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Ucrania no es la Pequeña Rusia


La plaza de la Independencia de Kiev.

El idioma es un elemento de reafirmación nacional y a los ucranianos les duele cuando el primer ministro ofrece conferencias de prensa en ruso...

La Eurocopa fue la calma antes de la tempestad. Mientras España festejaba la victoria de la Roja, en las calles de Ucrania se protestaba (violentamente) contra una ley que impone el idioma ruso en las cortes, entidades gubernamentales y centros de educación y que tiene un impacto medular en el desarrollo futuro de una nación que todavía busca nicho y colores propios.

En Kiev salieron a las calles miércoles y jueves; también en la zona occidental de Ucrania.

El presidente del Parlamento, Victor Litvin, renunció a su cargo por la forma en que se realizó la votación y el proceso de debate de esta ley y los parlamentos locales han hecho un llamado a elecciones presidenciales y legislativas anticipadas.

Ucrania es una nación joven, pero con historia milenaria. En Kiev nacieron los pueblos eslavos. Los cosacos ucranianos se unieron a Rusia en 1656 para defenderse de agresores extranjeros. Desde entonces las autoridades rusas buscaron la rusificación de esas tierras, que despectivamente llamaban Malayarossia – Pequeña Rusia. Un decreto del zar Alejandro II, el Ucase de Ems, prohibió en 1876 la enseñanza en idioma ucraniano y su uso en la prensa escrita. También negaba la importación de literatura en ucraniano y la puesta en escena de obras de teatro en ese idioma, que denominó “dialecto pequeñoruso”.

El mayor poeta ucraniano, Taras Shevchenko (1814-1861), fue condenado al destierro, y se le prohibió escribir y pintar.

Poetas y escritores ucranianos mantuvieron el empeño por salvar su lengua: Lesya Ukrainka (que adopta el seudónimo para reafirmar su nacionalidad).

Los compositores como Mikola Lysenko mantenían motivos nacionales en vez de copiar rusos u occidentales.

Los soviéticos, a pesar de la proclamación del internacionalismo proletario, imponían la cultura del vencedor, tal como lo hizo el zar con la metrópoli.

El término “literatura fusilada” se aplica a las obras publicadas desde el año 1917 hasta el 30 de noviembre de 1937, cuando fueron fusilados más de 100 escritores, poetas, literatos, pintores, dramaturgos, filósofos e intelectuales ucranianos.

El nacionalismo ucraniano fue parte de la resistencia por la supervivencia de esa nación.

Hasta que desapareció la URSS en las cárceles soviéticas cumplían sentencias nacionalistas ucranianos, muchos de ellos poetas, escritores y publicistas. El escritor, redactor jefe de la revista “Dnepr”, Mikola Rudenko fue expulsado de la URSS en 1980, tras permanecer varios años en la cárcel, junto al escritor Oles Berdnik. El profesor de Filosofía e Historia Alexei Tiji falleció en prisión en 1984.

El idioma es un elemento de reafirmación nacional y a los ucranianos les duele cuando el primer ministro ofrece conferencias de prensa en ruso, y habla de los problemas de la lengua rusa en Ucrania, obviando las dificultades para la supervivencia del idioma ucraniano.

Ejemplos de coexistencia idiomática sobran: en Eslovaquia la lengua oficial es el eslovaco y el checo no tiene esa categoría, aunque por décadas formaron un solo país – Checoslovaquia. Lo mismo pasa con la Republica Checa, que hace del checo su único idioma oficial.

El historiador estadounidense Timothy D. Snyder, profesor de la Universidad de Harvard, especialista en Europa Central y Oriental, autor de la obra “Tierra sangrienta: Europa entre Hitler y Stalin”, afirma que Ucrania es una de las naciones que más pérdidas humanas sufrió en ese enfrentamiento y por las políticas de sovietización y colectivización.

Las naciones vecinas de Rusia, como Lituania, Polonia, Finlandia u Estonia prefieren vivir sin mucha influencia rusa, lo mismo política, económica que idiomática. Los ucranianos no son diferentes. Son ucranianos, no rusos pequeños.

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