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El autor evoca sus paseos por Miami Beach y las diversas criaturas que se reúnen allí.

Entre medusas iridiscentes que los niños, después de admirar, hincan en la arena con la punta de un palo o alzan con júbilo, míseros trofeos de batallas que jamás libraron;

entre ancianos barrigones, con melena a lo Whitman, que desean a todo el que pasa la felicidad de tener una botella de vino, buena cama y alguien con quien hacer el amor a la hora de la muerte;

entre restos de peces cuyos ojos quedaron bailando en las pro­fundidades del océano o agolpándose e intercam­biando miradas en el buche de algún ave marina;

entre jóvenes europeas que toman el sol con los senos descubiertos y la carne de los pezones tirante y abrasada;

entre adolescentes negros que se despojan de la ropa y, crispados de insinuaciones, se tumban cerca de ellas;

entre adolescentes negras que a la salida del sol caen de rodillas ante él y en silencio, semidesnudas, alzan los brazos en señal de adoración;

entre cuadripléjicos a quienes sus madres traen a ver el mar en sillas de ruedas atestadas de almohadones y trapos de colores;

entre amantes vagabundos que después de intercambiar golpes e improperios comparten, con igual pasión, tragos de alcohol y besos;

entre orates que se desarman bailando al son de una música que sólo ellos oyen;
entre conchas encarnadas, piedras pulidas, pelícanos solitarios, cadáveres de papalotes, avíos de pesca, sombrillas multicolores, manchas de petróleo, esponjas, perros, barcos distantes, globos aerostáticos, tardes de maravilla y lunas llenas,
encontré estos versos y, diciéndolos, los oí acoplarse por primera vez.
1
El hombre que mira el mar,
y lo mira largamente,
salta el dique de su frente
y se oye, azul, respirar.

2
Nadie sabe por qué oscuro
mecanismo las gaviotas
se condensan como gotas
de tiempo en estado puro.

Yo me reúno con ellas
a la orilla de la mar
y veo al tiempo gotear
todo borrado de huellas.

3
Una gota de sudor
demasiado cristalina
para ser real me alucina.
Ha viajado alrededor

de tu oreja, de tu cuello,
de la sombra de tu axila,
y es como si mi pupila
rodara de tu cabello

a tu ombligo. No desmaya:
sorbe todo tu color
y se irisa en la mejor
esponja que arde en la playa.

Me la llevo con la punta
de la lengua al paladar
y me bebo todo el mar
que entre tus piernas se junta.

4
El cielo, como una gota
de tinta bien desleída,
gotea sobre mi vida
y sin querer la engaviota.

Ese caer y caer
en mí apenas, en mí a diario,
ha transformado en acuario
la oscuridad de mi ser.

5
Una corona de flores
yace a la orilla del mar:
la Muerte puede nadar
desde las Islas Azores.

Nadie en torno. Me pregunto
si me la debo llevar
a casa o abandonar.
¿No seré yo su difunto?
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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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