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El Profeta


Profeta

Lo que muchos no entienden es que cuando Dios traza un plan para su pueblo, éste no depende sólo de una persona

Pinar del Río - En la historia de la Iglesia encontramos múltiples ejemplos de personas que han sido consecuentes con su ser de cristiano y han asumido los efectos de sus ideas hasta el final. En el siglo II, cuando los seguidores de Cristo vivían una de las épocas más sangrientas de persecución, Tertuliano expresó: “La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”. Nosotros, dos mil años después, sabemos que en la Cruz florece la Vida, que ante la muerte, triunfa la resurrección, y que no se mueve uno solo de nuestros cabellos sin que Dios lo sepa.

Cuando nos encontramos con hombres dignos, que a través de caminos de diálogo y paz, se empeñan por lograr los cambios necesarios en una sociedad que derrama lágrimas de dolor ante las injusticias y la opresión a la que es sometida, nos acordamos de aquellas palabras de Jesús: “Les enviaré profetas y apóstoles; a unos los matarán, y a otros los perseguirán. Pero Dios va a pedir cuentas a estas generaciones de la sangre de los profetas derramada desde la creación del mundo” (Lc 12, 49-50).

Cuando Dios llama a alguien para una misión lo ayuda con la fuerza misma de su Espíritu para que pueda cumplirla; por eso, el escogido no puede callar ante el dolor de sus hermanos, su conciencia lo impulsa constantemente a ser la voz de Dios para transmitir esperanza y el amor a la Patria que lo vio nacer se impone, como expresaba Martí en su obra cuando Abdala se separa de su madre para defender su tierra:

“¿No ves que de mi brazo espera Nubia
La libertad que un bárbaro amenaza? (…)

Lo que muchos no entienden es que cuando Dios traza un plan para su pueblo, éste no depende sólo de una persona. Ocurre como en nuestras guerras de independencia, cuando al caer el abanderado, otro mambí recogía la bandera y continuaba enarbolándola, para que siempre ondeara recordándole a todos la causa por la que luchaban.

La vida del profeta no es fácil, sus denuncias nunca son bien vistas, y su anuncio incomoda, porque expresa la esperanza de un futuro mejor en medio de tanta angustia. “Huesos resecos, escuchad la Palabra del Señor (…) Yo haré que entre de nuevo el espíritu en vosotros y reviviréis. Os cubriré de nervios, haré crecer sobre vosotros la carne, os echaré encima la piel y os infundiré el espíritu y viviréis, y sabréis que yo soy el Señor” (Ez 37, 4-6) Así dijo el Señor al pueblo elegido, cuya experiencia de destierro es equiparada a la muerte. En cambio la fuerza de Dios es capaz de devolverle la vida a través de un proceso de liberación restauradora.

Por eso, a todos nosotros, llamados por el bautismo a ser como Cristo: Sacerdote, Profeta y Rey, Dios nos continúa diciendo hoy más que nunca:

“Sigue cantando profeta, cantos de vida o de muerte,
Sigue anunciando a los hombres, que el Reino de Dios ya viene
No callarán esa voz, y a nadie debes temerle
Que tu voz viene de Dios, y la voz de Dios no muere”

Artículo publicado el 30 de julio en el sitio digital de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba.

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