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Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido): un manuscrito y una peineta


El autor comparte unos versos atribuidos al poeta cubano y describe el entorno familiar que los protegió. Vea el manuscrito escaneado

La minúscula sala en penumbra del apartamento donde residió Eugenio Florit en Miami, apartamento aledaño al hogar de su hermano Ricardo, no podía estar más concurrida: libros, cuadros y viejos relojes de cuerda que daban la hora escalonadamente, como evitando convertir la puntualidad en jolgorio, apenas dejaban espacio para que el visitante encontrara dónde instalarse sin sentirse hipnotizado por aquella profusión de objetos donde tan pronto asomaba la nariz un tapete como una fotografía, o un puñado de cartas amenazaba irse de cabeza al suelo, o una lámpara y un teléfono antiguos se disputaban la mesita junto a la cual el poeta tenía su sillón --algo maltrecho, pero ahormado a su forma-- y todos revisaban pruebas de imprenta y versos mecanografiados de algún joven ávido de consejo.

Eugenio Florit al piano. Detrás, un paisaje de Jorge Mañach. Cortesía de Orlando González Esteva.
Eugenio Florit al piano. Detrás, un paisaje de Jorge Mañach. Cortesía de Orlando González Esteva.
Muchas veces preferí al asiento que el poeta me ofrecía, la banqueta de su piano, donde aun nonagenario accedía a interpretar, si uno insistía en la solicitud y la familia lo secundaba, la famosa habanera de su tío Eduardo o alguna danza o canción. Por ejemplo, La paloma, de Sebastián Iradier. Los Florit y Sánchez de Fuentes eran melómanos absolutos, pero nada exclusivistas: suscribirse a la temporada de la ópera estatal y estar al tanto de todo lo que sucedía en los principales escenarios de este género de música no les impedía tararear boleros o evocar, entre divertidos y nostálgicos, compases de La verbena de la paloma, sones de Miguel Matamoros y tangos de Carlos Gardel.

Era delicioso visitarlos hacia las seis de la tarde. Los hermanos, a quienes muchas veces se unían Josefina, la única hermana, y las sobrinas que vivían a pocas puertas de las suyas, se servían un trago, uno solo, whisky en las rocas, y todos, acompañados por la esposa de Ricardo, su hija y su cuñada, se sentaban a conversar con la animación de un grupo de parientes que han dejado de verse durante muchos años. Quien llegara de improviso e ignorara la costumbre establecida en las ya remotas tardes habaneras, podía tener la impresión de que allí se festejaba algo.

Plácido en una litografía de R. Caballero, Mercaderes 14, Habana.
Plácido en una litografía de R. Caballero, Mercaderes 14, Habana.
Pero nada de lo que ofrecía la sala de Eugenio Florit –las tertulias se celebraban en la sala de su hermano o, en días frescos, en una terraza bajo techo rodeada de césped, enredaderas y arbustos florales— me atraía tanto como un objeto cuyo destino se ignora, pero que pedí ver de cerca y empuñar en más de una ocasión. Y ese objeto era una peineta de carey tallada por Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido (1809-1844). Las púas permanecían intactas: sólo el encaje que alguna vez decoró su borde superior colgaba deshilachado. Entre tantas reliquias, publicaciones, péndulos que no cesaban de decir tictac, pájaros mecánicos que entraban y salían de sus escondrijos gorjeando y la figura venerable del anciano escritor, a quien tanto había que preguntarle, era imposible reparar en ella. Nadie, a quien la familia no le hubiera revelado el origen de la peineta, le hubiera prestado atención. Yo, que la sabía cercana, no podía sustraerme a su atracción ni cesar de preguntarme cómo era posible que un objeto salido de las manos de Plácido estuviera al alcance de las mías, en un barrio del suroeste de Miami, siglo y medio después de que el poeta fuera pasado por las armas.

