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Bielorrusia, la Cuba de Europa


Lukashenko se reune con Raúl Castro

Personas que han visitado el país lo describen como un lugar anclado en la era soviética.

Si usted menciona el nombre de Bielorrusia a un europeo, más si este reside en el sur, apenas sabrá reconocer de qué se le está hablando. Si le menciona Alexander Lukashenko se va a quedar prácticamente igual. El desconocimiento que de este país se tiene en Europa es inversamente proporcional a la impunidad con que el dictador que dirige las riendas de esa república actúa contra los derechos fundamentales de los ciudadanos a los que, en condiciones normales, debería servir. Quizás esa amnesia en cuanto a Bielorrusia se deba a las mismas razones por las que hay quien hace la vista gorda con Cuba a pesar de caer antipática: su filiación ideológica hacia la izquierda, esa izquierda nostálgica y cavernícola. Lukashenko vive entre las tinieblas europeas y podría pasar inadvertido si se paseara por las principales calles de París o Madrid, pero le hemos visto en las últimas semanas deslizándose por alfombras rojas durante su visita a sus socios en América Latina, donde ha mantenido fructíferos encuentros tanto en Cuba, donde fue recibido por Raúl Castro, así como en Venezuela, donde fue acogido por Hugo Chávez, quien le brindó un Boeing 737 oficial para que viajara a Ecuador. Los gastos, ya se sabe, corren a cargo del pueblo venezolano.

Mientras Lukashenko departía con sus amigos caribeños, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas tomaba decisiones de su incumbencia. Pero da igual, a Lukashenko nada lo despeina. Veintidós países votaron a favor, cinco en contra y veinte se abstuvieron sobre la designación de un investigador especial que estudie las denuncias de violación de derechos humanos contra el gobierno bielorruso. La resolución que se adoptó el 5 de julio reclama a las autoridades bielorrusas la liberación inmediata de todos los presos políticos, hacer una investigación transparente de las denuncias de torturas por parte de los presos y poner fin de forma inmediata a las detenciones de representantes de la oposición y la sociedad civil, periodistas y activistas por los derechos humanos. Asimismo, la resolución reclama no restringir la libertad de movimiento, incluyendo los viajes al exterior. Los gobiernos de las dictaduras están ocupados por pandillas de chicos malos, así que Bielorrusia respondió a esta demanda con la guapería pertinente. El embajador bielorruso ante el Consejo de Derechos Humanos, Mikhail Khostov, indicó que su gobierno no cooperará con el trabajo del investigador especial.

Personas que han visitado el país lo describen como un lugar anclado en la era soviética. De hecho, las condiciones para entrar allí, ni que sea como turista, resultan un tanto chocantes en un entorno europeo, de ciudadanos que gozan de la movilidad gracias al Tratado de Schengen, que sirvió para eliminar fronteras. Un turista que quiera pasar por Bielorrusia deberá contratar los servicios de agencias estatales que le proporcionarán una carta de invitación a partir de la cual se podrá tramitar el visado temporal. Los turistas están plenamente controlados y deben dar información exacta sobre su trabajo, lugar de residencia, alojamiento en el país, así como especificar la ruta y propósitos de su viaje a Bielorrusia. Incluso es obligatorio registrarse ante la Policía durante la estancia y hay zonas del país a las que no puede acercarse.

El último proceso electoral en ese país acabó con uno de los principales líderes de la oposición en la cárcel, que más adelante fue amnistiado; hace pocos meses activistas ucranianas por los derechos de la mujer fueron arrestadas y, según denunciaron, torturadas antes de ser deportadas a su país después de hacer un acto de protesta en Minsk; un periodista ruso que realizaba un trabajo sobre los opositores bielorrusos fue arrestado y también deportado de regreso a Rusia tras entrevistar a la esposa de un opositor en su casa. Lukashenko, como sus socios latinoamericanos, coinciden en una gestión del poder que no entiende ni comprende de matices. La única salida que dejan para la oposición es la sumisión, el silencio, la cárcel o el exilio. Si democracia es convivencia, dictadura es persecución. A pesar de la distancia y las diferentes idiosincrasias de sus pueblos, ese es un nexo que une tanto a Chávez, Castro como Lukashenko. El silencio sobre sus abusos y atropellos es el mejor aliado con el que pueden contar para que sus acciones dispongan de total impunidad. En el caso de Venezuela y Cuba todavía encontramos algún eco en la prensa, pero es distinto el caso de Bielorrusia, donde el silencio resulta angustiante.
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