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Cárcel de Boniato (Primera parte)


La cárcel de Boniato en Santiago de Cuba

El autor regresa a la prisión cubana.

A David González Gross, amigo de la infancia, quien en Palma Soriano, nuestro pueblo, ha devenido en historiador y se ha prestado a empañar, para complacencia de quién sabe quiénes, la memoria de mi abuelo, en cuya casa, ya hombres, nos dimos el último apretón de manos.

Mariano Esteva Lora en los años treinta.
Mariano Esteva Lora en los años treinta.
Mi primer encuentro significativo con el verso tuvo lugar en la cárcel: tenía 11 años. El presidiario no era yo sino mi abuelo, Mariano Esteva Lora, quien después de conspirar contra el régimen de Fulgencio Batista, ser designado Coordinador Municipal del Movimiento 26 de Julio en Palma Soriano, exponerse a la persecución, los interrogatorios y las amenazas de la policía local, arriesgar la vida y buscar refugio en la Sierra Maestra, entre las guerrillas a las que había enviado armas y medicinas, regresó a su pueblo el 1 de enero de 1959 ostentando el grado de teniente médico del Ejercito Rebelde. Pero no regresó triunfante sino abismado ante el futuro que entreveía para Cuba y presto a sumarse a la lucha clandestina contra el nuevo régimen, cuyos móviles auguró más nefastos que los del régimen anterior.

Médico y miembro de una familia comprometida con el destino de su país –su padre, Salvador Esteva Milanés, había sido comandante del Ejército Nacional; su tío, Saturnino Lora, protagonista del Grito de Baire, el levantamiento que desencadenó la guerra instrumentada por José Martí--, se había iniciado en las actividades revolucionarias como miembro fundador de la organización secreta ABC, conspirando contra Gerardo Machado y actuando, luego, como delegado en la Asamblea Constituyente de 1940. Hombre fogueado en estos deberes había adivinado, durante su estancia en la Sierra, la verdadera calaña de quienes se aprestaban a tomar el poder tan pronto el gobierno de facto colapsara, y no tardó, en medio del júbilo mayoritario y la perplejidad de la familia, en incorporarse a las actividades subversivas.

Mariano Esteva Lora, su esposa Mercedes, su hija María Teresa y su nieto Orlando en 1980
Mariano Esteva Lora, su esposa Mercedes, su hija María Teresa y su nieto Orlando en 1980
En 1961 pasa mes y medio en prisión, pero no se arredra. Las detenciones y las excarcelaciones se suceden hasta que el 30 de enero de 1963 es arrestado e incluido en la Causa Número 327, acusado de atentar contra la integridad y la estabilidad de la nación. El fiscal pide una condena de treinta años; la sanción es de doce; cumplirá seis en la Cárcel de Boniato, donde su condición de prisionero político y su trayectoria no lo eximirán de sufrir castigos, vejaciones y calamidades. Para muestra, un botón: las yemas de los dedos de una mano mordisqueadas por los ratones después de sufrir un accidente vascular y ser desatendido por los oficiales penitenciarios a pesar del auxilio solicitado por sus compañeros de celda. Éste es el hombre a quien David González Gross tilda de “ultra conservador” y “derechista”, y cuya decisión, como alcalde electo de Palma Soriano, de remozar el monumento y los alrededores del Parque Martí durante la “seudorepública”, se le antoja inusitada.

Mis visitas a la cárcel en compañía de las mujeres de la casa fueron tantas que hoy, cuarenta y siete años después de la última, podría hacer solo el recorrido entre la parada de autobuses y automóviles de alquiler, rodeada de árboles, y el enorme patio desnudo y caluroso donde, entre una multitud de reclusos, aparecía mi abuelo. La regularidad de las visitas era tan variable como el humor de los carceleros: tan pronto se concedían dos visitas al mes como una cada dos meses. A pesar de mi edad y, por consecuencia, de mi escasa fuerza, mi compañía era indispensable a la hora de transportar las grandes jabas o bolsas de guano tejido, llenas de frutas naturales y en conserva, queso blanco y otras vituallas destinadas al preso.

El viaje de Palma Soriano a Santiago de Cuba, y de Santiago a la cárcel tenía algo de hazaña. Era imposible que mi abuela pudiera abrirse paso, sola, entre la multitud que abandonaba y abordaba los autobuses de manera vertiginosa, y mucho menos que lo hiciera ayudándome a cargar un bulto tan pesado. Más de una vez, abrazado a él, me escurrí entre los pasajeros que rivalizaban por ganar asientos y logré hacerme de un par, pero ella, desfallecida, apabullada por el tumulto, temerosa de sufrir una caída al subir al vehículo, me pedía que renunciara a toda conquista y volviera a la calle, donde a duras penas se sostenía en pie.

La primera escala en el trayecto al lugar donde irrumpían los presos era un largo corredor de tela metálica con bancos de madera y, al final, un pequeño mostrador donde dos o tres guardias se cercioraban de que las bolsas repletas de comestibles no burlaran las restricciones. Esos comestibles, frágiles en su mayoría, habían sido cuidadosamente dispuestos en el interior de las bolsas para que el preso supiera con cuánto amor se le recordaba. La diligencia era inútil: los guardias metían las manos dentro de ellas revolviendo el contenido, volcándolo sobre el mostrador y, cuchillo en mano, descuartizándolo para luego, a puñados, devolverlo a la bolsa, rebajando el humilde cuerno de la abundancia, acarreado desde tan lejos y tan rebosante de mimos, a un pegajoso tacho de basura.

Entre aquellos guardias sólo recuerdo uno: alto, escuálido, palidísimo; incapaz de sonreír y hasta de condescender a mascullar algo; envainado en su uniforme verde olivo como la presa aún viva dentro de la serpiente que la deglute; la cabeza menuda y las mandíbulas apretadas. Y su fastidio mal disimulado ante la afabilidad de la madre o la esposa que, ingenua, pretendiendo inspirarle simpatía para que no le decomisara alguna golosina, procuraba el diálogo. Hoy me pregunto si aquella ira sorda no respondería, más que al desprecio por nosotros, al desprecio por sí mismo.

A la derecha del mostrador, justo delante de él, se abría una puerta para que los visitantes cuyas bolsas habían sido examinadas accedieran a una calle algo empinada y demasiado larga para quienes las transportábamos (mi madre, mi abuela o una tía se aferraban a un asa, yo a la otra, y así avanzábamos, a trompicones, a merced de la saña de otro verdugo: el sol del mediodía). La calle desembocaba en el edificio donde todos, mujeres y hombres (las niñas con las primeras, los niños con los últimos), nos desnudábamos ante algunos gendarmes, de ambos sexos también, que palpaban y sacudían las ropas que les extendíamos o dejábamos caer al suelo, según sus órdenes, y daban vueltas a nuestro alrededor escudriñándonos, conscientes de que no hay escondrijo mejor que el cuerpo.

Lo que se les escapaba era que la transgresión se producía a la inversa, que lo clandestino no estaba en lo que se traía a la cárcel sino en lo que salía de ella, plegado y oculto en las asas de las bolsas que, una vez vacías y devueltas a los familiares, regresaban a casa, y que tenía forma de verso.
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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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