Las medidas de La Habana no son Perestroika (I)

El 9 de julio de 1988, la gente se reúne en la plaza Pushkin de Moscú donde activistas del "Frente Popular para la Perestroika" piden acelerar las reformas. VITALY ARMAND / AFP

En abril de 1985, Mijaíl Gorbachov asumió el liderazgo de una Unión Soviética que, pese a su imagen de superpotencia, atravesaba una crisis económica profunda y silenciosa.

En abril de 1985, durante un pleno del Comité Central del Partido Comunista de la URSS (PCUS), el recién electo secretario general Mijaíl S. Gorbachev, esbozó un plan de reformas que en ese momento denominó como “aceleración” (uskorenyie).

Aunque la URSS se presentaba como una de las dos superpotencias del planeta la realidad era que la economía soviética se encontraba en un proceso de deterioro silencioso.

Las fábricas cumplían los planes de producción, pero con frecuencia fabricaban bienes que nadie deseaba por su pésima calidad. Para el cubano eran los productos "bolos". Los estantes de las tiendas permanecían vacíos. La innovación tecnológica avanzaba con lentitud en comparación con Occidente, y el sistema de planificación centralizada que había impulsado la industrialización soviética décadas atrás daba señales evidentes de agotamiento.

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A diferencia de la URSS, en la isla la crisis no es silenciosa, sino bulliciosa, todos la ven y la inmensa mayoría la sufre. No se cumplen los planes de producción, las vidrieras siguen vacías, lo mismo en centros comerciales que en farmacias. La planificación socialista cubana se ha convertido en una narrativa ficticia.

En la Unión Soviética, en menos de 3 años habían fallecido tres secretarios generales: Leonid I. Brezhnev, en 1982; Yuri V. Andropov, en 1984; y Konstantin U. Chernenko, en 1985.

La cúpula comunista decidió elegir a un joven Gorbachov en marzo de ese año y este entendía que el país enfrentaba una crisis profunda.

Su respuesta fue la Perestroika, palabra rusa que significa “reestructuración”. Lo que comenzó como un intento de revitalizar el socialismo terminaría convirtiéndose en uno de los programas de reforma económica más ambiciosos del siglo XX y, al mismo tiempo, en uno de los más controvertidos.

Por décadas, la dirigencia soviética había ocultado la verdadera magnitud de los problemas económicos del país, algo similar a lo que ha sucedido en la isla, donde los reportes económicos son en porcentajes comparados al año anterior. Las cifras reales no son publicadas. Tanto en la URSS como en Cuba, las estadísticas oficiales mostraban avances y crecimiento, la realidad cotidiana era muy distinta.

La economía planificada soviética había sido diseñada para producir acero, armamento y maquinaria pesada.

Había demostrado ser eficaz para la industrialización acelerada y para sostener el esfuerzo militar del Estado, pero era mucho menos eficiente a la hora de satisfacer las necesidades de los consumidores o adaptarse a los cambios tecnológicos.

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Desde Moscú, los burócratas tomaban decisiones para miles de fábricas distribuidas a lo largo de once husos horarios, muchas veces sin conocer las condiciones locales ni las demandas reales de la población.

En La Habana se decidía la cantidad de calzoncillos o blúmeres se necesitaban para los hombres y mujeres de Holguín, o los tubos de pasta a enviar a Pinar; o lo que debía pesar la flauta de pan y a qué edad (siete años) debía de dejar de tomar un vaso de leche un infante.

Gorbachov llegó a la conclusión de que el sistema no podía continuar funcionando de la misma manera. Sin embargo, a diferencia de otros reformadores posteriores en Europa Oriental, no pretendía abandonar el socialismo. Su objetivo era modernizarlo.

La primera fase de las reformas recibió el nombre de Uskoreniye o “Aceleración”. Su propósito era incrementar la productividad mediante inversiones tecnológicas, una mejor gestión administrativa y una mayor disciplina laboral.

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Una de las iniciativas más visibles fue la campaña contra el alcoholismo. Moscú esperaba que la reducción del consumo de bebidas alcohólicas disminuyera el ausentismo laboral y mejorara el rendimiento de los trabajadores.

El consumo de alcohol descendió temporalmente, la medida provocó una fuerte caída en los ingresos del Estado, que dependía considerablemente de los impuestos sobre la venta de bebidas alcohólicas.

Los resultados fueron decepcionantes. La economía no mostró señales significativas de recuperación y pronto quedó claro que se necesitaban reformas mucho más profundas.

