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Un espía y un contratista


Archivo - Judy Gross (d), esposa del estadounidense Alan Gross, se manifiesta junto a una decena de activistas judíos frente a la Sección de Intereses de Cuba en Washington, D.C.

Adelantar la liberación del espía Fernando facilitaría la liberación de Alan Gross, proponen dos prominentes miembros de la sociedad civil cubana.

En un trabajo intitulado “Nuestra visión sobre el desmonte del sistema cubano”, que los dos autores del presente artículo circulamos el pasado 16 de octubre, hubimos de expresar nuestra convicción de que, para mejorar sus relaciones con los Estados Unidos, el gobierno de Raúl Castro deberá excarcelar al contratista Alan Gross, quien permanece en prisión desde hace varios años por el mero hecho de facilitar unos equipos de comunicación satelital a sus correligionarios.

En aquella ocasión explicitamos nuestra opinión acerca de la forma y el momento en que podría producirse esa liberación: “Para hacerlo de manera que implique el menor costo político posible para ellos, resulta razonable suponer que los castristas aprovecharán con ese fin la liberación del espía Fernando, que deberá tener lugar a principios de 2014”.

A continuación, precisábamos la esencia de nuestro planteamiento y el orden en que —según nuestro criterio— cabe presumir que tengan lugar los acontecimientos: “Es decir, que la excarcelación de Gross se produzca poco tiempo después que la del segundo miembro de Los Cinco que recibirá ese beneficio”. En principio, estábamos hablando del próximo febrero, que es cuando el señor González Llort extinguirá su sanción.

Los autores de este artículo partimos de una base: Los miembros de la llamada Red Avispa fueron juzgados por una corte independiente, en un país en el que existe un estado de derecho. Un jurado de sus pariguales, tras un juicio larguísimo rodeado de todas las garantías procesales, decidió que esos cinco compatriotas eran responsables de los delitos imputados. Esto se refiere —sobre todo— a su condición de agentes no inscritos de un estado extranjero, calidad que reconocen ellos mismos y sus jefes.

Tras ser declarados culpables, una magistrada de carrera impuso penas diversas, en dependencia de la participación que cada uno de ellos había tenido en los hechos justiciables. En los casos específicos de René González Sehwerert —ya liberado— y de Fernando, las sanciones se ajustaron a la menor responsabilidad relativa que uno y otro tuvieron en la actividad de la red de espionaje.

A la luz de esa realidad, nos parece oportuno formular algunas preguntas: ¿Resulta imprescindible esperar el transcurso de los próximos tres meses para considerar que el agente González Llort ha saldado sus cuentas con la justicia estadounidense? ¿Cuál es la diferencia sustancial entre que permanezca encarcelado 14 años y 4 meses o que esa situación se prolongue “solamente” durante 14 años y 2 meses!

En ese contexto, ¿no existe la posibilidad de que, en un gesto de buena voluntad y por razones humanitarias, se le permita abandonar la prisión con alguna antelación a —digamos— las festividades del próximo mes de diciembre? Es razonable pensar que, si se actúa así, resulta probable que el gobierno de Raúl Castro responda con la liberación de Alan Gross; si no lo hiciera, quedaría bastante mal parado ante la opinión pública.

Debemos aclarar que, cuando pensamos en la caridad y la compasión, las personas que acuden en primer lugar a nuestras mentes son el propio contratista, víctima inocente de la tensión existente entre Cuba y el vecino del Norte, así como sus seres queridos: su anciana mamá, su sufrida esposa, su hija seriamente enferma.

Creemos que el noble propósito de poner fin al calvario que de manera arbitraria e injusta está sufriendo esa familia norteamericana, justifica por sí solo que se ponga en libertad al espía Fernando con alguna antelación a la Navidad y a Jánuca, que es la fiesta que, en su calidad de judíos, celebran por esas fechas los Gross y sus correligionarios. Esto, a su vez, viabilizaría una medida recíproca de Raúl Castro.

Resulta obvio que la liberación anticipada de González Llort provocará la previsible alegría entre sus propios familiares, quienes están sufriendo, por su encarcelamiento, el natural dolor derivado de unos hechos delictivos en los que su pariente sí participó de manera consciente y deliberada, pero en los cuales ellos mismos no tuvieron intervención directa.

Al lanzar esta iniciativa humanitaria, lo hemos hecho con los mejores deseos de viabilizar, al menos, un pequeño gesto de distensión entre Cuba y los Estados Unidos, lo cual —¡ojalá!— constituya quizás el primer paso en la salida de nuestra Patria de la honda crisis en que la ha sumido el régimen castrista.

La Habana, 4 de noviembre de 2013

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