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El régimen cubano ha sustituido el derecho a la expresión colectiva del descontento por un sistema que usa el miedo, que reprime libertades, encarcela y convierte en mercenario a cualquiera que decida pensar por cabeza propia.

A Cuba le hace falta un mayor radicalismo político. A menudo se escucha que los cubanos están cansados de la política, porque en la Isla todo tiene que ver con ello. Incluso cuando hablas con cubanos “de afuera”, muchos son los que te dicen que no les interesa la porque ya tuvieron suficiente en la Isla. Efectivamente habría que preguntarse si los cubanos (dentro o fuera del país) pueden permitirse el lujo de desentenderse de los asuntos políticos cuando el país se ha convertido –por culpa de sus políticos- en un antro en el que solo pueden sobrevivir aquellos afortunados que reciben subsidios del exterior (y aquí habría que preguntarse si vivir subsidiado puede considerarse una fortuna) o que regentan negocios precarios (en cualquier variedad de ese patético cuentapropismo). El país se encuentra patas arriba por décadas sucesivas de bandazos fidelistas y es por eso que hacen falta políticos radicales que de alguna manera consigan agitar ese terreno abonado por la miseria y la desesperanza que presenta, como único horizonte futuro, un cenizo y eterno castrismo.

No creo que frente a una dictadura quepa otra postura que no sea una oposición radical contra los que pretenden que un país entero viva bajo las normas que instauran el miedo y la represión contra la diferencia. Se trata de una lectura positiva de la palabra radical, no tiene nada que ver con la radicalidad ideológica de los que confunden democracia con una única opción política, a derecha o izquierda. El pueblo cubano, como cualquier otro en este mundo, debe tener el derecho a elegir libremente una opción política, incluso a equivocarse en su elección y, ante todo, a la posibilidad de rectificar el camino si lo estima oportuno mediante elecciones libres. La democracia empieza por la defensa de la libertad y, a partir de ahí, la defendemos todos cada día de acuerdo con nuestros comportamientos y actitudes.

El régimen cubano ha sustituido el derecho a la expresión colectiva del descontento por un sistema que usa el miedo, que reprime libertades, encarcela y convierte en mercenario a cualquiera que decida pensar por cabeza propia. La institucionalización de la política puede haber sido también la manera para que los propios cubanos acabaran desmovilizándose, ya que no hay espacio que el totalitarismo deje libre para la manipulación. Pero muy a pesar de todo esto, todavía queda un nicho que el totalitarismo no puede robar y es el del descontento por aquellos que quieren una Cuba libre y democrática, un país en el que las alternativas de gobierno sean posibles y donde no existan partidos que se otorguen el poder de instalarse en la cima hasta la eternidad. Ese descontento que puede crecer y que nadie puede calcular hasta dónde sería capaz de llegar.

La arquitectura de las dictaduras, al contar con la represión como arma de combate contra la propia ciudadanía en sus fundamentos, blinda de forma estupenda los intereses de la elite. En cambio, en las democracias, el régimen de libertades que disfrutan las personas hace que, cuando las cosas van mal, cuando el engranaje de la economía no funciona y empiezan a darse situaciones de desamparo, sea más posible la generación de nuevos movimientos políticos que expulsen a los que desde el poder han gestionado los asuntos públicos de forma pésima. Lo vemos ahora en Europa con el caso de Grecia, aunque las elecciones las ha ganado un partido conocido por los griegos, si la situación económica y social sigue el proceso de deterioro actual, no solo estaría en peligro este nuevo gobierno, sino que también la clase política y el sistema seguirían perdiendo la confianza de los ciudadanos. Solo la mano dura, un golpe de Estado –algo que ya se temió en Grecia-, podría entonces ser el muro de contención para frenar disturbios sociales. En Cuba, a pesar de medio siglo de deterioro, el sistema tiene garantizada su permanencia precisamente porque sobre la población pesa esa mano dura que no está dispuesta a soltar el pescuezo del pueblo cubano.
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    Joan Antoni Guerrero Vall

    Joan Antoni Guerrero Vall (Reus, España, 1979) es periodista licenciado en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Ha trabajado y colaborado con agencias de noticias como Europa Press y ANA, con periódicos en lengua catalana como el AVUI, ARA, Diari d'Andorra o Diari de Tarragona, así como en el semanario El Temps, Nació Digital o la antigua COM Ràdio. Combina sus colaboraciones periodísticas con actividades de comunicación para instituciones educativas como la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) o también culturales. En 2009, tras varios viajes a Cuba, decidió crear un blog sobre la Isla. Bajo el título Punto Cuba, el autor pretende ofrecer una visión externa y desde la distancia sobre lo que sucede en la Isla, con especial interés sobre las dinámicas de oposición al gobierno cubano, tanto sobre el espacio físico como el digital, así como observar la lucha del pueblo cubano por la recuperación de sus derechos fundamentales. Colabora con Radio Martí desde 2010. Al mismo tiempo, forma parte del equipo que lanzó la versión en catalán de la plataforma de blogueros Global Voices, colectivo con el que obutvo el Premio Blogs Catalunya 2013 en la categoría de Nuevos Medios.

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