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¿Existe un modelo cubano de bienestar?


Transporte público en Cuba

Es un error confundir socialización con hacinamiento.

Leyendo detenidamente el extenso artículo Una mirada al modelo cubano de bienestar, publicado en el diario Granma el pasado 10.5.13, me surgieron algunas dudas y desacuerdos.

Los casos, con que comienza el artículo, de personas de diferentes edades que, por uno u otro motivo personal, han decidido regresar a vivir en Cuba, sólo representan un insignificante por ciento de los cientos de miles que no lo han hecho, y prefieren continuar desarrollando sus proyectos de vida en correspondencia con otros modelos de bienestar, allende el mar, a pesar de la crisis económica, la violencia, el desempleo, la incomunicación social, el desarraigo, la lejanía de los seres queridos, la exclusión, la discriminación, la falta de solidaridad, etcétera. Sobre la base de estos casos atípicos, se estructura toda la argumentación posterior, haciendo énfasis en el no sentimiento de exclusión, los espacios de socialización, la solidaridad social y la creatividad e inteligencia colectivas.

Plantear que no existe sentimiento de exclusión porque todos en los barrios conocen a todos, es un argumento demasiado baladí, además de que defiende la mala costumbre de meterse en las vidas ajenas, lo cual es resultado de la extendida vigilancia entre vecinos, la envidia, el chisme y la existencia de actividades colectivas obligatorias que, más que evitar la exclusión, atentan directamente contra la individualidad de los ciudadanos, algo que debiera ser respetado. En realidad, ver las mismas caras todos los días resulta bastante aburrido. El que muchos cubanos se reúnan en un parque o coloquen una mesa para jugar al dominó en un parterre o hasta en una acera, no constituye ningún logro, sino todo lo contrario: la falta de espacios sociales donde compartir de forma amena y civilizada, al no existir sociedades de recreación, clubes, fraternidades, liceos, etcétera. Tal vez a estos cubanos, si tuvieran los recursos económicos necesarios, les gustaría más hacer turismo nacional o internacional, ir a pescar en sus botes, compartir con los amigos en un cafetería o restaurante, etcétera.

Considerar que la elevación del nivel de vida provoca aislamiento es desconocer el desarrollo y que, precisamente, las nuevas tecnologías de la información permiten interconectarse con el mundo entero (no es el caso de Cuba con la Internet prohibida) y ampliar las relaciones más allá de la familia, los vecinos, el barrio, el municipio, la provincia y hasta el país. Más que conocer al vecino de al lado y saber quién es, lo cual constituye una invasión a su privacidad y tiene bastante tufo político, ahora se pueden conocer muchas personas diferentes con distintos modelos de bienestar e intercambiar opiniones y experiencias, y hasta comparar.

Es un error confundir socialización con hacinamiento. En nuestros barrios, debido a la escasez de viviendas y al mal estado de la mayoría de las existentes, varias generaciones de una misma familia, y a veces de varias, ocupan el mismo espacio que antes ocupaba una sola, atentando contra la forma personal de vida de sus diferentes miembros, situación que se repite con los vecinos de al lado y así ininterrumpidamente. Las conocidas camas calientes (una misma cama utilizada por turnos por diferentes personas) de Centro Habana no constituyen ejemplos de socialización, sino de miseria extrema. Igual sucede con las aglomeraciones en las paradas de ómnibus, esperando el transporte que nunca llega, y en las colas del pan y de otros productos. A esta socialización aportan sus granitos de arena los bajos salarios, las raquíticas jubilaciones y la ineficiencia generalizada. Buscar esta socialización en sociedades organizadas, donde los ciudadanos poseen independencia económica resulta algo difícil, porque éstos no dependen unos de otros y, menos aún, de los vecinos. En ellas cada cual vive su vida y estas vidas particulares conforman la vida de la comunidad. Más difícil aún resulta pretender encontrarla en aeropuertos, metros y moles. Estoy casi convencido que muchos de los habitantes obligados de las ciudadelas y albergues de La Habana, desearían no tener que estar a toda hora cara a cara con sus familiares y vecinos, y agradecerían algunos momentos de soledad y tranquilidad.

El nosotros que se propone recuperar no es una propuesta inteligente, ya que se ha utilizado demasiado en este país como un comodín, para tener compañeros de viaje ante los errores y deficiencias, soslayando el valiente yo, tanto para lo bueno como para lo malo. Ni la botella en el transporte, ni la utilización de un teléfono particular como colectivo, ni pasarse los uniformes escolares unos a otros, ni repartirse las meriendas o las medicinas demuestran solidaridad, sino sólo insuficiencias y carencias, no resueltas durante más de cincuenta años de experimentos sociales fallidos.

Plantear, genéricamente, que en Cuba se puede conversar y tener múltiples intercambios sociales y que puedes darte el lujo de una buena charla con muchas personas, debido a nuestra elevada cultura e instrucción, parece más un chiste que un argumento serio. Aquí, a la hora de conversar o charlar, los ciudadanos se cuidan mucho de quienes son sus interlocutores y miden sus palabras, por temor a que lo dicho les pueda causar problemas personales. Ejerciendo la doble moral (pienso una cosa y digo otra, la oficial) son difíciles las conversaciones y las charlas honestas.

Para potenciar el modelo cubano de bienestar, se propone no tener cada vez más, sino ser más, no atesorar más riqueza, sino más humanidad y vivir bien en vez de mejor. Además de negar el justo deseo natural de todo ser humano de prosperar, y de ser planteamientos un poco etéreos y confusos para el cubano de a pie, pues no le dicen absolutamente nada, más bien parecen consignas de ésas que tampoco dicen nada. También se propone fomentar la solidaridad social y fortalecer el espacio comunitario. Otra vez, más consignas. Si en realidad se quiere alcanzar el bienestar que no poseemos, no perdamos más tiempo tratando de presentar nuestras dificultades, insuficiencias, desgracias y carencias como componentes originales del mismo. Ellas en realidad son componentes del modelo cubano de malestar. El bienestar sólo se alcanza trabajando y creando riquezas, para lo cual, en nuestro caso, son imprescindibles profundos cambios económicos, políticos y sociales. No existe un modelo cubano de bienestar, sencillamente porque el otro modelo, el político, económico y social, el denominado socialista, es un fracaso y ha sido incapaz de lograrlo.

Publicado originalmente en el blog Mermelada de Fernando Dámaso.

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