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No soy un héroe. Ni un tipo especial. Tengo un montón de defectos. También tengo miedo. Pero hace tiempo que aposté por mi libertad individual.

En días recientes, un vecino, preocupado, se me acercó para alertarme de una investigación de los servicios especiales sobre mi persona. “Hace rato estamos tras sus pasos”, le dijo el oficial al vecino. No es nada nuevo.

Según fuentes del barrio, la Contrainteligencia Militar (CIM) indaga desde hace tres años cualquier dato que les pueda ser útil en la confección de mi dossier o expediente. Les interesa particularmente mi vida privada. Y cómo o dónde obtengo información para mis artículos, notas y crónicas.

En agosto de 2010 me citaron a una unidad de tropas especiales de las Fuerzas Armadas para un interrogatorio de algo más de una hora. Y, entre otras amenazas, me dijeron que “en otros países por escribir un artículo no te citan, te matan”.

Soy un habanero que escribe su percepción de la realidad cubana, en particular de La Habana, provincia donde resido desde que en 1965 nací. Hay varias Cuba. Disímiles realidades. Sería muy pretencioso pensar que un simple reporte de un periodista libre pueda abarcar el complejo y rico panorama de toda la isla.

Están los que aplauden y votan temprano en elecciones que nada resuelven. Los que creen en el sistema. Los oportunistas que utilizan el carnet del partido como una escalera de caracol para escalar dentro de la superestructura del poder.

Por supuesto, también hay jineteras y jineteros. Travestis y homosexuales que se prostituyen. Maestros emergentes mediocres. Médicos apáticos que cada mañana llegan al consultorio motivados por los ‘pacientes especiales’ que les hacen regalos en dinero efectivo o en especie.

Personas que trabajan solo porque en sus puestos se puede robar, cualquier cosa. Desde un bombillo hasta un kilogramo de harina. En las calles de mi ciudad también hay drogas. Jóvenes sin futuro entre 15 y 30 año que utilizan los sicotrópicos y marihuana como un consuelo.

Igualmente, hay gente honesta. Cómo no, existen muchos ciudadanos honrados. Pero mi termómetro personal me indica que aumenta la cifra de cubanos desencantados por la pésima gestión económica y política del gobierno.

En cualquier conversación, en la calle, en tu barrio o dentro de un viejo taxi, escuchas a la gente quejándose en alta voz de los autócratas de verde olivo. Te confiesan sus deseos de emigrar. Y te dicen que están cansados de 54 años de un socialismo tropical, exótico e inconcluso, que no satisface sus expectativas.

Cuba duele o reconforta. Depende del lado que usted lo mire. Particularmente no creo que una salud pública, educación gratuita y acceso a la cultura justifiquen la falta de democracia.

En numerosos aspectos de la vida social, hace tiempo que Cuba dejó de ser diferente a otras naciones pobres del Tercer Mundo. Todavía no hay crimen organizado ni batallones de mendigos por las calles.

Pero existen formidables carteles y clanes de burócratas corruptos que tras bambalinas manejan la oferta y demanda de la economía nacional. No pocos se han hecho ricos. Muy ricos, lucrando con la escasez.

Son como un frontón. Es el enemigo real que debe enfrentar el General Raúl Castro en su batida contra la corrupción. Razia que curiosamente no llega a los estamentos elevados del poder.

Los jefes de jefes dentro del aparato estatal siguen haciendo caja y llenando de ceros sus cuentas personales. Están pensando en el futuro. Taimados, abriendo una ventana a los negocios que podrían llegar desde el norte.

No creo que la disidencia política y los periodistas independiente seamos un problema grave para el régimen. No somos muchos. Y estamos divididos. Entre el acoso, la cárcel y el miedo, la oposición cubana no ha podido vertebrar un discurso que llegue al cubano de a pie.

No tenemos publicaciones ni disponemos de horas de radio o televisión donde podamos exponer nuestros puntos de vista. No tenemos un líder sólido capaz de aunar voluntades. Estamos esperando por figuras como Henrique Capriles.

En una autocracia es difícil que germinen o brillen personas que disientan. Ser opositor en Cuba parece cosa de locos o aventureros. No lo es. Simplemente un puñado de cubanos con talante demócrata, que desean que las reglas de juego en su Patria se encausen por la vía de las libertades, el respeto y la tolerancia.

Y que el Estado deje de manejar como un teatro de guiñol los poderes fundamentales. No soy de derecha ni de izquierda. Hace rato que claudiqué a la simple dicotomía política.

Es el gobierno cubano el que está ubicado a la derecha del espectro político. El más conservador. El más contrarrevolucionario. El auténtico freno antidemocrático.

No soy un héroe. Ni un tipo especial. Tengo un montón de defectos. También tengo miedo. Pero hace tiempo que aposté por mi libertad individual.

Eso me hace sentir diferente. Cada mañana, cuando me afeito ante el espejo, me siento bien conmigo mismo. No tengo que simular. Ni vivir una doble vida.

Desde La Habana, redacto y firmo con mi nombre las notas que recogen mi apreciación sobre situaciones que ahora mismo ocurre en Cuba. Escribo de los perdedores. De los marginales. No los invento. Ellos existen.

Intento retratar las vidas precarias de aquéllos que sus testimonios no aparecen en la complaciente prensa estatal. Aunque no siempre lo logre. Les envió un mensaje de vuelta a los tipos duros de la contrainteligencia militar. Seguiré escribiendo.

Publicado en Diario Las Américas el 18 de febrero del 2013
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    Iván García, desde La Habana

    Nació en La Habana, el 15 de agosto de 1965. En 1995 se inicia como periodista independiente en la agencia Cuba Press. Ha sido colaborador de Encuentro en la Red, la Revista Hispano Cubana y la web de la Sociedad Interamericana de Prensa. A partir del 28 de enero de 2009 empezó a escribir en Desde La Habana, su primer blog. Desde octubre de 2009 es colaborador del periódico El Mundo/América y desde febrero de 2011 también publica en Diario de Cuba.

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