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Los retos de la desobediencia civil


Policías cubanos bloquean las calles de acceso al "Tribunal Municipal de 10 de Octubre".

Hasta el momento ninguna reclamación de respeto a los derechos humanos o de transformaciones medulares del estatus quo realizada en público, ha provocado la adhesión de un número considerable de personas.

Aunque haya decenas de opositores empeñados en articular un movimiento nacional de desobediencia civil en Cuba, las circunstancias no favorecen sus perspectivas.

Salvo aislados episodios donde habría que destacar el derroche de coraje contra fuerzas monumentalmente superiores, la situación habría que identificarla como eventos simbólicos con muy poca trascendencia en el aspecto político.

La brutalidad empleada por los grupos parapoliciales contra cada intento de llevar la protesta a las calles, reduce las oportunidades de que aumente de manera significativa el número de personas en este tipo de lucha.

En vez de la multiplicación, tales acciones derivan en más reservas en el momento de decidir el alistamiento en algunas de las agrupaciones que han optado por llevar a cabo las exigencias prodemocráticas en la vía pública.

Sería poco objetivo e innoble negar el valor de quienes ponen en riesgos sus vidas en las refriegas donde son apabullados por las turbas, pero valdría la pena preguntarse: ¿cuáles son los beneficios a no ser las denuncias que terminan diluyéndose en una selva mediática, abarrotada de problemas más graves y que funciona a partir de puntuales intereses geopolíticos dentro de los cuales el tema cubano no es prioritario?

A partir de la complementariedad en el difícil escenario interno, estas impugnaciones en las calles cobran cierta importancia, sin dejar de reconocer que su influencia es limitada, al igual que otras iniciativas empleadas en la disputa por el cambio; con la salvedad de que en este caso la cuota física y psicológica a pagar es considerablemente mayor.

Entre los defensores de la desobediencia civil como método de presión para acabar con la dictadura, sobresalen los argumentos sobre su efectividad en otras naciones sin detenerse en analizar las especificidades culturales, sociológicas e históricas que posibilitaron la victoria, bien parcial o total, de las respectivas demandas
.
En los países donde han tenido éxito las reivindicaciones de carácter económico, político, sindical o de otra índole, es notoria la existencia de una sociedad civil que ha funcionado como un engranaje a través del cual se han viabilizado y visibilizado las protestas.

Un ejemplo a citar, a modo de ilustración, es el de las luchas antirracistas en los Estados Unidos que alcanzaron su clímax en la década del 60 del siglo XX.

De no ser por la resonancia del tema en los medios (libertad de expresión mediante), la contribución de las iglesias protestantes y un marco institucional democrático, con su consabida división de poderes, otro hubiese sido el final de las batallas por la igualdad racial en Estados Unidos.

No hago alusión a un potencial fracaso del movimiento que defendió los derechos civiles de la población afro norteamericana, sino a la tardanza en amasar el triunfo con su añadidura de muertes y atrocidades.

Hasta el momento ninguna reclamación de respeto a los derechos humanos o de transformaciones medulares del estatus quo realizada en público, ha provocado la adhesión de un número considerable de personas. La solidaridad ha sido excepcional o en el mejor de los casos a cierta distancia del lugar de los hechos.

Cada paliza a los protagonistas de las protestas queda grabada en la mente de quienes observan y rumian su defensa ante los abusos.

La decisión es mantenerse al margen y continuar enfrascados en las inaplazables operaciones de supervivencia.

Después a comentar los incidentes con la familia y las amistades cercanas. Y finalmente afirmar que lo sucedido fue un acto de valentía o una locura.

Publicado en Primavera Digital el 11 de Abril de 2013
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