que implementaron el sistema del apartheid, sentando el precedente de que, para seguir adelante juntos como una nación, era imprescindible aprender a convivir sin matarse unos a otros en nombre de los que ya estaban muertos. Sudáfrica tiene mucho de qué estar orgullosa, y mucho por qué llorar.

Pero Nelson Mandela no era un santo, sino exactamente todo lo contrario: un político. En palabras de David Weigel, durante gran parte de su vida no fue un líder simpático y benigno. A los sudafricanos les corresponde decidir si van a perdonar la participación de Mandela en el Congreso Nacional Africano, una organización terrorista. Ellos decidirán si van a barrer bajo la alfombra el precepto de Mandela de que "sin violencia no habrá para los pueblos africanos una forma asequible de triunfar en su lucha contra el principio de la supremacía blanca”. Unicamente a los sudafricanos les toca decidir cómo lo recordarán.

Fuera de Sudáfrica, sin embargo, Mandela le prestó su nombre a un tirano que implementaba su propia versión del sistema de apartheid, y las víctimas y los familiares de los exiliados cubanos tienen, para con sus seres queridos, el deber de hablar, ante la visión acrítica de los medios internacionales de comunicación.

Entusiasta partidario de Fidel Castro, Mandela visitó La Habana en 1991 y elogió la revolución cubana como "una fuente de inspiración para todas las personas amantes de la libertad”. Castro correspondió con sus propios elogios, como harían en las décadas por venir los medios de comunicación controlados por el Estado. “Sudáfrica y Cuba atesoran entrañables nexos de hermandad”—blasonaba por estos días “Granma”, el medio personal de propaganda del régimen de los Castro— “simbolizados en los lazos de amistad que unieron a dos figuras excepcionales en la historia de ambas naciones: Nelson Mandela y Fidel Castro".

Mucho se ha hablado sobre el hecho de que Mandela consideraba a Castro familia debido a la decisión de éste de enviar hasta 10.000 jóvenes cubanos a morir en Angola. Al describir este sacrificio de la juventud cubana, Mandela declaró que pocos países podrían "reclamar un mayor historial de altruismo". Pero Mandela no se limitó a decir cosas positivas sobre el régimen, sino que insistió en decir a sus víctimas que optaba por ignorarlas.

"¿Quiénes son ellos para pedir respeto a los derechos humanos en Cuba? ", dijo durante su visita a La Habana en 1991. "¿Quiénes son ellos para enseñarnos derechos humanos?".

“Ellos” son los millones, como yo, que provienen de familias desterradas de sus países por causa de sus opiniones. Son los presos políticos que se pudren en las cárceles, porque creen en la igualdad social, el libre mercado, una constitución sólida: cosas que Mandela dio a su pueblo, pero que de manera tan cruel le negaron al mío. Son los presos que murieron en cautiverio, tras pasar en él más tiempo que Mandela, por oponerse al vuelco radical de Castro hacia el comunismo, una ideología hacia la cual prometió a sus partidarios originales que nunca se tornaría; prisioneros que personalmente le pedían a Mandela que abogara por ellos, que luchara con ellos por la libertad.

Puede que él haya luchado por la libertad de los sudafricanos oprimidos ,pero no lo hizo por la libertad o la igualdad de mi pueblo, sino que apoyó activamente su opresión. Al visitar a Fidel Castro y alabar a la revolución, Mandela prestó su inmenso nombre y una reputación ganada con tanto esfuerzo a la causa de un brutal asesino en masa que encarceló a miles por sus opiniones políticas; que obligó por la misma razón a un millón de cubanos a huir de su patria, y que sigue oprimiendo a un pueblo que ha sido desgarrado familia por familia, al punto de que apenas pueden reconocerse a través de la brecha de 90 millas.

Es difícil llorar acríticamente a Mandela cuando su respuesta a los pelotones de fusilamiento, las purgas, los campamentos donde mis abuelos pasaron tres años trabajando para poder escapar a España fue,en esencia: "¿Quién eres tú para que me interese por ti?". Si Mandela se negó tan flagrantemente a interesarse por la situación de quienes eran mi sangre, tal vez podría entender por qué se necesita un esfuerzo hercúleo para interesarse por quienes son la suya.

(Artículo publicado en Breitbart. Frances Martel, abogada y periodista cubanoamericana, radicada en Nueva Jersey, trabajó con la organización no lucrativa sudafricana People Against Suffering, Oppression and Poverty)

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