Y en esa peineta desaparecida he pensado al extraer de la colección de papeles de Eugenio Sánchez de Fuentes (Barcelona, 1826 - La Habana, 1894), abuelo de los hermanos Florit, un documento que de tanto amarillear ya se vuelve tostado, y donde el texto, manuscrito con una tinta que hoy tira a marrón, muestra el siguiente rótulo: Desesperación, por Gabriel de la Concepción Valdés (á) Plácido. No he permitido que el entusiasmo me precipite a inferir que esta caligrafía es la del poeta: no soy un perito en estas lides ni un especialista en la obra de Plácido, pero el documento no incluye su firma, sería raro que el autor identificara un texto suyo, escrito de su puño y letra, con un encabezamiento donde se refiere a sí mismo en tercera persona, y los pocos manuscritos suyos autenticados y fotografiados a los que he tenido acceso muestran una caligrafía similar en algunos rasgos pero muy distinta en otros, y más bella.

Esto no lo resuelve todo. El mayor de los Sánchez de Fuentes, amigo de los hijos de José María Heredia, de Rafael María de Mendive y Federico Milanés, debió de conocer a un buen número de contemporáneos de Plácido, él mismo lo fue, y sería absurdo que incluyera entre otros papeles de gran valor uno que no le inspirara estima. Siendo poeta, dramaturgo, aficionado a coleccionar autógrafos y magistrado en La Habana, este documento debe de haber llegado a sus manos por las vías más confiables.

El manuscrito podría ser de Plácido por la antigüedad del papel, pero las faltas de ortografía que en él se registran exceden aquéllas que estarían de acuerdo con la limitada pero no exigua educación que se atribuye al poeta; educación a la que renunció por verse forzado a apuntalar la economía de los suyos y la propia trabajando como carpintero, aprendiz de tipógrafo, peinetero, orfebre, versificador por encargo y animador de fiestas donde el repentista deslumbraba, pero que lo impelió a hacerse de una cultura algo más amplia de lo que algunos han supuesto.

Las privaciones y calamidades sufridas por el poeta, a quien su madre blanca abandonó recién nacido en la Casa de Beneficencia y Maternidad de La Habana, y a quien su padre mulato y su abuela recogieron después, abarcaron su vida, aunque todos los que lo conocieron dieron testimonio de su simpatía y de sus dotes de conversador. Es muy de Cuba armonizar alegría y tristeza al extremo de que ésta última pase inadvertida, y ni siquiera el cubano atine a explicarse cómo lo consigue y cuál de estos sentimientos que se superponen en él es más real; cuál lo cifra.

Matanzas en el siglo XIX. Cortesía de Orlando González Esteva
Matanzas en el siglo XIX. Cortesía de Orlando González Esteva
Luego de perder a su primera mujer durante una epidemia del cólera, tener éxito en algún certamen de poesía, conocer la pobreza, sufrir los desaires y la suspicacia de una sociedad racista, gozar de la admiración de algunos compatriotas por sus dotes de artesano, adiestrarse en el dibujo y la caligrafía, colaborar en diarios, visitar algunas ciudades del país, ser acusado de participar en una conspiración contra el gobierno de España y sufrir prisión, Plácido fue ejecutado de espaldas, en la Ciudad de Matanzas, al redoble de tambores y ante miles de personas, la mañana del 28 de junio de 1844.

Desesperación, el poema que hoy publico --y que acaso se publica por primera vez--, guarda parecido con su poema más célebre, Plegaria a Dios, al situar al autor en la cárcel, lamentando su infortunio, clamando por su inocencia y admitiendo la proximidad de la muerte. Las circunstancias que el poema describe, y hasta su entonación, son afines a las de Plácido. De ser apócrifo, habría que valorarlo como una prueba más de la demanda de que gozó su obra a partir de su fusilamiento: los pícaros lo imitaban.