Manifestación en Leópolis, en el oeste de Ucrania, con retratos del entonces líder soviético Mijaíl Gorbachov y una pancarta que decía «Apoyamos la Perestroika», 1988.

En 1987, Gorbachov impulsó una de las reformas más importantes de la Perestroika: la Ley de la Empresa Estatal. Como en Cuba, las fábricas soviéticas habían operado bajo estrictas órdenes emitidas por el GOSPLAN, el original de la JUCEPLAN. Los directores de empresas tenían muy poca capacidad de decisión y escasos incentivos para mejorar la eficiencia. La nueva legislación otorgó mayor autonomía a las empresas. Los directores pudieron tomar decisiones sobre la producción, negociar contratos y conservar una parte de sus ganancias. La intención era crear incentivos que estimularan la innovación y la productividad. Los resultados fueron ambiguos. Aunque las empresas obtuvieron nuevas facultades, continuaron sometidas a numerosos controles burocráticos.

La economía soviética ya no era completamente planificada, pero tampoco se había convertido en una economía de mercado.

La reforma más revolucionaria llegó en 1988 con la legalización de las cooperativas, lo que podríamos ver en Cuba con las mypimes. Por primera vez desde la década de 1920, los ciudadanos soviéticos pudieron establecer y administrar negocios en sectores como el comercio minorista, la manufactura, la restauración y los servicios. Miles de emprendedores aprovecharon oportunidades que apenas unos años antes habrían parecido imposibles. En las principales ciudades comenzaron a surgir pequeños cafés, talleres de reparación y negocios privados dedicados a la producción y venta de bienes de consumo.

Para muchos soviéticos, las cooperativas representaban una oportunidad para mejorar su nivel de vida y experimentar una mayor libertad económica. Para otros, simbolizaban una peligrosa desviación de los principios socialistas. En cualquier caso, la medida marcó una ruptura histórica con más de medio siglo de control estatal absoluto. Al igual que en la isla, las primeras cooperativas estaban vinculadas a personajes que tenían fuertes vínculos con los organismos locales, de cada república soviética.

Otra transformación significativa fue la decisión de permitir la inversión extranjera. La Ley de Empresas Mixtas de 1987 autorizó a compañías occidentales a asociarse con empresas soviéticas. Corporaciones que durante décadas habían sido consideradas símbolos del capitalismo pasaron a ser socios económicos aceptables. Las inversiones extranjeras aportaron capital, tecnología y nuevas prácticas de gestión. La Unión Soviética iniciaba así un proceso de integración gradual en la economía global, algo impensable pocos años antes.

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El fracaso de las reformas soviéticas

A pesar de su audacia, las reformas económicas de la Perestroika enfrentaron un problema fundamental: fueron incompletas. Gorbachov intentó combinar mecanismos de mercado con la estructura de una economía planificada, con una legislación socialista, con funcionarios de mentalidad soviética, más preocupados por el beneficio particular que por la ideología o el bien común. En lugar de sustituir el viejo sistema por uno nuevo, trató de reformarlo gradualmente. El resultado fue una creciente confusión económica.

Los mecanismos de planificación central comenzaron a perder eficacia, mientras que las instituciones necesarias para una economía de mercado aún no existían. Las empresas obtenían mayor autonomía, pero los precios seguían siendo controlados por el Estado. Los negocios privados crecían, pero debían operar en un entorno regulatorio incierto y cambiante. La escasez de productos se agravó, aumentaron las presiones inflacionarias y la frustración de la población se hizo cada vez más evidente. A finales de la década, las largas filas para adquirir productos básicos se habían convertido en una imagen cotidiana en todo el país.

En Moscú el 23 de febrero de 1989 un activista muestra un cartel que dice "Korotich, eso es la glasnost y la democracia". Korotich se postula para un escaño en el renovado Parlamento soviético. VITALY ARMAND / AFP

Las reformas económicas de la Perestroika no lograron su objetivo principal: revitalizar la economía soviética y preservar el sistema socialista. Por el contrario, aceleraron una serie de transformaciones que terminaron modificando profundamente la estructura política y económica del país. Aquellas reformas debilitaron la economía planificada, impulsaron el surgimiento de nuevos actores económicos, fomentaron el debate político público y pusieron de manifiesto las limitaciones y deficiencias del sistema centralizado.

Combinadas con la apertura política (tema para la segunda parte) de la Glásnost y el auge de los movimientos nacionalistas en las repúblicas soviéticas, contribuyeron al colapso de la Unión Soviética en diciembre de 1991. Al intentar salvar el sistema soviético, con las propias leyes, regulaciones y constitución soviética, la Perestroika terminó contribuyendo a su desaparición.