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Crónica de un olimpismo anunciado


El atleta cubano Alberto Juantorena (izda), y su rival, el keniata Michael Boit, tras la prueba de 800 metros de atletismo en Zurich, 24-8-1977.
Volcado sorpresivamente hacia las “nanoreflexiones” -- un párrafo o dos le sirven tanto para derramar loas como para disparar filípicas --, Fidel Castro sentenció el futuro inmediato de Alberto Juantorena: “Crece con fuerza su nombre como ejemplo de la gloria deportiva cubana. Su edad y su salud lo presentan como prototipo ideal para presidir el Comité Olímpico Cubano”.

Y añadió el expresidente, como colofón: “¡Tales predicciones parecen correctas!”

1976: en Montreal, Canadá, sede de la XXI Olimpiada, Juantorena logra un doble triunfo inédito en la historia del atletismo, en 400 y 800 metros planos. Había aunado magistralmente las cualidades de un velocista y de un corredor de semifondo.

Y mientras el “Jabao” de elegante tranco, el basquetbolista frustrado alcanzaba la gloria con sus extremidades portentosas, un joven narrador, Héctor Rodríguez, casi destruía sus cuerdas vocales describiendo como “!… ahí viene Juantorena con el corazón, Juantorena con el corazón!”. Héctor no perdió entonces la voz –penosamente, parece que ahora sí, y él mismo admitió una grave enfermedad mediante un comentario en la prensa escrita habanera—y al caer en gracia en las altas instancias del poder, ganó entonces un auto Peugeot argentino.

Varios carros después –en Cuba los elegidos reciben autos, casas o computadoras, y al cabo de los años les renuevan los regalos, porque aquellos de la primera entrega ya han envejecido; a los demás mortales nunca les llega nada—Héctor parece condenado a la jubilación, pero Juantorena ve los cielos abiertos.

En un inusual acto de relevo generacional según los cánones de la Isla, el elegante de las pistas será nombrado en breve -- ¿alguien lo duda?-- para ocupar el trono del olimpismo criollo en remplazo de José Ramón “El Gallego” Fernández. El octogenario parece incapaz a estas alturas de acomodar su anatomía en los apretujados asientos de Cubana de Aviación y de soportar el paso de las horas durante los vuelos trasatlánticos.

A 42 días de los Juegos que ya tiene listos el Reino Unido --Londres encenderá la llama del pebetero de 2012 el 27 de julio—Cuba tendrá que arropar a unos atletas que luchan cada día contra sus carencias y que competirán solo en pruebas individuales, porque ningún equipo suyo clasificó para la Olimpiada.

Tal vez ya para entonces, en el puesto de mando de la delegación atlética cubana, un mestizo santiaguero de buenos modales habrá sustituido al exmilitar de ascendencia ibérica, pintiparados tanto el uno como el otro para exhibirse ante la flema británica.

Y solo un esfuerzo sobrehumano de nuestros humildes deportistas –boxeadores, judocas o competidores del campo y la pista, pongamos por caso—impedirá que, en medio de la actual crisis, el olimpismo cubano se hunda irremediablemente en Londres, como Titanic del siglo XXI. Aunque el capitán Juantorena sea el último en abandonar la nave.
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