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La conciencia de Cuba


El autor repasa la relación de algunos cubanos y una extranjera con las estrellas

Entre los versos cubanos del siglo XIX que tengo por míos hay unos donde Francisco Pobeda lamenta no haber sabido admirar, desde niño, la belleza de la noche de la isla, y se pregunta cuál, entre la multitud de estrellas que fulge sobre su cabeza, será la suya:

¡Ah!, ¡cuántas noches
Como ésta desprecié! ¡Noches de Cuba!
Que allá en los tiempos de mi edad primera
Pasasteis sobre mí sin comprenderos.
Llegó el momento que os contemple triste.
Llegó el momento que mi vista errante
Vague en la inmensidad. ¡Cuántas estrellas!
¡Qué hermosura! ¡Qué luz! ¿Serán acaso
Influyentes al hombre mientras vive,
O aparecen después que ha sucumbido?
Si influyen en el hombre, ¿cuál la mía?
¿Aquélla débil, que refleja apenas?
¿Aquélla opaca, triste, moribunda?
¿Eres mi estrella tú?

No es raro que los poetas cubanos conversen con las estrellas:

Buenas noches, Orión, joya celeste
prendida en el cristal de mi ventana…

les decía Eugenio Florit, que las vio escribir con sus puntos de diamante y admiró su literatura y su caligrafía:

Y qué clara la escritura
dentro de la noche, dentro
del corazón anheloso
de recibir este fuego

que baja de sus abismos,
va iluminando mi sueño
y mata la carne y deja
el alma en su puro hueso.

Lo que dicen las estrellas,
me tiene, Señor, despierto…

Manuel J. Santayana sorprendió a una de ellas dialogando con un pino, y lejos de sumarse a la conversación prefirió, atento, transcribir lo que escuchaba. Le debemos la certidumbre de que las estrellas, además de hablar en verso, padecen de soledad, lamentan no tener acceso a las dádivas del día – el trino de los pájaros, la claridad del cielo-- y están seguras de que el árbol más amoroso es voluble y que, luego de cortejarlas, las olvida apenas rompe el sol, redescubre sus ramas perfumadas y ve revolotearle en torno una corte de mariposas.

Nadie, sin embargo, estuvo más cerca de una estrella que José Martí, a quien se le concedió el dudoso honor de tocar una, y cuya reacción demuestra hasta qué punto estuvo consciente de que era testigo de una calamidad y, simultáneamente, de un prodigio; hasta qué punto era objeto de una distinción:

Yo he puesto la mano osada,
de horror y júbilo yerta,
sobre la estrella apagada
que cayó frente a mi puerta.

Atribuir a la mano, sólo a ella, los sentimientos de horror y de júbilo, poniéndose a sí mismo en elipsis; desentenderse de la audacia de palpar el cadáver de la estrella, como si hubiera sido la mano la que tirara del hombre y el asiento único de esos sentimientos; circunscribir el pasmo a la mano y describirla inerte, abrumada por la desproporción de la experiencia, contribuyen a contagiarnos ese estado de asombro al que Martí parecía abandonarse a partir de su avidez de realidades que le sobrepasaran, y que a fuerza de genio para imaginarlas y describirlas acababan, por vívidas, desconcertándolo y cimentando su jerarquía de “raro” entre sus contemporáneos.

Nadie, sin embargo, ha contemplado la bóveda estrellada de Cuba con la intensidad que lo hizo Fredrika Bremer en 1851. La escritora sueca mira hacia arriba y uno, leyéndola, mira con ella. La emoción es tan inteligente y la escritura tan desenvuelta que se la ve tal y como se describe a sí misma en Matanzas: enviando un saludo a su tierra con la Osa Mayor y la Estrella Polar, que ha descubierto posadas encima de una ceiba, o intrigada ante la identidad de la constelación que puntúa un cocal: ¿la Nave de Argos? ¿El Arquero?

El lucero del alba
El lucero del alba
La hermosura de la noche insular desvela a la visitante. El lucero del alba, que admira desde una casa de El Cerro, le produce una extraña melancolía, al extremo de llevarla a ver en él “un ojo impregnado de un conocimiento diáfano, pero triste”, y a concluir: “La estrella pura permanecía sobre la bella isla como su clara conciencia reprobatoria”. Vaya cumplido, no puedo imaginar uno más bello: adivinar en el lucero del alba la conciencia de un país.

La estrella solitaria que luce la bandera cubana no está hecha de tela: es un agujero de cinco patas por el que se puede meter el puño y tantear las nubes que colman su envés. No debe mirarse mucho: desde hace tiempo, reparte el vacío a cinco manos llenas.
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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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