El historiador Pedro José Guiteras Font (1814-1890), uno de sus biógrafos, advirtió sobre la dispersión de la obra de Plácido “en manos de gentes iliteratas y de copistas ignorantes”. Este manuscrito puede ser producto de la admiración o la necesidad de ganarse unos reales de uno de ellos. Pero entonces cabría preguntarse si la razón que llevó a Sánchez de Fuentes a conservar el documento no seria la certidumbre de que el poema era de Plácido, como en el manuscrito se subraya, y de que su valor radicaba no sólo en ello, sino en su calidad de inédito, aunque la caligrafía no fuera la de su autor.

La posibilidad de que el texto haya sido tomado al dictado por algún visitante a la prisión --visitante a cuya pésima ortografía habría que sumar un dispar oído para la poesía (el poema incluye un verso cojo) y torpeza a la hora de captar el sentido de alguna estrofa-- atrae, pero tampoco hay que dejarse engatusar por ella. La aparición aún reciente de la carta testamentaria del poeta y de dos poemas manuscritos, conservados en el Museo Provincial de Matanzas y acreditados por personas competentes, confirma que Plácido tuvo acceso a papel y pluma antes de morir. Pero ¿a partir de cuándo? Entre su detención y su ejecución transcurrieron cinco meses.

Basta de conjeturas. He visitado la Colección Cubana de la Biblioteca de la Universidad de Miami, he revisado los tomos de las obras del poeta correspondientes a los años 1838, 1847 y 1857, y los de sus Poesías completas publicados en 1862, 1886 y 1902: Desesperación no está en ellos. Los historiadores sostienen que algunos de los versos que Plácido escribió en la cárcel fueron a parar a manos privadas, y que éstas fueron las responsables de difundirlos. De esa dispersión original es prueba la advertencia interesada que aparece en la portada de las últimas ediciones que cito: con doscientas diez composiciones inéditas. Según Francisco González del Valle y Ramírez (1881-1942), los autógrafos de Plegaria a Dios y A la fatalidad, dos de sus poemas más célebres, fueron conservados por una conocida familia matancera que los adquirió de un señor Unzueta, amigo del poeta.

De no haberse publicado Desesperación, habrá que contemplar la posibilidad de estar ante unos versos desconocidos de Plácido, y aunque la caligrafía no sea la suya, sino la de un pobre escriba iletrado, yo me sentiría tan conmovido ante ellos y el papel que los guarda como ante la dentadura impecable y el encaje deshecho de aquella peineta, tallada por él, que parecía reflejarlo y reflejarnos: risa franca y desolación. No en balde se halla perdida.

DESESPERACIÓN: POR GABRIEL DE LA CONCEPCIÓN VALDÉS (Á) PLÁCIDO

Cielos, vuelvo a despertar
Para deplorar mi suerte
Y en vano llamo a la muerte,
Que es mi destino llorar.
Esta lúgubre prisión
Donde el delincuente gime,
Todo mi espíritu oprime
Y crece mi confusión.
Mis desmayados suspiros
Oyen sólo estos cerrojos,
Ni un consuelo ven mis ojos
¡Que es soledad cuanto miro!
Y para doblar mis penas
Con que el corazón lucha
Tan solo mi oído escucha
El rumor de las cadenas.
¡Oh, Vida! Vida insufrible,
Y qué es vivir para mí
Si errante desde nací
Esta carga aborrecible.
En orfandad he vivido,
En largos días de afán,
Padres míos… dónde están,
Nunca los he conocido.
¿Quién soy yo? ¿Quién es mi padre?
Dímelo negra fortuna,
Ya que negaste a mi cuna
Las caricias de una madre.
(Verso ilegible)
Que he tenido de placer
Dejose un momento ver
Para no tornar jamás.
¡Ay venturosos momentos
Que para siempre perdí
Convertidos para mí
En perdurables tormentos!
Pero ya breve será,
Siento extinguirse este fuego,
Breve será mi sosiego,
Que mi frente helada está.
El cadalso se levanta
Para mí, siendo inocente,
Cual si fuera un delincuente.
¡Ay! esta vida me espanta.


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