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La muerte de los invisibles del Segundo Frente Oriental


El Mausoleo del II Frente Oriental Frank País García.

Para estos ancianos, vivir en Cuba es toda una agonía; pero morir, es mucho más complicado.

Por muchos años nos hicieron creer que la Lealtad es una obligación natural de cada sujeto o ciudadano por su líder o gobernante; lo contrario, es traición. Pero este desenfreno de palabras sueltas no es más que una manipulación de quienes cazan seguidores o soldados, y a fuerza de repetición consiguen confundir.

Es real, que el inexorable y no calculado envejecimiento de la población cubana exige un serio aumento en los gastos de seguridad social, servicios médicos, y atención especializada; pero además plantea retos imprevistos e insoslayables, aumentan las defunciones, y la falta de espacio en los cementerios.

En el año 2007, durante el funeral de Vilma Espín, pudimos ver, el lugar exacto que servirá de ridículo sepulcro a los restos de El General Raúl Castro. Digo, si para entonces no hay cambio de planes. Por cierto, muy parecido al prehistórico hogar de Pedro y Pablo Picapiedras.

Pero hoy no hablaré de los jefes, sus singulares costumbres ni cuestionados estilos, sino de esos ex soldados jubilados que, un día pertenecieron al Segundo Frente Oriental, y hoy, por ironías de la vida, más el consabido abandono, se debaten entre el constante deterioro y la ninguna esperanza, y no tienen de otra que negociar su lealtad post mortem por una dispensa de pago a la cremación de sus cuerpos, y tener un lugar especial donde yazgan sus cenizas junto al sarcófago del “emperador en jefe”. Un programa poco seductor, el eterno descanso dentro de esos nichos que custodian el gran mausoleo situado muy cerca de donde un día radicó la Comandancia del Segundo Frente.

No sé si ustedes tienen claro que para estos ancianos, vivir en Cuba es toda una agonía; pero morir, es mucho más complicado. Saben que después de muertos continuarán la farsa de fingir una obediencia que en algunos desapareció, y en otros, es un mal recuerdo.

La muerte siempre llega envuelta en un manto de tristeza, melancolía, y formal ceremonia; para estos ex combatientes, personajes olvidados sin historias legendarias ni teogónicos mitos, es una suerte de ironía, burla, y humor negro. Si mueren en la cuidad héroe no tiene mucho que temer, lograrán inmediata sepultura, si por el contrario no residen dentro de los límites establecidos, deben esperan ya incinerados, en sus respectivas sedes provinciales de la Asociación de Combatientes, que pase el vehículo que se encargara de transportarlos hasta ese sacramental complejo escultórico enclavado en el estribo de la montaña Mícara, al noreste de Santiago de Cuba.

Este horror de transporte funerario atraviesa la isla una vez al mes; pero ahora – según el propio General - por condiciones adversas que impone medidas de ahorro, el gobierno dictaminó que la recogida de escombros se hará cuando se reúna una cantidad importante de ánforas o calavernarios.

“Fidelidad”, “propiedad” y “necesidad”; son tres palabras que riman, pero nada más.
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    Juan Juan Almeida

    Licenciado en Ciencias Penales. Analista, escritor. Fue premiado en un concurso de cuentos cortos en Argentina. En el año 2009 publica “Memorias de un guerrillero desconocido cubano”, novela testimonio donde satiriza  la decadencia de la élite del poder en Cuba.

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