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Genio e ingenio de Bartolo


Benny Moré

Si el término no fuera tan clisé, pudiera decirse que el Benny representó como nadie la “cubanía”.

Cuando partió, el poeta Nicolás Guillén predijo: “Los dioses mueren jóvenes”. Y al evaluar su trayectoria llegó a la conclusión de que “después de todo, así hay que morir cuando se ha vivido intensamente y corremos el riesgo de dar en la vejez con la carne floja, los ojos cansados, la voz rota”. Junto con Guillén, miles de cubanos conocedores de que Benny era un fenómeno único en la música cubana -como Rita Montaner, como Bola de Nieve- también le dieron la multitudinaria despedida de un dios.

Había que verlo dirigiendo a su Banda Gigante desde la intuición (una señal de los hombros para acentuar los metales, enarcando las cejas para remarcar algún grave, un ajuste del sombrero alón para dar más tono), con la propaganda de Jupiña al fondo, para darse cuenta de su genialidad. Cuentan que un famoso director musical ruso que estuvo en Cuba en los años sesenta le recomendó que no estudiara música, para no contaminar con la técnica lo que natura había prodigado.

Y es que Bartolomé Maximiliano Moré -el Benny- llevaba la música adentro, como La Estrella, la bolerista inolvidable de Tres Tristes Tigres. El hombre que confesaba cantar cualquier cosa porque “soy buen cantor” no necesitó de estudios musicales formales para transmitir la sabrosura de una guaracha, un bolero o un son.

Cantor de múltiples registros interpretativos, Benny Moré formó parte de la época de oro de la música cubana. E influyó, tal vez sin saberlo, a muchos salseros actuales que le copiaron los gestos, los coros y los giros. Uno de ellos, muy recordado por los cubanos, es el venezolano Oscar D’ León, quien cantó en Varadero en los ochenta los temas más conocidos del Benny, revitalizando el mito y acercando su música a los más jóvenes.

Benny Moré nació a las siete de la mañana del 24 de agosto de 1919 en el barrio Pueblo Nuevo, en Santa Isabel de las Lajas (antigua provincia de Las Villas). Fue el mayor de 18 hijos, sus padres fueron Virginia Moré y Silvestre Gutiérrez, pero por razones familiares llevaría como único apellido el de su madre.

Poco después del nacimiento de Benny, su familia se mudó para el barrio la Guinea, en Santa Isabel de las Lajas, donde fue marcado de forma determinante por una cofradía afrocubana de nombre Casino de los Congos o San Antonio. La asociación había sido fundada en el siglo XIX por un grupo de negros congos libertos, provenientes del África central y occidental.

De hecho Benny tenía un antepasado llamado Ta Ramón Gundo Moré, clasificado históricamente como el primer rey que tuvo el Casino de los Congos. Fiel a sus orígenes, Benny aprendió a tocar varios instrumentos afrocubanos en el Casino de los Congos. El insundi, los tambores de yuca, el bembé, invocadores todos deorishas y con los que Benny cantaba y bailaba con destreza.

Si el término no fuera tan clisé, pudiera decirse que el Benny representó como nadie la “cubanía”. Cuando él cantaba rompía la barrera de las razas, la posición social, la exclusividad de los clubes. Las cubanas blancas de la alta sociedad caían embelesadas al oírlo cantar y se desprendían tanto de sus perlas costosas como de sus suspiros. Las mulatas de las cuarterías también caían embrujadas. Y para todas tenía Benny su corazoncito, mucho pero muchoooo corazón.

La gran estrechez económica de su infancia y adolescencia (de la que se escapaba a fiestas de barrio adonde se iba a improvisar sones manigüeros) no lo hizo nunca un hombre amargado, mucho menos un resentido social.
Cuando llegó a La Habana a sus 20 años a probar fortuna, era un negrito hambriento y espigado al que podía vérsele por el barrio de Belén con una guitarra de segunda peregrinando por cafetuchos, bares, hoteles y hasta bayús. Al despedirse de su madre le había dicho: “Me voy para La Habana a ver si triunfo en la música, para que tú no tengas que lavar y planchar más”.

Beny no sólo triunfó en la música sino que se convirtió en una figura referencial. Con su torrente de voz fresca, como de riachuelo, de tono potente y sensual; la capacidad para dirigir una big-band y adaptarse a cualquier género que se le pusiera por delante.

Después de haber hecho parte del Cuarteto Cordero y el Septeto Fígaro, y haber actuado en la emisora Mil Diez, tuvo su encuentro con Miguel Matamoros. El joven ‘Bartolo’ actuaba en ese entonces junto al Septeto Cauto de Mozo Borgellá. Matamoros había regresado de viaje y necesitaba de un cantante primo, que le solicitó a Borgellá. Con el tiempo, el joven sonero se hizo imprescindible al Conjunto Matamoros y se quedó fijo.

En 1946 se fue a vivir a México y en menos de un año formó el Dueto Fantasma junto al director de orquesta y cantante mexicano, Lalo Montané. Tuvieron tanto éxito que doblaban sesiones en el club Fénix y el cabaré La Rosa. Con el Dueto Fantasma realizó varias grabaciones para la RCA Victor. Para el mismo sello grabó con la orquesta de Mariano Mercerón.

En 1948, en plena ola de popularidad, entra como primer cantante en la célebre orquesta de Pérez Prado, en lo que fue el encuentro de dos genios: el uno dueño de la intuición musical y el gracejo popular; el otro poseedor de un dominio técnico y capacidad autoral. Lo demás es historia.

El 19 de febrero de 1963 murió Benny Moré y el mundo pareció no darse cuenta. El mejor homenaje seguirá siendo escucharlo, no importa si es un una vieja rockola o en un tocadiscos demodée. En uno de sus temas más tristes -Te quedarás, de Alberto Barreto- , Benny entonaba:

“Te quedarás porque te doy cariño/Te quedarás porque te doy amor/ te quedarás cuando llegues al nido de mi corazón”.
Ahora de ese nido, se remonta el ave y vuelve a volar.

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