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Los Cuatro Siglos de la Patrona


En la Ermita de la Caridad, Santuario Nacional, Miami, Florida

Así que allá me fui, al atardecer de aquel 25 de noviembre de 2010, a la parroquia de San Juan Bosco en mi Bayamo natal, dócil ante una deuda que no contraje, y que por mi agnosticismo confeso no tenía demasiado interés en saldar.

Mi madre contrajo la deuda a nombre mío, y horas después me puso al corriente de ella. Me dijo:
- Le prometí a la Virgen que irías hoy a su despedida. A las siete de la noche se la llevan a otra comunidad, así que no demores mucho en ir.

Por un iluso segundo pretendí evadir la obligación. Pretendí decir, por ejemplo: “Ya tengo un compromiso, no me avisaste con tiempo”, pero desistí de inmediato. Hay ciertos pedidos de las madres que, aunque camuflados como tiernos, tienen mucho de militar. Se cumplen, y luego se discuten.

Así que allá me fui, al atardecer de aquel 25 de noviembre de 2010, a la parroquia de San Juan Bosco en mi Bayamo natal, dócil ante una deuda que no contraje, y que por mi agnosticismo confeso no tenía demasiado interés en saldar.

¿Qué despedida era aquella a la que mi madre me enviaba? Era el adiós de los bayameses a la réplica de la Virgen de la Caridad del Cobre que desde agosto de ese 2010 recorría todas las provincias del país. La principal acción con que la Iglesia Católica había querido rendir tributo a la Patrona de Cuba, con motivo de los cuatrocientos años -a conmemorarse dos años después, durante este 2012- de su aparición en la Bahía de Nipe.

Según la leyenda, esta Virgen pequeñita apareció en medio de una tormenta febril, flotando entre las olas, para amparar a tres desvalidos pescadores que no tenían más opción que encomendarse al cielo. Algunos dicen que la imagen tallada naufragó desde el barco que la transportaba, y eso explica su aparición en el agua. Otros hablan de designios divinos.

Lo cierto es que aconteció en 1612, y desde entonces la Virgen de la Caridad del Cobre es la deidad religiosa que identifica a los cubanos, es la patrona de la nación, y ostenta otro título más glorioso aún: se la nombra la Virgen Mambisa. Nuestros patriotas del siglo XIX la llevaron a sus campamentos, y la veneraron en medio del fuego enemigo.

Se bordaban la imagen en las mangas de las camisas; le daban gracias por regresar vivos de la batalla contra los españoles. Entonces, conmemorando sus cuatro siglos, las autoridades eclesiásticas tomaron una réplica de la original (custodiada celosamente en el Cobre santiaguero) y se la presentan a los cubanos todos.
Había arribado a mi ciudad unos días antes, proveniente de Holguín. Según testimonios de amigos, el recibimiento de los bayameses –similar al de otras urbes- fue realmente apoteósico. Se hablaba de veinte mil personas siguiéndola entre calles intransitables, y de misas desbordantes en humildes parroquias. Ahora proseguía su viaje.

Dos cuadras antes de la iglesia San Juan Bosco se me hizo complicado avanzar. Ni el frío anómalo para una cálida región, ni el anochecer apresurado impidieron que otros miles de devotos acudieran a verla partir.

Este contacto más personal, más intimista, con la depositaria de una fe anclada a la conciencia religiosa y cultural de la nación, ofrecía una oportunidad perfecta para la consagración de los fieles, y para los que algo necesitaban pedir, aunque no supieran ni siquiera cómo hacerlo. Lo comprobé ante una divertida pregunta del sacerdote que oficiaba la homilía:
- ¿Cuántos de ustedes pisan nuestra parroquia por primera vez? Les pido me alcen la mano, por favor.

Otra multitud de brazos, en medio de un murmullo cómplice, apareció sobre nuestras cabezas. Mi brazo entre ellos, claro está. Muchos no sabían rezar, no habían asistido a una misa jamás, y se hacía evidente en sus caras: desconcertados, vagamente ruborizados por aparecer en un templo al que habían tenido hasta entonces como ajeno y distante.

Pero ahora que la Patrona se alojaba entre aquellas paredes resonantes, ahora que una sensación particular, esperanzadora, se extendía desde aquel sitial religioso, era momento de abdicar al descreimiento y pedirle a lo divino lo que entre humanos no acababa de llegar.

Vi rostros conmovidos. Recuerdo manos juntas, miradas anhelantes. Escuché plegarias entre murmullos cargando con los sueños de quienes esperan y padecen. Vi enfermos, lisiados, malformados; rostros martirizados por el dolor físico o espiritual que sólo en una congregación como esta encontraban un rescoldo de paz. Reconocí amigos con proyectos inconfesables, con trámites entorpecidos, con necesidades materiales transformadas en ansiedad espiritual. Escuché rezos por los encarcelados, los perseguidos, los humillados.

Y todos, cada uno de los que se presentaban ante esa figura hermosa y humilde a la vez, delicadamente ingenua, experimentaban el instante más armónico y conciliador de sus últimos días.

Recordé el halo de solemnidad y fe en lo imposible que emana desde el templo situado en el Cobre, adonde cubanos de todas las ideologías, razas, naturalezas y credos religiosos terminan por recalar alguna vez. Unos, para pagar promesas dolorosas que sufren sus rodillas y sus carnes; otros para entregarle a la Virgen sus medallas olímpicas, sus títulos universitarios o sus muletas para caminar; y algunos, como yo, por elemental interés sociológico y cultural.

Creo que de vuelta a mi hogar, cargado de imágenes fotográficas y mentales, no comprendía del todo cuán misterioso es el terreno de la fe y de los sentimientos humanos. Sabía, eso sí, que aquel espectáculo de hermandad, aquella energía dispersada por una multitud voluntaria, a la que nadie citaba u obligaba a nada, y que en otros tiempos había pagado su firmeza religiosa con persecuciones y exclusión, era la prueba inobjetable de que a los pueblos se les puede privar de todas sus libertades, excepto de la libertad espiritual.

Y si yo no conseguía movilizar mi fe ante una imagen creada por manos humanas, vestida por humanos, y transportada devotamente por humanos; si yo lograba disfrutar del hecho como un fenómeno sociocultural que también nos identifica y define, pero no lograba implicarme sensorialmente con él, quizás debería mirar con humildad a todos aquellos cubanos que sí pidieron por sus vidas, por sus miserias y sus anhelos. Y que lo hicieron con verdadera pasión.

Ahora que los cubanos de este lado del mar se juntan nuevamente alrededor de la Virgen de la Caridad, y dejan libres sus nostalgias y sus plegarias; ahora que los cubanos de Miami le rinden un culto ferviente, hermoso, limpio, a la patrona de nuestra Isla pensada y codiciada, y le piden libertad para su tierra como se pide el último favor de todas sus vidas, no he dejado de sentir envidia por aquellos que sí logran semejante comunión espiritual y encuentran en ella consuelo y un pedazo de felicidad.
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