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Ella cantaba boleros


abeja

El autor rememora un paseo en taxi en compañía de un animal no humano

Una visita reciente a la Ciudad de México me instaló en un taxi cuyo chófer se deleitaba escuchando grabaciones de un excelente trío de voces y guitarras. Di las gracias por la audición: va resultando difícil converger con este tipo de música en una ciudad que alguna vez la tuvo entre sus atractivos más propios y memorables. Me acomodé en el asiento trasero del automóvil, dejé caer la cabeza sobre el espaldar, entrecerré los ojos y me dispuse a darme la ilusión de que la metrópoli que recorría era la misma que visité, tantas veces, en las décadas finales del siglo pasado.
Pasarán más de mil años, muchos más,
yo no sé si tenga amor la eternidad,
pero allá, tal como aquí,
en la boca llevarás
sabor a mí.
El deleite se incrementaba gracias al reencuentro con una canción de Álvaro Carrillo que, sin saberlo, remite a un título de Emilio Ballagas: “Sabor eterno”. Octavio Paz lo invocó para ilustrar la extrema voluptuosidad del pueblo cubano, capaz de inferir un gusto en la abstracción más desmesurada: la ausencia de tiempo o el resumen de todas las porciones imaginables de éste.

Ballagas:
Canción que llega volando
y que volando se irá,
para llegar a otro labio
que a cantarla volverá.

Siempre distinta y la misma:
sin querer estar callada
en el aire, ni quedar
presa en el labio. Canción

que trae el sabor que tuvo
otra boca en que latió,
y se lleva sabor mío…
¡Eterna y nueva canción!

No importa que el propio taxi, absorto en la música y deferente, más que abrirse paso a tirones entre el enjambre de vehículos que nos rodeaba, se deslizara. Un sonido ajeno al del trío frustró el encantamiento: una abeja, que había ocupado el coche antes que yo, pugnaba por abrirse paso a través del cristal que se extendía a pocas pulgadas de mi nuca y al no conseguirlo orbitaba, ansiosa, en torno a mi cabeza, convirtiendo el zumbido en halo, la luz en música, adjudicándome una santidad que estoy lejos de merecer.

No pude reprimir la alarma e hice partícipe de ella al conductor, pero éste, sin inmutarse, embelesado con aquella música que nos salvaba a ambos del abusivo fragor urbano, se limitó a aconsejarme que bajara la ventanilla de la puerta más cercana y permaneciera tranquilo, vaticinando que la abeja no demoraría en encontrar forma de ganar la intemperie.

No la encontró, pero tampoco yo tardé en darme cuenta del malentendido: el interés del insecto no era abandonar el taxi sino permanecer en él y, más que continuar disfrutando de las grabaciones que los tres escuchábamos, unir el sonido que producían sus alas al sonido del grupo, añadir a las tres guitarras una guitarra, a las tres voces una voz: hacer, del trío, cuarteto. Que la música de la abeja no proceda de su garganta sino del batir de dos apéndices exteriores no debe impedir reconocer en ella un canto. Bienaventurados aquéllos en quienes la facultad de cantar supone la de volar.

La abeja no desafinaba, al contrario, parecía adaptar su sonoridad al requerimiento de cada interpretación, desplazándose sin dificultad de los tonos más graves a los más agudos, enriqueciendo las grabaciones con una resonancia que, además de acoplarse a la perfección con la que provenía de los instrumentos humanos, imprimía a nuestro recorrido un aire de excursión campestre. A veces se la oía imitar un bordón; otras, un falsete; otras, improvisar una línea melódica en perfecto ajuste con las que entretejía el trío pero más compleja. Pensé en Maeterlink:

Allí íbase a oír el alma, dichosa y visible, la voz inteligente y musical, el foco de alegría de las horas hermosas del jardín. Allí iban a aprenderse, en la escuela de las abejas, las preocupaciones de la naturaleza omnipotente, las luminosas relaciones de los tres reinos, la organización inagotable de la vida…

Tuve que hacer un esfuerzo al llegar ante el hogar de los amigos que me habían invitado a almorzar para no pedir al taxista que aguardara, tocarles a la puerta y sugerirles que, lejos de sentarnos a la mesa, subieran al taxi y prolongáramos el paseo armados de maracas y claves, instrumentos idóneos para la ejecución del repertorio que la abeja no cesaba de zumbar. Juntos haríamos colmena.
Abeja blanca zumbas –ebria de miel— en mi alma.*

* Pablo Neruda

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