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Cuba: la revolución del microwave y el blue-ray


ARCHIVO. Una joven descansa en el portal de su casa que donde se muestran algunas cajas de los efectos electrodomésticos de la llamada "revolución energética" en Cuba.

Los felices cubanos podrán importar dos equipos de cada tipo, pero recuerden: en el caso de los aparatos de aire acondicionado su capacidad no será más de una tonelada.

La Aduana General de Cuba acaba de autorizar a los ciudadanos cubanos la entrada de equipos electrodomésticos y ciclomotores, con una resolución que elimina la prohibición vigente desde 2005 para este tipo de artículos importados.

La resolución en cuestión es la 143, y fue publicada en la Gaceta Oficial de Cuba. En ella se permite a los cubanos importar refrigeradores, aires acondicionados, hornos microondas, cocinas y hornillas eléctricas. También se podrá importar planchas eléctricas, y otros electrodomésticos como duchas, freidoras, calentadores de agua y tostadoras de pan.

Desde 2005 este tipo de equipos no podía entrar por las aduanas cubanas porque se consideraban “altos consumidores” de energía eléctrica. Entonces la primera pregunta que surge es: ¿qué ha cambiado en la Isla de los apagones para que ahora estos electrodomésticos ya no sean considerados “altos consumidores” de energía?
Es evidente que una de las causas ha sido el chorro sostenido de combustible que todos estos años propulsó el bolivariano Chávez hacia la Isla del Desencanto. Según cifras proporcionadas por Camilo Loret en MartíNoticias, dos tercios del combustible que anualmente se consume en Cuba proceden directamente de Venezuela. “Cuba recibe diariamente alrededor de 96 mil barriles de petróleo de Venezuela y no paga el costo de este producto, amparado en acuerdos bilaterales suscritos con el gobierno chavista”.

¡Bravo!, al parecer ya los cubanos no tendrán que volver a padecer aquellos años tenebrosos del Período Especial en Tiempos de Paz, cuando los envíos de petróleo crudo de la Unión Soviética fueron cortados por Gorbachov.

Corría 1991 y desde ese año la ya precaria economía cubana sufrió un remezón colosal. La importación de petróleo se redujo a un 10% del que llegaba normalmente. Adiós al pan, a los cakes fabricados con harina rusa, a las pocas guaguas que pasaban, a los suplementos culturales, a la televisión todo el día. Lo peor: el omnisciente Fidel Castro en cadena nacional (toma nota, Correa) anunciando a los cubanos la debacle energética.

Horas interminables de apagones, racionamiento hasta en la insufrible programación de los canales de televisión, pizzas sin harina ni salsa de tomate y panes de boniato. Exquisitos bistecs de cáscaras de toronja. Pruebe aquellas hamburguesas de frazada de piso. ¿Le apetece un picadillo criollo de de gato sato?

¡Ay!, aquellos años, un mundo lúgubre del que dio muy buena cuenta la película “Alicia en el pueblo de Maravillas”, escrita entre otros por los muchachones del grupo Nos y Otros: Eduardo del Llano y José León Díaz.

Cuba, que siempre ha sido una isla tan luminosa, quedó sumergida en una Edad Media de tinieblas. Dentro de las cosas que el Comandante había mandado a parar estaban los fabulosos anuncios lumínicos que engalanaban la Habana de los 50. Ya en los 90 mandó a parar otra vez. Esta vez lo hizo con lo poco que quedaba de la Habana de diversión. La Rampa y las ruinas del Wakamba; 23 y 12 y La pelota; las inmediaciones del cine Yara; el Payret y su fauna nocturna, siempre acechante.

A finales de los 90 poco a poco comenzó a hacerse de nuevo la luz. Pero la disposición emitida en marzo de 2005 dejaba muy en claro que entrar con una plancha eléctrica por el aeropuerto de La Habana era casi un acto de terrorismo, como robarse una lancha de las que van a Regla para dirigirla a Miami.

Ahora eso se acabó. Los felices cubanos podrán importar dos equipos de cada tipo, pero recuerden: en el caso de los aparatos de aire acondicionado su capacidad no será más de una tonelada. Si se trata de hornillas o cocinas eléctricas entonces su consumo no podrá exceder los 1.500 vatios.

Si ya la luz no es un problema, entonces a disfrutarla. Y que cada cubano meta por la aduana dos ciclomotores eléctricos, con sus partes y piezas, siempre que su velocidad máxima no supere los 50 kilómetros por hora y la potencia del motor no rebase los 1. 000 vatios. Que entren tostadoras, hornos, planchas de vapor y minúsculos blue-ray, para evadirse de la puñetera realidad con la serie sobre Pablo Escobar, o sobre los hermanos Castaño. Hasta que algún día se pueda hacer en Cuba la de los otros hermanos. Una que nació en Birán y que pudo muy bien escribir Félix B. Caignet.

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