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La hora de la denuncia


Proyectan imagen del fallecido disidente Oswaldo Payá en la fachada de la embajada de Cuba en España

Es la hora de denunciar un asesinato político. De reunir pruebas y testimonios. De pedir y exigir una investigación independiente.

Viví en Cuba durante los años de más popularidad, nacional e internacional, de Oswaldo Payá Sardiñas. Como ya dije en mi blog, apenas le conocí.

En los ocho años que escribí como periodista independiente desde La Habana (1995-2003), reporté más sobre los redactores de La Patria es de Todos, o sea del Grupo de Trabajo de la Disidencia Interna (Martha Beatriz Roque Cabello, Vladimiro Roca Antúnez, René Gómez Manzano y Félix Bonne Carcassés). También estuve vinculada a dos de los economistas afines a ese grupo, Arnaldo Ramos Lauzurique y Manuel Sánchez Herrero, fallecido de cáncer en 1999.

Para mí, tres fueron los logros fundamentales de Payá. Primero, crear uno de los más amplios y duraderos grupos opositores que hasta la fecha ha habido en Cuba, el Movimiento Cristiano Liberación. Segundo, haber sido el único opositor que logró reunir miles de firmas en apoyo al Proyecto Varela, el más conocido y exitoso de todos sus programas políticos. Y tercero, haber tenido la suerte de haberse casado con una gran mujer llamada Ofelia Acevedo Maura, y junto a ella crear una familia ejemplar.

Aunque nunca compartí con Payá ni visité su casa, siempre admiré esos tres logros suyos. Recuerdo que me molestó mucho cuando en aquel libraco que hizo el régimen para atacar a la disidencia, pusieron una foto de Payá bañándose con su familia en Varadero. Una falta de respeto y una violación de la privacidad.

A pesar de que algunos disidentes decían que era 'casasola', cerrado y desconfiado, lo cierto es que Payá fue un hombre sencillo, modesto y austero.

Prefiero no creer en el Payá 'mártir', 'visionario', 'heroico', entre otros calificativos que se vienen diciendo de él, y sí en el habanero de carne y hueso descrito por el periodista estadounidense Patrick Symmes, en la última de las siete crónicas que bajo el título de Treinta días viviendo como un cubano, subí a mi blog en marzo de 2011.

En La Habana conocí personas que cuestionaban el hecho de que Payá siempre hubiera trabajado como ingeniero, su profesión. Laboró en empresas de salud pública, lo cual a mí me parecía bien, que le permitieran trabajar y lo pudiera hacer en un sector primordial para la población.

De Payá tienen que escribir y defender su legado quienes de verdad le conocieron y arrimaron el hombro con él, vivan en la isla o en el exterior. O no lo arrimaron y desde la cercanía o la lejanía tuvieron discrepancias, pero compartieron un mismo espacio en el tiempo, aunque sus ideas y planes fueran distintos. Con sinceridad, no hipócritamente.

El 1 de junio de 2009, cuando estaba en su apogeo la plataforma Voces Cubanas, Payá en su web publicó Que los blogueros sean voz de los que no tienen blog. El escrito generó gran malestar entre los blogueros alternativos, entre ellos mi hijo Iván García, en ese momento participando en la 'academia blogger'. En el entorno blogueril hablaron entonces horrores de Payá.

Pero Iván fue el único que tuvo el valor de dejar plasmado el descontento de la 'flor y nata' de la bloguería criolla. En El Cristo del Cerro, publicado en Penúltimos Días, Iván no sólo expresó sus opiniones: también recogió varios de los criterios negativos que en junio de 2009 tenían sobre Oswaldo Payá algunos de los que hoy, sin sonrojarse, dicen y escriben toda clase de alabanzas y casi lo han subido a un altar.

Es irrespetuoso que ésos que una vez dijeron oprobios de Payá; que han tratado de ignorar y silenciar a los disidentes de más larga trayectoria; que han dicho que éstos ya están 'viejos' y pasados de moda, y hasta se han burlado de los opositores, de la noche a la mañana se hayan convertido en más 'payistas' que su viuda y sus hijos.

Basta ya de oportunismos. Es la hora de denunciar un asesinato político. De reunir pruebas y testimonios. De pedir y exigir una investigación independiente.

Si en algo los servicios secretos cubanos son expertos, es en métodos estalinistas de eliminación de adversarios o personas no gratas. Lo saben algunos diplomáticos y corresponsales extranjeros que han trabajado en Cuba: a más de uno les han aflojado las ruedas o les han acorralado o embestido cuando transitaban por calles, avenidas o carreteras, para provocarles 'lamentables accidentes de tránsito'.

No es el momento de politiquear ni coger de bandera al último muerto en la oposición. Igual que ocurrió con Orlando Zapata Tamayo, han comenzado las cartas y recogidas de firmas, un tipo de protesta que hasta la fecha no ha dado resultados concretos.

Volviendo a los 'payistas' de última hora: lo primero que tendrían que hacer es autocriticarse y reconocer que menospreciaron a Payá y a los opositores que llevan más de 20 años luchando por cambios democráticos dentro de la isla.

Resulta significativo -y llamativo- que a partir de la muerte de Oswaldo Payá y Harold Cepero, las mismas personas que se jactaban de su 'no-disidencia', ahora hayan dado un giro de 180 grados y comenzado a escribir y dar entrevistas como si toda la vida hubieran simpatizado con Payá y la disidencia tradicional.

Una actitud tan arribista y criticable como la de la iglesia católica y su cardenal, que abiertamente ningunearon a Payá, y según el mismo Payá dijo a la BBC, estaba convencido de que la iglesia estaba conspirando con el gobierno en la creación de un partido democristiano, probablemente como parte del guión que han diseñado para crear una 'disidencia' a su imagen y semejanza y que en el futuro contribuya a darles una fachada 'democrática'.

Atrás no se quedan las declaraciones, en su mayoría formales e igualmente hipócritas, hechas por políticos estadounidenses y exiliados residentes en la Florida. Salvo excepciones, en los últimos tiempos casi todos ellos han preferido apoyar a las 'nuevas generaciones' y desechar a los 'viejos opositores'. Y si en Cuba había un 'viejo opositor', no por su edad, si no por su curriculum, ése fue Oswaldo Payá Sardiñas.

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