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Cambio de estructura o los desempleados del béisbol cubano


Cuba beisbol

Dudo que estos cambios, pura cosmética organizativa, sean la vía para elevar la calidad de la pelota criolla.

Hormiguean en la web –que muy pocos se expresan ya con tinta sobre el papel—dardos y alabanzas acerca del último plumazo de los jerarcas del béisbol cubano, nada más y nada menos que un (otro) cambio de estructura de cara a la próxima Serie Nacional.

Después del grotesco experimento en que derivó la temporada anterior, con un récord de 17 equipos participantes, el torneo inmediato contará otra vez con 16 escuadras. El crecimiento de la plantilla, durante 2011-2012, derivó en niveles más laxos de calidad y –ante la cifra impar—al fastidio de arrastrar a un equipo ocioso en cada una de las 96 fechas de competencia. Pero a partir de noviembre próximo, el campeonato retomará su nómina de 16 concursantes gracias a la inmolación de Metropolitanos, el segundo equipo de la capital. No me detendré aquí a opinar si el tiro de gracia fue justo o injusto, pero tuvo bemoles haber puesto a ese elenco a entrenar durante todo el verano… y enviarlos después a casita, sin que a los burócratas que organizan el deporte se les cayera la cara de vergüenza.

El nuevo calendario determina que cada conjunto provincial se enfrentará tres veces a todos sus rivales, para un total de 45 juegos. Entonces –y aquí viene la ruptura con los organigramas de las décadas recientes— serán eliminados de la fiesta los ocho equipos de peores resultados en cuanto a victorias y derrotas. A partir de esa decantación, los sobrevivientes (pudieran ser más de oriente que de occidente, o viceversa) chocarán en seis ocasiones con sus contrarios, lo que añadirá otros 42 desafíos al schedule.

Finalmente, los cuatro mejor ubicados en el gran total de 87 juegos se medirán empleando el pareo de algunos torneos internacionales, esto es primero contra cuarto, segundo frente a tercero, y –a la postre—los ganadores lucharán por el oro. Testigo de primera mano del béisbol en la Isla durante muchísimos años, doy fe de que hay en cada equipo algún que otro jugador suplente que alivia las penas de la banca en el comedor del hotel. Son los que se conforman con tener seguras tres comidas al día durante varios meses, o aún con llevárselas a la familia en gesto altruista si su equipo es home club. Para esos humildes, si su equipo no clasifica a la segunda etapa, el fogón estatal les proveerá ahora el 50 por ciento del alimento que obtenían antes.

Pero hay otra variante, y es que los ocho mejores elencos podrán dar baja a cinco de sus hombres y tomar como refuerzos a otros tantos, escogidos de aquellas escuadras que no lograron avanzar. Más de 150 peloteros y entrenadores se verán desempleados cada año al cumplirse la mitad del campeonato, el descontento se adueñará de quienes causen baje por decisión de los directores de equipos, y lo que es peor, el fantasma de los partidos amañados podría vagar nuevamente por nuestros estadios.

Dudo que estos cambios, pura cosmética organizativa, sean la vía para elevar la calidad de la pelota criolla. Y, en el orden de las pasiones, me pareció sabio el comentario de un lector en cierta página digital: bastaría que no clasificara Industriales, el equipo más querido y más odiado a la vez, el que llena los estadios en calidad de visitantes, para que –dentro de un año—se remodelara otra vez la maqueta de las Series Nacionales.

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