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El autor descubre en los vitrales de una ciudad su manto freático y advierte sobre el peligro que esto representa.

*Todo se volvió sombra y ardiente acuario.
Arthur Rimbaud

El Distrito Federal Mexicano vive con las plantas de los pies convertidas en orejas, y en sismógrafos, los rascacielos. Pero ignora que una de las calamidades a las que estaría expuesto, de producirse un movimiento tectónico de gran magnitud, sería el derrumbe de sus vitrales, entre ellos, los del Gran Hotel Ciudad de México, situado en el centro de la capital.

Palacio de Bellas Artes
Palacio de Bellas Artes
De hacerse añicos y desleírse, los vitrales devolverían al enclave su origen lacustre, convirtiendo en chinampas el tope de las estructuras dominantes (los campanarios de la Catedral, la cúpula del Palacio de Bellas Artes, el mirador de la Torre Latinoamericana), y en cenote, el Zócalo, donde el Templo Mayor prescindiría de todo vestigio de religiosidad para asumir aspecto de OSNI (Objeto Subacuático No Identificado).

El México prehispánico aguarda en esas láminas de colores, incapaces de escurrir una gota y condenadas, con demasiada frecuencia, a participar en los rituales cristianos, la hora de echarse sobre la urbe, rectificar los murales que no le han hecho justicia y convertir el Castillo de Chapultepec en un arrecife de coral.

El manto freático de la Ciudad de México pende sobre ella.
*
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Garcilaso de la Vega

La entereza de las figuras religiosas que pueblan los vitrales de las iglesias cristianas es ejemplar, por muy infelices que hayan sido sus vidas. Un asomo de debilidad pondría en entredicho su fe y, lo que es más grave, atentaría contra la de sus devotos.

Sólo cuando llueve transigen, silenciosas, en desahogarse.
*

El vitral de medio punto más bello de México no está en uno de sus edificios sino en uno de sus versos:
un alto surtidor que el viento arquea
*

Los fuegos artificiales que alumbran las noches del Distrito Federal Mexicano durante las fiestas patrias no esparcen chispas sino polvo de vitrales triturados.
*

La metrópolis moderna se caracteriza por exhibir un tipo de vitral adusto pero acorde con su desmesura: el smog.
*

La afición a las gafas de sol no es privativa de guardaespaldas, espías y estrellas de cine. La comparten los países que convocan grandes masas de polvo sahariano, las mañanas de Londres, el fumador que lejos de aventar el humo lo deja treparle el rostro, las lámparas de Tiffany, las mujeres que hartas de verlo todo igual recurren al lente de contacto para colorearse el iris, y los edificios con vitrales.
*

El origen del vitral mexicano no está en Europa sino en la gota de agua que cuelga de la hoja del ficus y refleja, antes de caer, la realidad circundante. El hallazgo es de Julio Trujillo (Ciudad de México, 1969):
Ella recibe –una entre mil— el fuego
del haz que se filtró.
Se enciende como un orbe y distribuye
todo el sol.
*

La utilidad del colibrí que permanece fijo, en su estación de éter, induce a Ernesto Lumbreras (Jalisco, 1966) a sugerir la utilidad del vitral: de tu inmovilidad surge la aurora.
*

Si los vitrales de México desaparecieran habría que ir a buscarlos en los ríos, donde luego de deshacerse de las ensambladuras de plomo que los inhiben e intercambiar figuras y colores, se les vería acoplarse.
*

Ante un vitral,
el silencio no sabe
qué más callar.
*

Las canicas son vitrales que, hartos de lucirse, resuelven hacer voto de humildad contrayéndose. Su resolución tiene como recompensa el derecho a asumir la más perfecta de las formas: la esfera.
*

Sor Juana Inés de la Cruz
Sor Juana Inés de la Cruz
Un vitral radiante consuela al culo de una botella rota contra la acera de un templo recitándole de memoria el soneto que Sor Juana Inés de la Cruz dedicó a su retrato:
Éste que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentado los primores…
*

Quien recorre un mercado de artesanías mexicanas, recreándose en la multitud de colores que le rodea, siente lo que la luz al atravesar un vitral.
*

Si el azul de los vitrales del Gran Hotel Ciudad de México goteara sobre Xochimilco, el agua de los canales transparentaría el pasado, y un cardumen de imágenes prehispánicas ascendería del fondo y le extendería las manos al curioso que navegara sobre ellas.
*

Día llegará en que la luz solar almacenada en los vitrales no quepa en ellos y la Tierra se quede sin noche.
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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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