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El autor advierte sobre los peligros de un mundo donde el papel tradicional sea sustituido por uno más fuerte.

El mundo ha dado la bienvenida a un tipo de papel que se hace llamar de piedra. Ya alguno se hizo llamar biblia, y otro, cebolla. Ni el primero es sagrado ni el segundo es capaz de conmover a alguien al punto de sacarle las lágrimas.

El papel de piedra, patentado por una empresa china y de fabricación reciente, está compuesto de polvo mineral y resina no tóxica. Es ciento por ciento ecológico, resistente al agua y al aceite, y, haciendo honor a su nombre, difícil de romper. Pero sus méritos deben ser sopesados antes de que se le permita desplazar al papel tradicional.

¿Pueden un barco y un avión de papel de piedra flotar (el primero), volar (el segundo)? Un barco de papel de piedra se iría a pique apenas tocara el agua, convirtiendo el charco o la alcantarilla repleta de hojas y desechos en una recreación en miniatura de uno de los tantos parajes del océano Atlántico donde yace un galeón sumergido y los rayos solares desvelan un fondo arborescente poblado de estrellas mórbidas, globos cubiertos de púas, crustáceos calcados de las constelaciones, animales con aires de esponja y seres huidizos con torso y cabeza de caballo pero desprovistos de patas. De tener varios colores, el barco de papel de piedra hundido acabaría transformándose en un arrecife de coral que ni al ser devuelto a la superficie se disolvería en la palma de la mano.

Los aviones de papel de piedra constituirían una amenaza pública, noqueando a alumnos y profesores, y convirtiendo el cielo nocturno de la pizarra escolar en un espacio donde cada estrella engendrada por la colisión de uno de ellos colapsaría y constituiría un agujero negro capaz de succionar barras de tiza, deshilachar borradores y poner en ridículo la caligrafía más esmerada.

Entre las ventajas del papel de piedra habría que resaltar una: por primera vez en la historia del papel sus hojas estarían facultadas para ejercer dos funciones independientes: la que les corresponde como hojas y la de controlarse a sí mismas o controlar a aquéllas, cercanas, en las que sobreviviera un misticismo anárquico. La hoja de papel de piedra sería, además de soporte para la escritura, su propio pisapapeles. Reprimida y represora: altamente civilizada.

El campesinado cubano solía sobreponerse a la timidez y enamorarse lanzándose, de soslayo, bolitas de papel. Imposible continuar haciéndolo sin temor a que esos intercambios, lejos de halagar al objeto de su devoción, lo lastimen. Una bolita de papel de piedra catapultada con exceso de puntería podría dejar tuerta o tuerto a su destinatario.

Imposible hacer un origami de papel de piedra por más vocación que se tenga para la estatuaria: la naturaleza de este arte manual, súmmum de la gracia, se rebelaría abortando figuras de una tosquedad más propia del hombre de las cavernas que del actual (no menos cavernario en el fondo pero más relamido en la forma).

Imposible hacer de este papel un cucurucho, echarlo al inodoro, consagrarlo al fuego, servírselo a las cabras. Imposible liarlo en cigarrillo. Ni qué hablar de su peso: las hernias discales inhabilitarían a los carteros; las jorobas, a las bibliotecarias; las fracturas, a las estanterías. Las máquinas fotocopiadoras padecerían de cálculos renales; las impresoras, de placa dental, y los postes de la electricidad se encorvarían incapaces de continuar sosteniendo los afiches que se aferran a ellos.

Un periódico de papel de piedra no podrá desplegarse y sostenerse en alto: la lápida sepultaría al vivo, antecedería al muerto. No habría epitafio más común que los titulares del día. La necrópolis se extendería a los portales de los cafés, y los lectores, en pugna con un medio de prensa que insiste en inhumarlos, darían pertinaces señales de vida.

Las ediciones dominicales, atiborradas de publicidad autónoma exigirían la invención de un artefacto capaz de permitir a los lectores más débiles transportarlas y hojearlas sin temor a pillarse un dedo de la mano o quebrar las patas de las mesas donde las depositaran. Ir detrás de una mosca enarbolando un periódico de papel de piedra sería ofrecer al insecto la oportunidad de posarse sobre algunos de los objetos más caros a su perseguidor y, represalia de represalias, propiciar que él mismo los hiciera pedazos.

Un papel periódico de papel de piedra no sería reciclable: dejaría a las trituradoras sin dientes. Pero cada edición representaría un monumento perdurable al más efímero de los dones: la actualidad. Repartidos en grandes áreas verdes a manera de túmulos, el margen inferior encajado en el césped, los periódicos de papel de piedra permitirían al futuro curioso deambular entre ellos como las tumbas de Pere Lachaise permiten al curioso presente escrutarlas, sólo que acercándole a algo más revelador que una comunidad de restos individuales: una comunidad de hechos.

Imagino un arco de papel de piedra donde el visitante, a punto de abandonar la instalación funeraria, pueda leer inscrito: El camino que recorremos en el tiempo se halla cubierto por las ruinas de todo lo que empezábamos a ser; las ruinas de todo aquello que podríamos haber llegado a ser. Y el título de la obra de donde proviene la frase: “Materia y Memoria”.*

*Henry Bergson
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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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