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Un agujero negro en la Calle Ocho


Eugenio Florit, Lydia Cabrera y Enrique Labrador Ruiz en casa de Amelia del Castillo, en Miami, el 7 de enero de 1984.

El autor lamenta la desaparición de la Librería Universal de Miami pero sospecha que ésta puede haberse fusionado con una entidad mayor.

Entre el paraíso terrenal y el paraíso celestial, el hombre ha tenido que buscar o inventarse otros paraísos para no morir de nostalgia o espera. Aunque a veces, más que buscarlos o inventarlos, éstos le han salido al paso. Darlos por seguros es un error: ellos mismos se encargarán de expulsarlo o desaparecer.

Hay paraísos naturales y paraísos urbanos; paraísos donde todo estaba hecho y paraísos donde el hombre ha tenido que hacerlo todo, pero los hay para todos los gustos, y cada hombre sabe cuáles privilegiar. Entre los naturales escojo unas parcelas de campo cubano donde transcurrió parte de mi infancia y un tramo de playa del sur de la Florida donde a veces, ya adulto, me embargó una sensación de bienestar tan plena que acabé identificándola con la felicidad; entre los urbanos, las casas de discos y las librerías. De los naturales tuve que irme, y aunque podría regresar momentáneamente a ellos sé que nada sería igual; los urbanos se extinguen, han sido declarados inútiles.

La Librería Universal de Miami, propiedad de Manolo Salvat y los suyos, paraíso de muchos compatriotas exiliados durante casi medio siglo, ha cerrado sus puertas. La razón es evidente: editar y vender libros se ha vuelto una quijotada insostenible. Si las grandes cadenas de librerías estadounidenses agonizan, si las editoriales de Iberoamérica admiten estar al borde de un abismo en expansión, si las nuevas tecnologías arrinconan la palabra impresa y el ciudadano promedio no atina a leer más allá de los titulares de la prensa digital porque carece de poder de concentración y leer atentamente se le antoja una pérdida de tiempo, no podía irle mejor a una pequeña librería cubana cuya clientela más fervorosa, aquélla que vivía para saber más de Cuba y contribuir a que otros supieran más de ella, lejos de renovarse, ha sido diezmada por los años.

Fui visita frecuente de la Librería Universal. Allí, adolescente, descubrí las bases del Certamen Literario Jorge Mañach, al que debo mi primer contacto con los escritores y periodistas cubanos del exilio. Allí escuché, deambulando entre las estanterías, poco menos que oculto para que nadie se cohibiera de expresarse libremente ante un joven extraño, o inmóvil, en cuclillas, ante los anaqueles de poesía alzados como tótems, a numerosos compatriotas que me doblaban y hasta triplicaban la edad fraternizar y discutir, elogiar y descalificar, recordar anécdotas y deshacerse en augurios sobre el futuro de Cuba. Los más optimistas se equivocaron pero sus contrarios, menos pesimistas de lo que aparentaban ser, no tuvieron mejor suerte: la mayoría yace en los cementerios de Miami o en sus hogares, demasiado maltrechos para vestir la guayabera blanca y, cada sábado, concurrir a la Librería donde, entre los nombres impresos de José Martí, Jorge Mañach, Fernando Ortiz, Leví Marrero y otros, y las visitas ocasionales de Lydia Cabrera, Eugenio Florit y Enrique Labrador Ruiz, la isla se les antojaba menos distante.


Marta y Manolo Salvat
Marta y Manolo Salvat
La vocación cubana de la Librería Universal iba de la mano de la jovialidad de su dueño. Manolo Salvat se deslizaba entre su clientela como el mejor anfitrión por la sala de su casa un día de fiesta, repartiendo apretones de manos, abrazos y palmadas en los hombros; interesándose por el bienestar y la familia de cada visitante; al tanto y simultáneamente al margen de las conversaciones acaloradas o misteriosas que se entablaban junto a las mesas atestadas de publicaciones recientes, donde tan pronto se hacían corrillos de aficionados a la tribuna como al clandestinaje, mientras Marta, su esposa, repartía café, y Martica, su hija, iba y venía de la oficina al establecimiento y del establecimiento a la oficina absorta en cuestiones administrativas, pero tan afable como sus progenitores. No era una familia de libreros sino de amigos que ofrecía al cubano disconforme con su condición de extranjero un ámbito donde repatriarse.

La Librería tuvo un empleado excepcional: Juan Carlos Castillón, cuyos conocimientos, solicitud, sentido del humor y talento para ironizar eran tan singulares --en lugar tan criollo y frecuentado por lectores de la tercera edad-- como su juventud, su aire bohemio y su acento español. No sólo parecía saberse de memoria todos los títulos que el establecimiento ofrecía y los rincones donde cada uno de ellos esperaba sino dónde podían conseguirse los títulos que faltaban o cuándo debía claudicarse en la búsqueda de alguno: los agotados le eran tan familiares como los existentes. Le debo la primera y más rotunda prueba de un milagro: Internet. Ante la imposibilidad de encontrar un libro que me ilustrara sobre las costumbres de los pueblos jíbaros de Sudamérica, a quienes me disponía a referirme en un libro en progreso, y después de consultar las bibliotecas públicas del patio, solicité su ayuda. Veinticuatro horas más tarde me entregó varios folios donde no sólo aparecía impresa toda la información pertinente a las tribus degolladoras sino el anuncio de la venta de una cabeza humana reducida, montada en acrílico y sin picadas de insectos por el módico precio de $2,500. Juan Carlos, narrador y ensayista, vive en Barcelona.

Llamar “Universal” a una librería fue una audacia, lo hubiera sido aunque se tratara de una empresa con sucursales en otras regiones del cosmos o un punto de encuentro de extraterrestres bibliófilos. Se ignora qué ocurre más allá de nuestras narices, es decir, de nuestros telescopios y sondas espaciales, cuyo parentesco con esa protuberancia del rostro humano es evidente: no saben sino husmear. Pero la universalidad de esta librería no sólo estuvo en su anhelo inicial de ofrecer literatura originaria del mayor número de lugares posible --incluso la luna, si allí se hubieran editado libros y éstos hubieran abordado la problemática cubana-- sino en la premonición de que al desaparecer ella desaparecerían las demás, como en efecto ocurre. Hay un agujero negro donde la Librería Universal estuvo, y por ese agujero, con poder para desplazarse de una ciudad a otra y de país en país, desaparecerán todas; desapareceremos todos. Nunca su universalidad fue más obvia que cuando lejos de sobrevivir a sus compañeras y clientes decidió compartir su suerte.

Nadie sabe si hay librerías más allá de la Vía Láctea; lectores sí debe de haber porque todo está diseñado para leerse, incluso la colocación de los astros en la infinitud. Es probable que, más que desaparecer, la Librería Universal se haya fusionado con esa textualidad sin límites y a partir de ahora lo cubano goce de mayor divulgación.
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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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