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Guillermo Cabrera Infante: el malecón del recuerdo


Guillermo Cabrera Infante.

El autor recurre al humor para destacar algunos fragmentos curiosos de la obra del célebre escritor cubano

Mis libros son juguetes y espero que el lector adulto sepa jugar con ellos
G. C. I.

El hallazgo de una botella arrojada por el océano a una playa de Inglaterra ha desconcertado a los ingleses: dentro de la botella se encontraron versos escritos en español. Los versos son anónimos y la etiqueta del envase, gastada por el efecto del agua, sólo conserva rastros de una palabra: Hatuey.

Un filólogo británico ha sugerido que puede tratarse de la combinación de dos sustantivos: hat (sombrero) y way (senda), es decir, Hat way o “La calle de los sombreros”. Pero la búsqueda a nivel internacional de una vía pública dedicada a la confección y venta de esta prenda de vestir ha sido infructuosa, y la posibilidad de establecer vínculos entre una botella oscura, muy similar a las de cerveza, unos versos y una barriada sombrerera, excede toda erudición. “Hat way” es a la filología británica lo que “Rosebud”, la última palabra pronunciada por Charles Foster Kane antes de morir, al periodismo: un enigma.

Gran parte del poema encontrado en la botella es ilegible, pero sus cuatro primeros versos no lo son y pueden servir de epígrafe a mi texto:


En un lugar de Gibara
--de cuyo nombre no quiero
acordarme-- nació un hombre
a quien llamaron Guillermo.

Guillermo Cabrera Infante estaba destinado a la poesía y no al cultivo de géneros menores como la novela, el cuento, el ensayo, el artículo periodístico y la crítica de cine. La onomancia, ciencia exacta si las hay, consigna que no se puede gozar de un nombre tan eufónico como el suyo, octosílabo perfecto, y serle infiel. Antonio Torres Heredia e Ignacio Sánchez Mejía corroboran ese aserto. Un nombre es un destino.

El verso más natural a nuestro idioma, el que se nos da sin proponérnoslo, el que nos alegra el oído y encuentra albergue inmediato en nuestra memoria, no encarna en un nombre propio por azar. Su desdoblamiento dicta el rumbo del individuo que lo ostenta y ese dictamen es inapelable: se le cultive o no, la poesía --señora a la que toda unidad armoniosa de sílabas debe obediencia-- acabará saliéndose con la suya, burlando todo desdén real o aparente hacia ella, y aderezando el discurso del elegido con locuciones más típicas de su arsenal expresivo que el de cualquier otro género de escritura.

El hombre o la mujer cuyo nombre conforma un octosílabo --Luisa Pérez de Zambrana, Rubén Martínez Villena, Dulce María Loynaz-- es un verso que respira, y todo intento suyo de sustraerse a su vocación poética fracasará. Guillermo Cabrera Infante no fue la excepción.

Un tanto al margen de las singularidades de su obra que encandilan a sus lectores y que han venido a ser aquello que la distingue de las obras de sus contemporáneos, yo suelo inclinarme por algunos instantes donde la prosa de Guillermo Cabrera Infante parece rebelársele para cuajar en auténticos bloques de belleza, o mejor aun, de epifanía verbal; instantes en que el humor, el sexo, el comentario ingenioso o cáustico, la endiablada capacidad para captar la forma de hablar del cubano y la voluntad narrativa ceden la palabra a un autor más dotado para la poesía que para cualquiera de los géneros que privilegió:

“el mar es un gallo negro de crestas blancas de espuelas de olas, enfuriado y pasivo a la vez… Es un cuervo de alas de agua, y de la negrura de su plumaje entresalen blancos plumones: es un caballo loco, negro y salvaje que atado, sin embargo, cabalga con furia dentro de un hoyo: sus dispersas crines blancas al viento, la boca babeando blanca espuma; el belfo que arrastra con ruido de resaca los guijarros a la orilla, bufando locamente mientras, con tenacidad, piafa: sus cascos golpeando obstinadamente la arena de la playa: cuervo de mal agüero, gallo negro y caballo-loco...”

“El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar”, dijo María Zambrano, pero qué maravilla cuando, después de dársele por inaccesible, se halla uno dentro de él. Esos instantes en la obra de Guillermo Cabrera Infante a los que me refiero tienen algo de un claro, algo que parece tomar por sorpresa al propio autor y arrastrarlo a una suerte de revelación de sí mismo y de la realidad, de fortuna creadora, a los que debe de haber accedido con una extraña mezcla de pudor y dicha: el pudor y la dicha del poeta que de pronto dice lo que no sabía que podía decir.

Quien escribe que “el mar es un gallo negro de crestas blancas de espuelas de olas, un cuervo de alas de agua, un caballo loco, negro y salvaje que cabalga con furia dentro de un hoyo”, no puede ser ajeno a los encantos de la poesía, por mucha distancia que asegure haber puesto entre él y ella. Y casi podría decirse que la cultiva cuando a fuerza de abrevar en la letra “be”, bilabial y besucona, pone a babear al caballo, es decir, al mar, y con el mar al lector: “sus dispersas crines blancas al viento, la boca babeando blanca espuma”.

El idioma convertido en enjuague bucal; la literatura, en buche; la lengua, en barcaza; la razón, en boya; el infante barbado, en buzo; la página, en babero; Cuba, en Babel.
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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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