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El Che Guevara, clandestino en Guayaquil


El busto del Che en Guayaquil.

Un monumento al guerrillero tuvo que ser escondido para que no lo dañaran. Recuerda los días que pasó en Ecuador.

A primera vista no se sabe bien si es Jesucristo, o Antônio Conselheiro, el líder de la rebelión de Canudos, en Brasil, tan bien recreada por Vargas Llosa en La guerra del fin del mundo. No lleva su clásica boina, ni tiene esa mirada sombría con la que lo inmortalizó la lente de Korda. Tampoco tiene, en parte alguna, alguna tarja que lo identifique. Pero cuando uno se acerca un poco, inclusive si es miope, no hay duda, es él: Ernesto Guevara, mejor conocido como el Che.

Después de una polémica que parecía interminable, finalmente ya el Che Guevara tiene su monumento en Guayaquil (Ecuador), como lo había solicitado la Embajada de Cuba, que anunció que donaría el busto, argumentando para su instalación la estancia del Che en el tradicional barrio Las Peñas. La maqueta fue diseñada en La Habana por el escultor cubano René Negrín, y una vez trasladada a Guayaquil, fue fundida por el escultor ecuatoriano Luis Gómez Albán.

Hubo rumores de que el monumento había sido retenido en la Aduana (como el de Febres-Cordero), pero Graciela Mayorga, una de las organizadoras de la instalación dice que fueron los trámites burocráticos normales en estos casos.

“Nunca estuvo retenido el monumento, lo que pasa es que hubo muchos trámites que hacer en el Municipio, y mientras se reunían los concejales, pues se demoró un poco”, afirma Mayorga. Ella adelanta que por estos días se encuentran trabajando en la programación de develamiento del busto, prevista para finales de octubre.

El monumento al Che Guevara quedó finalmente en la Plaza Colón (centro de la urbe), muy cerca de la casa de Las Peñas donde el futuro guerrillero pasara unos días (en 1953) cuando era un joven aventurero que vivía de sus conocimientos de medicina, artículos de viaje y sus fotos.

La instalación del monumento a Guevara pasó por varias peripecias dignas de la vida del trotamundos que después de sus viajes por América Latina conoce a Fidel Castro en México, en 1955, termina participando en el desembarco del Granma, en 1956, y se incrusta trágicamente, y para siempre, en la historia de Cuba. Desde el cambio reiterado del lugar donde iba a quedar, hasta problemas para trasladarlo de Cuba, y mantenerlo clandestino para que no fuera dañado por los seguidores del ex presidente León Febres-Cordero, a quien también quieren ponerle un monumento en ese sector, pero el Ministerio de Patrimonio se opone.

Paradójicamente el monumento al Che contó con el informe técnico favorable del Área de Conservación y Preservación de Bienes Materiales del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural, emitido mediante Memorando PM-DR5-INPC-2012-0420, de fecha 29 de Agosto de 2012, y aprobado por el Alcalde de la ciudad, Jaime Nebot, acérrimo opositor al presidente Rafael Correa. Pero Patrimonio, en cambio, ha puesto todos los obstáculos posibles para la estatua de Febres-Cordero. ¿Cuestión de estética o de ideología? La respuesta no es muy difícil si se tiene en cuenta lo mucho que le gusta a Correa la canción de Carlos Puebla dedicada al guerrillero argentino.

Lo cierto es que la segunda llegada del Che Guevara a Guayaquil ha causado simpatías y también muchas críticas. “¡Ese no es el Comandante!”, grita un estibador del Cerro Santa Ana, haciendo resaltar que no se parece. “Ese es Makanaki cuando lo trajeron a jugar al Barcelona”. (Cyril Makanaki es un futbolista camerunés y Barcelona, el club más popular de la ciudad).

“¡Increíble”, comenta un camarógrafo del canal televisivo oficial Gama, “no dejan poner el monumento a León Febres-Cordero, que fue presidente de Ecuador, y sí permiten el de un comunista extranjero”.

Alfonso Reece escribió una columna en El Universo llamada El busto del bandolero. Allí declara: “La colocación de un busto del bandolero Ernesto Guevara, autor de miles de ejecuciones, en algunas de las cuales participó personalmente, quien ametralladora en mano recorrió varios países queriendo por la fuerza imponer su credo, se hace con el deliberado ánimo de afrentar la conciencia republicana de Guayaquil”.

Pero, ¿es verdad o leyenda que el Che Guevara vivió una temporada en el barrio Las Peñas, de Guayaquil? El historiador y catedrático Ángel Emilio Hidalgo, responde: “Efectivamente, el joven Ernesto Guevara de la Serna vivió poco tiempo en el tradicional barrio Las Peñas de Guayaquil, en la casona que perteneció al médico de origen libanés Fortunato Safadi y a su esposa Ana Moreno, ambos militantes del Partido Comunista Ecuatoriano. Esto ocurrió cuando salió de su natal Argentina, en su periplo latinoamericano, antes de incorporarse a la política y las actividades guerrilleras”.
Con respecto al tiempo que pasó el Che en Las Peñas hay versiones encontradas de gente que jura haberlo conocido. Uno de ellos es José Guerra Castillo, periodista y hombre de teatro quien habla de “43 días inolvidables en Guayaquil” del Che.

Guerra afirma haberlo conocido siete días después de que Guevara llegara a Guayaquil, fecha fijada el 27 de septiembre de 1953. En un librito de 54 páginas, lo recuerda como “un hombre joven, bien parecido y descuidado en el vestir que estaba apoyado a en una de las ventanas de la vieja casa de Las Peñas, mirando hacia el río a la hora del crepúsculo”.

“Yo vivía entonces -continúa- en la primera cuadra de la Avenida Olmedo, frente al parquecito Olmedo, y Ernesto en la primera casa después del ahora reconstruido fuerte de Las Peñas en la pensión de unas señoras manabitas, por cuyo alquiler para dormir Ernesto pagaba cinco sucres por noche”.

En el Diario Inédito del segundo viaje por Latinoamérica de Ernesto Guevara, este confirma su estadía en Guayaquil. “Al día siguiente emprendimos la marcha hacia Santa Marta, donde tomamos un barco que nos llevó por el río hasta Puerto Bolívar, y tras toda la noche de navegación llegamos por la mañana a Guayaquil, yo siempre con asma”.

“Poco pude conocer -escribe Guevara-, ya que la historia de viaje de los muchachos que partían para Guatemala, uno con el gordo Rojo, nos absorbió. Posteriormente conocí a un muchacho, Maldonado (el doctor Jorge Maldonado Renella), que me conectó con gente médica, el doctor Safadi (Fortunato Safadi), psiquiatra y bolche (bolchevique), como su amigo Maldonado”.

Se habla de cuatro cartas (perdidas en la actualidad) enviadas posteriormente por el Che al pequeño grupo de Guayaquil. Las misivas estuvieron mucho tiempo en poder de Ana Moreno, pero esta se las dejó encargadas a Maldonado cuando viajó a Argentina para realizarse un tratamiento médico. Jamás le fueron devueltas.

En un cuento, el escritor ecuatoriano Pedro Jorge Vera recrea, con el nombre cambiado, la “pasión” que habría sentido Maldonado por el entonces joven médico argentino. “Habría que buscar ese libro -dice José Guerra Castillo- y enterarse por qué las cartas jamás fueron devueltas a su destinatario”.
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