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La Presencia Ausente


Archivo. Flores al mar en el límite de aguas territoriales cubanas, en homenaje a las víctimas del derribo de las dos avionetas de Hermanos al Rescate Hermanos.

Dividir la familia física y espiritualmente fue un propósito que aunque la dictadura no pudo concretar, si germinó y creció en muchas personas.

A veces se escribe más con los sentimientos que con quieto razonamiento, y es cuando la angustia toma las riendas de los sentidos, y el decir frío y estudiado, es barrido por la abrumadora pena de perder un ser querido, a lo que se puede sumar el no estar en su cortejo porque un poder despótico lo impide o por propia voluntad, en base a convicciones, te niegas a implorar un derecho al que tienes derecho.

En el extenso y doloroso legado del totalitarismo cubano la separación familiar ocupa un lugar relevante y en consecuencia, los traumas emocionales que causa, inciden de alguna forma en las victimas de la ausencia y en la sociedad en las que estas se establecen.

Más de medio siglo de de prisión política, exclusión, represión, exilio, sectarismo y persecución, han impuesto un alto precio a toda la familia cubana. La separación ha sido cruenta y dolorosa, incluido para aquellos que en el principio del castrismo afirmaban que la Revolución era más importante que su propia madre.

Dividir la familia física y espiritualmente fue un propósito que aunque la dictadura no pudo concretar, si germinó y creció en muchas personas. Por décadas la utopía mezclada con el miedo, quebró muchos lazos de sangre y amistad, que aunque hoy estén en proceso de recuperación, dejan en la conciencia de la víctima y del victimario, huellas que es de suponer preferirían no cargar.

En el presente muchos de los resentidos de oficio de una y otra vertiente, les ha vencido la realidad y se han percatado que las ideas nunca debieron vencer el amor ni la amistad, lo que tal vez signifique que la única enseñanza positiva que deje el castrismo es que junto a las ideas pueden estar los sentimientos, y que cuando una ideología obliga a odiar o despreciar a quien has amado y respetado, debes desecharla.

Durante muchos años el control fue tan absoluto que los familiares conocían de la muerte de un ser querido meses después de ocurrida, situación que ha cambiado, pero no por decisión gubernamental, sino porque ya es imposible un control absoluto de los medios y los sicarios del presente no padecen la ceguera estúpida de los que les precedieron.

Hasta hace pocos años no era posible ayudar material y espiritualmente a la familia, pero a pesar del relajamiento de algunas prohibiciones, las restricciones que impone la dictadura siguen siendo de extrema severidad, porque el poder totalitario pretende sojuzgar los sentimientos, represar la pena, para que la familia piense que no se comparten las angustias comunes.

Son muchos los diseminados por todo el orbe. Nietos y abuelos, padres e hijos, parientes de cualquier grado de consanguinidad, han crecido, envejecidos, enfermados y muertos en la distancia de al menos un ser querido, algo que todos conocemos, pero que solo sentimos en su plenitud cuando la tragedia deja ser del otro y como ave de rapiña nos hace presa con sus garras.

No estar en la partida definitiva de la persona que amamos es devastador. La ultima visión de la persona querida y el tono de su voz, retumba en la conciencia y te cuestionas si tienes el derecho de faltar a una cita para la que no existe una segunda oportunidad.

Cierto que en el caso de los exiliados la dictadura tiene la última palabra, pero también cada uno de nosotros tiene la oportunidad de tomar una decisión al menos en el plano emocional, con la que tendrá que cargar lo que le reste de existencia, porque cualquier actuación repercutirá en lo más profundo de los sentimientos y convicciones, que dolorosamente no siempre son compatibles.

Se padece, ante la pérdida irreparable, un marasmo de ideas y sentimientos que tienen una gran semejanza al desconcierto que ocasiona el miedo cuando te consume.

Vives una situación que demanda voluntad y entereza para enfrentarla, y poder cumplir lo que entiendes son tus deberes con el amor y la palabra empeñada, porque si es cierto que el despotismo determina el exilio, tus sentimientos e ideas son las que harán posible el punto de encuentro necesario para encontrar la paz sin remordimientos y poder acompañar, con la conciencia en paz, más allá de tu ausencia, el ultimo andar de quien amaste tanto.
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    Pedro Corzo

    Pedro Corzo, Santa Clara, 1943. Trabaja en Radio Martí desde 1998. Conferencista y escritor. Residió en Venezuela durante doce años y colaboró allí en varios medios de información.

    Es presentador del programa Opiniones de WLRN, Canal 17 y columnista de El Nuevo Herald. Ha producido varios documentales históricos entre ellos Zapata, Boitel y Los Sin Derechos.

    Entre sus libros se cuentan Cuba, Cronología, Perfiles del Poder, La Porfía de la Razón, Guevara Anatomía de un Mito,  Cuba, Desplazados y Pueblos Cautivos y El Espionaje Cubano en Estados Unidos. 

    En mayo del 2017 recibió la Medalla de la Libertad que otorga el gobernador del estado de la Florida.

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