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El autor escucha el eco de un llamado anterior a Cristo en el pregón cubano

Los italianos tienen su Adiós a la vida; nosotros, El manisero.

La grabación histórica de un concierto ofrecido por Ella Fitzgerald en Berlín --histórica por ofrecer algunas de los malabarismos vocales más extraordinarios en la historia del jazz--, incluye una versión de la pieza How high the moon donde la intérprete cita, en medio de la más diversa multitud de fragmentos melódicos imaginable, una frase El manisero. Harpo Marx silba otra en Duck Soup (l933). Cary Grant vocea una más en Only Angels Have Wings (1939). Jane Powell gorjea demasiadas en Luxury Liner (1948).
Ella Fitzgerald y Louis Armstrong
Ella Fitzgerald y Louis Armstrong


La adaptación cinematográfica de la novela Crónica de una muerte anunciada (1987) intuye la filiación fúnebre y el carácter admonitorio del pregón, tan conformes con el título de la novela, y lo adscribe a su banda sonora. El manisero también tiene viso de reportaje.

El manisero, son al fin, se baila, y si al cantante le da por jugar con el estribillo y deshacerse en improvisaciones, el baile no tiene cuando acabar. Es posible que la duración de una vida dependa de las ganas de cantar de quien la engendró, o de sus aptitudes para añadir compases a su obra. La “Orquesta Azul” de La lengua de las mariposas (1999) pone a bailar con El manisero a un pueblo español a punto de ser asolado por la Guerra Civil. Nadie prevé la tragedia, pero el director se encarga de que todos disfruten la fiesta al aire libre con la avidez típica de la persona que padece una enfermedad terminal y decide, antes de que se le haga tarde, apurar el vaso de salud que le queda.

Harpo y Groucho Marx
Harpo y Groucho Marx
Hay quien no se percata de la ubicuidad de El manisero porque sus versiones instrumentales se integran a la masa de sonidos en la que vivimos inmersos, y tan pronto sacan la cabeza en el consultorio de un dentista o en el laberinto tumultuoso de un centro comercial como se confabulan para reunir en un estudio de grabación a un padre y un hijo pianistas, distanciados por la naturaleza del gobierno que ha emponzoñado el país de todos, incluso del pregón. Que Bebo y Chucho Valdés grabaran El manisero a cuatro manos tiene tanto de celebración como de elegía. La elegía es por los años que no estuvieron juntos, y por el país mismo que ambos quisieron que Cuba fuera y que no podrá ser.

El manisero devuelve, desde su ingenuidad, a Horacio, el gran poeta latino a quien alguna de la mejor poesía española de la Edad Media y el Siglo de Oro debe uno de sus grandes tópicos, el Carpe diem: “aprovecha el día”. Cuando el vendedor callejero advierte:
¡Ay, caserita, no me dejes ir,
porque después te vas a arrepentir
y va a ser muy tarde ya!,
parafrasea a Jorge Manrique:

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo después de acordado da dolor…

Y cuando urge a probar su mercancía, un cucurucho de maní tostado, a fuerza de ponderar sus cualidades --¡qué calentico y rico está!, / ya no se puede pedir más--, y alude a la juventud y la vacilación de su clienta, es una niña la antojada, remonta a Garcilaso:
coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

El manisero es el presente que Francisco de Quevedo ve corporeizarse y huir entre dos abismos: Ayer se fue, mañana no ha llegado, / hoy se está yendo sin parar un punto… Y es el propio Quevedo amonestando a la joven que, asomada a un balcón de Cuba, no acaba de decidirse a disfrutar del manjar que el instante le ofrece:
Tu edad se pasará mientras lo dudas,
de ayer te habrás de arrepentir mañana,
y tarde y con dolor…

El manisero es la vida que, consciente de su provisionalidad, exhorta a ser aprovechada antes de desvanecerse, y que desdoblada en testigo de su propio tránsito, aconseja a los incautos lo que dentro de ellos no siempre consigue aconsejárseles a tiempo: carpe diem.

Me voy, avisa el vendedor ambulante que reanuda su caminata y se pierde al final de la calle, la voz cada vez más tenue, más solo el espacio que acaba de cruzar, y el cubano presiente que es ella, la vida, la que se aleja, que vivir y morir son formas indiferenciadas de representar un pregón, y que el insomnio lo martirizará más allá de la tumba si no satisface los deseos pendientes.

Viendo bailar El manisero, escuchando a alguien cantarlo sin solución de continuidad, como si haciéndolo extendiera la vida de los bailadores, o la propia, o la del pregón mismo, como si dilatando la composición administrara respiración artificial a un moribundo, ¡y quién no lo es!, he pensado en Séneca. El manisero irrumpe en una de sus Epístolas cuando, reparando en las minúsculas porciones de tiempo que componen una existencia y la insignificancia de ésta si se la compara con la infinitud que la precede y sucede, el filósofo, poeta y político concluye: ¡Cuántos pasos para tanta brevedad!

No se pierda las improvisaciones al final de esta pieza.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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