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Una escenografía llamada Bayamo


Policías cubanos controlan el acceso frente a la sede del tribunal municipal de la ciudad de Bayamo (Granma), durante el juicio al español Ángel Carromero.

De repente la calle que me vio nacer se tornó una especie de arteria privilegiada para la cual el Estado asignaba nuevos postes de tendido eléctrico, latas de pintura decorativa y pintura para las señalizaciones de tránsito.

El tribunal antes y después del juicio, en un montaje del blog Un cubano en Canarias.
El tribunal antes y después del juicio, en un montaje del blog Un cubano en Canarias.
Algo no encajaba. Mis ojos no me engañaban. Pasaba y repasaba aquellas imágenes de mi calle natal que Reuters ofrecía al mundo durante el mediático juicio de Ángel Carromero en Bayamo, y algo no andaba bien. Era como reconocer rasgos de un rostro, pero no al nombre de aquel rostro, no a la persona.

Se suponía que yo debía reconocer aquellas imágenes: durante mis 26 años de vida en Cuba deambulé por esa calle, exactamente esa calle, día tras día, hora tras hora.

El Tribunal Provincial de Granma está ubicado en la calle Parada, apenas a 100 metros de la casa donde nací y crecí. Desde mi portal podía ver las largas filas de personas dispuestas a entrar a un juicio público. Demasiadas veces mi trayecto se vio interrumpido por una multitud cuando el juicio era un escándalo local.

Como amargo dato curioso: tan solo una casa intermedia, de dos plantas, separa ese tribunal de justicia de la casa de alquiler donde en 2010 murió la niña prostituta por la cual se desató un escándalo internacional con tres italianos de por medio.

Cuando escuché la palabra “Bayamo” pronunciada por los presentadores de CNN debido al juicio, pensé, sonriente: “Debe ser la primera vez que los grandes medios mencionan esta palabra”. Me sentía infantilmente orgulloso.

Pero algo seguía sin encajarme en las imágenes que mostraban Fox, CNN y NBC de mi calle: no la reconocía del todo. En silencio me decía: “¿Esto lo ha provocado solo un año y medio de ausencia? ¿Ya no recuerdo bien?”. Callaba avergonzado.

Hasta que el misterio terminó por aclararse: ¡los artistas del maquillaje habían puesto manos a la obra! Alguien me envió un par de fotos: “¿Viste como remodelaron el Tribunal Provincial en un puñado de días, y como pintaron todas las fachadas de tu cuadra antes del juicio?”.

Apenas daba crédito a lo que mis ojos veían. En lugar de las ventanas de marrón sucio y desgastado junto a las cuales pasé cientos de miles de veces, ahora se erigía una fachada con carpintería de aluminio blanco, cristales y pintura azul de dos tonos.

Más alucinante aún: las fachadas de todas las casas de la cuadra habían sido retocadas para el gran día. Algunas, como la mía, donde todavía viven mis familiares, no necesitó el maquillaje: el censo apresurado determinó que estaba bonita para las fotos y filmaciones extranjeras.

De repente, la calle que me vio nacer se tornó una especie de arteria privilegiada para la cual el Estado asignaba nuevos postes de tendido eléctrico, latas de pintura decorativa y pintura para las señalizaciones de tránsito. Todo debía surgir flamante ante el mundo: que no se dijera, que no se pusiera en duda el Paraíso de Raúl y de Fidel.

¿Qué importaba un poco de agitación momentánea, de presencia policial y cámaras de televisión foráneas?, pensarían mis vecinos. ¿Qué importaba, si al final de la jornada sus casas recibirían un gratuito baño de color… aunque solo fuera en su parte delantera?

Por estos días en que los ecos del juicio se han ido extinguiendo, he conversado con algunos amigos y vecinos. A veces hago el experimento de preguntarles qué les parece el caso de Ángel Carromero: algunos responden vagamente, otros apenas tienen idea de quién es. Tampoco saben de Oswaldo Payá ni Harold Cepero. Lo único que saben es que la cuadra se ve más bonita, y probablemente en silencio aguarden porque un nuevo escándalo atraiga la atención internacional nuevamente sobre Bayamo. A ver si las arcas de un Estado farsante e ilusionista se abre para ellos otra vez.

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