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Venezuela: después del funeral


Nicolás Maduro, durante una caravana electoral en la ciudad de San Cristóbal, Estado Táchira.

El presidente encargado Nicolás Maduro no encuentra la fórmula perfecta para atar al lado de su silla en Miraflores el cadáver del compadre Hugo Chávez.

Pasan los días y mucha gente en Venezuela se incomoda de sus chapuceras metáforas que sitúan al comandate de Barina charlando distendidamente con Jesucristo. O que el bolivariano se le aparece en forma de pajarito.

Ese bombardeo mediático por parte de los camaradas de viajes de Chávez, encierra un peligroso boomerang. Si Venezuela fuese Noruega, donde los policías andan sin pistolas, o Suecia o Dinamarca, donde la gente humilde tiene las alacenas provistas de papas, queso, leche, mantequilla y pescado seco, quizá no se lo tomarían en serio.

Allá por esos lares también tienen sus mitos. Papá Noel en Laponia y Guillermo Tell en Suiza. Pero la ciudadanía ve en un político a un funcionario elegido por la mayoría para administrar juiciosamente sus bienes y velar por la seguridad de su país.

Los fanfarrones y gritones de multitudes calan poco. Por ello, esas naciones son diferentes. Menos apasionadas. Más justas. Verdaderas democracias. El Estado te ofrece beneficios sin importar el color político.

En América, si no estás conmigo eres yanqui. Fidel Castro trajo la moda. Cuando una tarde de 1961 se encolerizó en pleno debate intelectual, para zanjar el dilema, puso su pistola rusa encima de la mesa.

Con la revolución todo, fuera de la revolución nada, dijo. Hablando sin afeites, los adversarios que huyan o se callen.

Esa izquierda mala educada, que ve al rival como un tipo sin agallas, donde el valor se mide por encajar un tiro en el centro de una diana y después de bajar muchos litros de buen whisky, las hembras alivian al guerrero, es la que campea en Cuba y amenaza gobernar los próximos 6 años en Venezuela.

La izquierda carnívora, al decir de Carlos Alberto Montaner, padece de incompetencia crónica. Son unos inútiles de bulto cuando les toca gobernar.
Cuando están en la oposición son los que más gritan, amenazan con huelgas y desestabilización. Una vez llegados al poder, multiplican los males de la sociedad. Son nocivos. Están formados en el brete y la polarización. Hablan de democracia con los dientes apretados. Si pudieran, recluirían a todos los disidentes en campos de trabajo forzado.

Se disfrazan de cualquier religión o filosofía. Rezan por la paz, mientras discretamente aplauden las amenazas nucleares del regordete de Corea del Norte. Como esa izquierda cavernaria nunca ha tenido eficacia -poco importa el país, los recursos naturales o el capital humano- a la hora de un gobierno eficiente e inclusivo, utilizan a destajo la propaganda furiosa de vender el miedo.
Tanto en la Venezuela del santurrón Nicolás Maduro como en la Cuba de los hermanos Castro, el poder no es un sitio para alternancias. Nada de eso. Es un trofeo de caza.

Un nido perfecto para diseñar alianzas y tramar conspiraciones. También para enriquecerse descaradamente. Castro expropió de sus casas a la ‘podrida burguesía cubana’. Ahora en esas residencias viven los nuevos ricos, ‘revolucionarios’ que visten guayaberas blancas.

Maduro canta la Internacional mientras vira la cara hacia ciertos corruptos, fieles a su casaca, y puedan engordar sus cuentas en algún paraíso fiscal. Sucede que Venezuela no es Cuba. Aunque desunida, existe una oposición legal. Y aun queda prensa libre.

Estuvo Maduro flotando en una aureola mientras seguía al pie de la letra la escenografía política dictada desde La Habana, días después del duelo. Pero el cadáver de Chávez no resolverá los males que aquejan a la sociedad venezolana.
Seguirá la violencia. Los apagones. El bolívar devaluado. El hinchado déficit presupuestario debido al uso y abuso de la caja chica de PDVSA para rifar el dinero extra fronteras.

Después del duelo, es lo que hay. Chávez se fue. Pero Maduro quedará por otros largos seis años si los venezolanos consideran que se puede gobernar gritando como un energúmeno y siendo ineficaz a la hora de gestionar los problemas internos.

Si reflexionan que para gobernar no se necesita despilfarrar la riqueza nacional y exacerbar pasiones, entonces sus votos caerán en el bando de Capriles.
Se abre un compás de espera. Quiera Dios que después de las elecciones llegue la calma.
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    Iván García, desde La Habana

    Nació en La Habana, el 15 de agosto de 1965. En 1995 se inicia como periodista independiente en la agencia Cuba Press. Ha sido colaborador de Encuentro en la Red, la Revista Hispano Cubana y la web de la Sociedad Interamericana de Prensa. A partir del 28 de enero de 2009 empezó a escribir en Desde La Habana, su primer blog. Desde octubre de 2009 es colaborador del periódico El Mundo/América y desde febrero de 2011 también publica en Diario de Cuba.

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