La "invasión" de Obama a Cuba

Una familia cubana ve la transmisión por TV del discurso del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, durante un foro con empresarios estadounidenses y cuentapropistas y emprendedores (21 de marzo, 2016).

Los cubanos que, como yo, nacimos dentro de la Revolución y crecimos esperando la anunciada invasión de americanos rubios, fuertes, vestidos de camuflaje con fusil en mano; quedamos azorados.

No me gusta disertar sobre temas ya escritos, es como despachurrar lo dicho. Pero esta vez lo incumplo porque un crítico lector, que me acusa de espía castrista en tono beligerante, me preguntó la opinión sobre el discurso del presidente Barack Obama en el Gran Teatro de La Habana.

Intentaré ser imparcial. El tiempo es el mejor juez, y el más sabio. Para mí, la visita fue un acontecimiento histórico. Aún no había aterrizado el Air Force One en La Habana y ya el tema era trending en todas las redes sociales.

Un discurso sobresaliente; directo, claro e inspirador. Nos cautivó al decir:

"No puedo obligarles a estar de acuerdo conmigo, pero ustedes deben saber lo que pienso. Creo que cada persona debe ser igual ante la ley. Todos los niños merecen la dignidad que viene con la educación y la atención a la salud, y comida en la mesa y un techo sobre sus cabezas. Creo que los ciudadanos deben tener la libertad de decir lo que piensan sin miedo de organizarse y criticar a su Gobierno, y de protestar pacíficamente; y que el Estado de Derecho no debe incluir detenciones arbitrarias de las personas que ejercen esos derechos. Creo que cada persona debe tener la libertad de practicar su religión en paz y públicamente. Y, sí, creo que los electores deben poder elegir a sus gobiernos en elecciones libres y democráticas".

Luego, supo edulcorar el sentimiento con clásicos e indiscutibles resortes de cubanía, como ropa vieja, Celia Cruz, el exilio y la Virgen de la Caridad del Cobre.

Los cubanos que, como yo, nacimos dentro de la Revolución y crecimos esperando la anunciada invasión de americanos rubios, fuertes, vestidos de camuflaje con fusil en mano; quedamos azorados. No sé si es la palabra correcta. Con este flaquito, en exceso carismático, que destruyó en un minuto la imagen que nos fabricaron, inculcaron y exportaron por años, al comenzar su intervención recitando el primer verso de uno de los poemas más famosos y bello de José Martí, "Cultivo una rosa blanca".

Sin dudas, sedujo. Barack Obama ganó con su visita a La Habana pero, querramos o no, Raúl Castro también, porque a pocos días de celebrarse el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba, el 16 de abril, y a meses de su muy anunciado retiro, febrero de 2018, se anota la enorme victoria política de acoger al presidente de Estados Unidos sin ofrecer la menor concesión.

Entiendo que el exceso de pasión empaña la visión. Hemos inventado un oasis donde sólo hay desierto y eso se llama espejismo.

En ningún momento vi a Raúl Castro incómodo, como aseguran algunos compatriotas.

Creo que la arrogante reacción que tuvo ante la pregunta obligada (y esperada) sobre los presos políticos, fue una muy pobre actuación del mandatario cubano para ganar algo de tiempo porque a estas alturas del campeonato hasta un par de segundos le sirven. Y como remate de cinismo, el bocadillo de "me dan la lista y los suelto", dejó bien claro que "en la finca, él tiene el control".

La verdad, más que un dictador descontrolado por una incómoda pregunta, vi a un payaso octogenario con problemas de audición. En el teatro igual, si cumplen las reglas del protocolo, el mandatario anfitrión conoce de antemano el discurso del visitante.

Un buen amigo asegura que sus fuentes en Cuba le han dicho que el ex Comandante en Jefe anda molesto con Raúl por la visita de Obama. De verdad, no lo creo. Si el exomnipresente se está quejando debe ser porque no le han cambiado los pampers. Ese fue su escenario soñado, más cuando un desafortunado suceso vistió de luto a Europa.

Reconocido por su incomparable habilidad para navegar, sin decoro, en las crisis, Fidel Castro habría manejado a su favor los atentados en Bruselas y, en solidaridad con las víctimas belgas, habría decretado tres días de duelo para atrapar la atención, deslucir la reunión de Obama con miembros de la disidencia, suspender el juego de pelota ante una posible derrota y robarse el show. Y de este modo restar relevancia a la visita del Presidente norteamericano a "su isla".

En política, todo es una producción. Como lo fue el anticuado concierto de los Rolling Stone.