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123 años no son nada, sobre todo si se conoció a Chaplin a través de un genial imitador de voces cubano.

El pasado 16 de abril el mundo conmemoró el aniversario 123 de Charles Chaplin, el actor, compositor, productor, director y guionista británico que revolucionó, casi solo, la cinematografía mundial. Antes de que Chaplin fuera Chaplin en largometrajes como Luces de la ciudad, La Quimera del oro y El Gran Dictador, primero fue Charlot, el menudo y entrañable vagabundo que fue perfilando su personalidad, y sus rasgos físicos, en trabajos para la Keystone Comedy Film (donde gracias a su gracia, a sus gracias lo contrataron por la fabulosa suma de 150 dólares por semana), la Mutual Film Corporation y la First National.

Pero fue en la Mutual donde probablemente hizo sus mejores cortos, entre mayo de 1916 y octubre de 1917. Concebidos como una serie, los cortos para la Mutual le dieron a Chaplin la popularidad y el respaldo económico necesarios para alzar vuelo y emprender proyectos más ambiciosos en su carrera.

Chaplin siempre estuvo agradecido de esa compañía, y en su autobiografía llegó a decir: “Cumplir el contrato con la Mutual, yo creo que fue el período mas feliz de mi carrera”.

Quien aspire a comprender mejor el universo fílmico de Chaplin, y las angustias existenciales de su Charlot, debe sumergirse en estos cortos, restaurados en 1984 por David Shepard y rescatados en buena medida por la televisión.

Los niños cubanos de la escasez (de malanga, de compota, de carne, de zapatos, de todo menos, ¡ay!, de consignas patrioteras como aquella de: “Pioneros por el comunismo, ¡seremos como el Che!”), conocimos muchos de estos cortos de la peor, o tal vez de la mejor manera posible. Esto es, a través de un programa que se transmitió por muchos años en Cuba -los domingos en la mañana- y que se llamaba La Comedia silente.

Armando Calderón, el hombre de las mil voces.
Armando Calderón, el hombre de las mil voces.
En La Comedia Silente, el imitador de voces y showman, Armando Calderón -el hombre de las “mil voces”- le ponía voz, trama y picante, mucho picante, a las historias mudas de muchos de los cortos realizados por Chaplin para la Mutual. Los sacaba de contexto, los “macheteaba” en su edición anárquica y los presentaba a retazos. Aunque los relatos de Calderón no tuvieran nada -o muy poco- que ver con las historias concebidas por Chaplin, nosotros los disfrutábamos a morir, sobre todo con las descripciones que hacía de las violentas peleas callejeras de Charlot como policía contra los delincuentes, en Calle de la Paz.

El argumento de Calle de la paz es aparentemente muy simple, como el de todas las historias de Chaplin. El vagabundo, al borde de la desesperación y el hambre (como siempre), ve el anuncio de la Policía, que busca un efectivo para incorporarlo al Cuerpo. Y es entonces cuando el cuerpo de Charlot -magro de carnes y frágil hasta casi la indefensión- es asignado (adivinaron ustedes) a hacer sus rondas policiales en la Calle de la Paz, un espacio violento dominado por un grandulón que aparece en varios cortos de Chaplin, y que muchos años después supe que se llamaba Eric Campbell. Pero en La Comedia Silente, Calderón le dio un nombre mucho más perdurable en mi memoria: “Matasiete”, un apodo que no podía venirle mejor a este malencarado, que derribaba enemigos a puñetazos, de a dos, o de a tres como si estuviera matando moscas.

Calle de la Paz fue el noveno de los cortos hechos por Chaplin para la Mutual y se estrenó el 2 de octubre de 1916. Es probablemente el más popular de todos los cortos de ese período, y también uno de los más controvertidos. Detrás de una aparente comicidad (como en todo Chaplin) en este filme se muestran escenas muy crudas de hambre, marginalidad y violencia urbana. Inclusive no falta un personaje inyectándose con una jeringuilla, algo muy poco usual (por no decir impensable) en el cine mudo de la época.

Muy recordados en esta serie también son: El emigrante, con vanguardistas movimientos de cámara para simular el bamboleo del barco en donde llegan los viajeros tras el sueño americano. El aventurero, con un Charlot metido en la piel de un personaje contra la ley: un presidiario simpático que se evade después de salvar a una dama de ser ahogada, y logra camuflarse por un rato en una fiesta de la alta sociedad.

También pertenece a este período El balneario, quizá uno de los de menos comicidad, pero con un trasfondo muy actual, en esa época y ahora: el tema del alcoholismo. Aquí vuelve otra vez una de las heroínas preferidas de Chaplin, Edna Purviance, a redimirlo del trago a través del amor. Lo curioso es que al final de El balneario, Chaplin (con un golpe de anticipación asombroso) introduce una escena de un pozo repleto de alcohol en el que por supuesto, tropieza y cae. ¿Hay que recordar que todavía no estaban de moda los baños de ciertas celebridades en piscinas llenas de champagne?

El balneario -con su pozo oscuro de bebida- no sólo fue el bache en el que cayó Chaplin en la última escena. También fue el pulgar abajo para el inolvidable Armando Calderón, que también tenía sus problemas con el alcohol: el hombre que nos alegró un poco la niñez en Cuba. Era vox populi que Calderón, quien transmitía en vivo su Comedia Silente, lo hacía con algunos tragos arriba, para inspirarse. Y fue en uno de aquellas salvajes puñetizas (“Matasiete” derribando a golpes al prójimo) callejeras de la Calle de la Paz, cuando Calderón, al borde del éxtasis, pronunció la frase que acabó de un plumazo con su presencia en la televisión, y ¡ay! con la transmisión de la Comedia Silente. “¡Esto está de p…., queridos amiguitos!”, fue la humorada que nunca pronunció “Matasiete”.

La Comedia Silente (que en voz de Calderón siempre era la “comedia bulliciosa”) se hizo de veras, silente, y nosotros nos quedamos, por un largo tiempo, sin Charlot hecho mierda por la creatividad de ese viejo tan chispeante, tan cubano. Charlot, tramoyista de cine; Charlot, emigrante; Charlot, policía, Charlot, prestamista; Charlot, presidiario; Charlot, bombero; Charlot, músico ambulante… un sinfín de personajes que conformaron las múltiples caras de Charles Spencer Chaplin, el pequeño judío nacido en una familia de actores en Londres, el 16 de abril de 1889, y que debutó en el teatro burlándose de una equivocación de su madre. Que Dios lo tenga en la gloria. Y a Armando Calderón, también.

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