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Los “perros” de Vargas Llosa ya tienen medio siglo


La silueta del escritor peruano Mario Vargas Llosa.

Ya circula en España una edición conmemorativa de la primera novela del escritor peruano

Los lectores del escritor peruano Mario Vargas Llosa saben reconocer, a leguas, el impactante comienzo de su primera novela, La ciudad y los perros. Un número, un juego de dados, una decisión, y a partir de ahí, las vidas de un grupo de cadetes de un colegio militar -el Leoncio Prado- trastocadas para siempre.

-Cuatro -repitió el Jaguar-. ¿Quién?

- Yo -murmuró Cava-. Dije cuatro.

- Apúrate -replico el Jaguar-. Ya sabes, el segundo de la izquierda.

La misión asignada al cadete (por los dados, que esta vez sí abolirán el azar) era copiar el contenido del Examen Bimestral de Química, una prueba de fuego ante el Jaguar, el jefe de la manada, el único de los “perros”, los jóvenes cadetes del Leoncio Prado que recién ingresaban, reacio a dejarse “bautizar” por los de cursos superiores.

Con La ciudad y los perros, libro que ganó el premio Biblioteca Breve de Seix-Barral, en 1962, el hoy premio Nobel de literatura peruano logró una radiografía inolvidable de su país, a través de las vivencias violentas de un grupo de muchachos recluidos en un colegio militar, mostrando todos los arquetipos adolescentes posibles: los “duros”, los retraídos, los ingeniosos, y desde luego, los pusilánimes, categoría en la que Vargas Llosa dibujó un personaje inolvidable: El Esclavo.

La empezó a escribir en 1958, en Madrid, adonde había salido con una beca y se había quedado como exiliado voluntario. “He tenido siempre la sensación de que había ciertas historias que tenía que escribir, que no había manera de evitarlas, porque esas historias, de algún modo oscuro para mí, estaban vinculadas a un tipo de experiencia central, fundamental”, le confesó Vargas Llosa al periodista brasileño Ricardo A. Setti, en 1988.

“Por ejemplo, mi periodo en el Colegio Militar Leoncio Prado, este internado de Lima donde yo estuve de niño durante dos años. Pues ahí me ocurrió algo que, más tarde, se convirtió en una verdadera obsesión, una especie de necesidad, de urgencia verdadera, de escribir sobre ella”. Vargas Llosa aclara que esa experiencia fue muy traumática, y “de alguna manera, significó el fin de mi infancia, el descubrimiento de la violencia, el descubrimiento también de mi país como algo distinto de lo que yo creí que era (…)”.

La ciudad y los perros (que primero Vargas Llosa tituló La morada del héroe) contó, desde su aparición, con un sinfín de ediciones, en diferentes lenguas. Casi sin darnos cuenta, uno de los libros más vitales y autobiográficos de Vargas Llosa ha cumplido 50 años, sin perder nada de su vigor. Por eso, las 22 academias de la Lengua Española han realizado una edición conmemorativa, que ya está a la venta en España, y que fue presentada por el propio Vargas Llosa, a un precio de $16,20 dólares.

Esta edición para coleccionistas (que viene a sumarse a las de Cien años de soledad, de García Márquez y La región más transparente, de Carlos Fuentes) fue revisada cuidadosamente por Vargas Llosa, quien no suele releer sus libros, y viene a paliar la “gran nostalgia” que el escritor siente por aquellos años en que la escribió.

Carlos Barral, el editor catalán que publicó la novela (y su mentor literario) evocó al autor de aquella época como “el nombre que encabezaba un manuscrito presentado al premio Biblioteca Breve y que había sido una de las mayores y más estimulantes sorpresas de mi carrera de editor”. Para Barral, un hombre que jugó un papel clave en el reconocimiento dado a los nuevos escritores latinoamericanos del Boom, “los temas de la violencia y de la honestidad y fidelidad de la adolescencia en el marco de aquella (…)” son el eje de La ciudad y los perros.

Personajes ricos en matices, desmitificadores del mito de la adolescencia como una edad dorada, muchos de ellos cambian su trayectoria, sin que intervenga en algunos casos la voluntad del autor, como le revelara Vargas Llosa a Setti, en 1988. Pone el ejemplo del teniente Gamboa y de El Poeta, este último una especie de álter ego del autor. Del teniente Gamboa, dice: “Este era un personaje que iba a representar justamente la forma más negativa de la institución militar, pero que, al final, trata de ser leal a los principios de esa institución. Esos principios pueden estar errados, pero él, desde el punto de vista moral, es un ser ético y coherente”.

Y del Poeta: “Creo que al final aparece como un personaje bastante débil, con comportamiento doble, que es incapaz de mantener una coherencia en su conducta; y eso tampoco estaba planeado para que ocurriera así”.

“Creo que la novela de Vargas Llosa La ciudad y los perros, cala como ninguna otra este sentido de la justicia en América Latina: esta radical ausencia de inocencia en la sociedad, esta imposibilidad de inocencia”, le dijo el escritor mexicano Carlos Fuentes al crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal. “Vargas Llosa ya no presenta a los héroes epónimos luchando contra el mal absoluto. El bien y el mal del catecismo del padre Ripalda con el que fuimos criados, se han convertido en el Bien y el Mal con B y M mayúsculas”, añadió Fuentes.

Con La ciudad y los perros Vargas Llosa le da redondez estilística y argumental a su obsesión por las historias adolescentes, que ya había comenzado en los relatos de Los jefes, escritos entre 1953 y 1957, cuando aún era estudiante, en Lima. El ritmo, el manejo de los diálogos, la técnica utilizada la hacen una novela muy influenciada por el cine, ese oficio del siglo XX del que tanto hablara Cabrera Infante. No por gusto fue materia dúctil para el cine, por su coterráneo Francisco J. Lombardi, según adaptación de José Watanabe, un poeta reconocido en Perú, en la que se considera una de las más fieles entre las no siempre felices recreaciones del mundo de Vargas Llosa al cine.

La escena de los cadetes recién ingresados -los “perros”- peleando a cuatro patas, mordiéndose y hasta lamiéndose, todavía sigue resultando impactante por su crudeza. Y es que en la versión de Lombardi se respira esa atmosfera asfixiante del libro, con el añadido de que en la película toman un rostro concreto personajes muy bien delineados, como El Jaguar (extraordinario el actor Juan Manuel Ochoa con un personaje que aún lo persigue), El Poeta, El Esclavo y el teniente Gamboa.

En la realidad, a Vargas Llosa también lo bautizaron: pocos se salvaban de aquella ceremonia violenta y patética. En el libro El cadete Vargas Llosa. La historia oculta tras la ciudad y los perros, el cronista peruano Sergio Vilela recoge los recuerdos del hoy premio Nobel. “Recuerdo que me hicieron hacer desde los ángulos rectos hasta nadar de espaldas la cancha de fútbol y pelear con otro cadete como perros”.

Era el Perú de 1950, gobernado por militares que prometían “orden, paz y progreso”. Un país que Vargas Llosa diseccionó tan bien por realidad interpuesta, ese que desde los recuerdos más oscuros le proporcionó la materia prima para la novela que ya tiene 50 años, por lo que ha merecido esta edición especial.

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