Diarios chinos en la Cuba Republicana. Autor: Comunidad china habanera.

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Sumario

  • En una isla donde la comunidad china había contribuido a la economía, a la guerra, al comercio y al mestizaje cultural, la prensa en idioma chino funcionaba como una brújula.

Hubo una Habana que olía a tinta fresca, a café recalentado, a tabaco húmedo y a sopa de jengibre en los portales del Barrio Chino. Una Habana republicana, nerviosa y teatral, donde los pregones se mezclaban con el tranvía, las discusiones políticas, los boleros de victrola y las lenguas que habían cruzado mares. En esa ciudad, antes de 1959, no solo se imprimían los grandes periódicos en español que disputaban la opinión pública nacional; también respiraban, con una discreción tenaz, periódicos escritos en chino, hechos para una comunidad que había llegado a Cuba con la marca del trabajo duro, la nostalgia y la supervivencia.


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Diarios chinos en la Cuba Republicana. Autor: Comunidad china habanera

Esos diarios eran más que hojas informativas. Eran hogares portátiles. Quien los abría encontraba noticias de ultramar, avisos de asociaciones, debates políticos, memorias familiares, anuncios comerciales, rituales de pertenencia. En una isla donde la comunidad china había contribuido a la economía, a la guerra, al comercio y al mestizaje cultural, la prensa en idioma chino funcionaba como una brújula: señalaba dónde estaba China, dónde estaba Cuba y dónde quedaba, en medio de ambas, el corazón dividido del emigrante.

La historia de la prensa china en Cuba no puede separarse del antiguo esplendor del Barrio Chino habanero, uno de los más activos de Hispanoamérica durante buena parte del siglo XX. Sus sociedades, logias, comercios, restaurantes, farmacias, teatros y casas de juego formaban un entramado social que sostenía la vida cotidiana de miles de inmigrantes y descendientes. Allí, entre letreros verticales, faroles, balcones coloniales y acentos cantoneses, los periódicos cumplían una función de archivo vivo. No eran un lujo: eran una necesidad.

Entre los títulos más significativos se mencionan Hou Men Kong Po, Man Sen Yat Po y Wah Man Sion Po, tres diarios dirigidos a la comunidad china y vinculados a elementos de la llamada China Nacionalista. Cada uno contó con imprenta propia, un dato que revela no sólo capacidad económica, sino también voluntad política y cultural. Tener imprenta significaba tener voz, tener territorio, tener una habitación propia en la república de la palabra impresa. No olvidemos que el banco HSBC con sus siglas antiguas se fundó en esa Habana palpitante, que creció también al compás de una economía soterrada sinocubana.

El Hou Men Kong Po —también referido en estudios recientes como Hoy Men Kong Po— ha sido identificado como uno de los periódicos chinos de mayor duración en Cuba. Investigaciones académicas contemporáneas lo presentan como un depósito esencial de memoria social de la diáspora china y como una ventana para comprender la vida interna de esa comunidad. Su existencia prolongada confirma que no se trataba de una aventura efímera, sino de una institución capaz de acompañar décadas de cambios, crisis, alianzas y rupturas. Los chinos llegaron como esclavos, vendidos a 148 pesos, enviados a Campeche en México, y trasladados a La Habana con la intención de blanquear la sociedad rural cubana en los campos de azúcar, no tuvieron la fuerza africana para el corte de caña, pero hicieron uso de sus capacidades intelectuales para el negocio y los estudios. Sólo un hombre los defendió de la esclavitud, el poeta, novelista y diplomático portuguez, Eça de Queiroz, quien terminó su misión en Cuba el 29 de noviembre de 1874.

Man Sen Yat Po, por su parte, aparece documentado en colecciones digitales internacionales con ejemplares fechados entre 1947 y 1958, procedentes de La Habana. Ese arco temporal resulta revelador: atraviesa el final de la Segunda Guerra Mundial, el reacomodo de la política china en el exterior, la Guerra Fría, el batistato y los últimos años de la república cubana. En esas páginas, probablemente, la actualidad mundial no era una abstracción, sino una sacudida íntima. China no era sólo un país lejano: era la familia que quedó atrás, el apellido, el duelo, la deuda, la promesa.

Wah Man Sion Po completa esa tríada de periódicos que circularon en la Cuba republicana para servir a lectores capaces de habitar dos alfabetos y, muchas veces, dos fidelidades. Los tres diarios, controlados por sectores nacionalistas chinos, formaban parte de un campo político trasnacional. La comunidad china de Cuba no estaba aislada de las grandes disputas de su país de origen. El conflicto entre nacionalistas y comunistas, el destino de la República de China, la posición de Taiwán, las asociaciones partidarias y las redes de solidaridad ultramarina encontraban eco en imprentas habaneras.

La escena descrita por el periodista Alfredo Núñez Pascual en el periódico El Mundo posee una belleza casi cinematográfica: los redactores utilizaban papel de china como cuartillas y un pincel mojado en tinta para dibujar los caracteres, porque no disponían de máquinas de escribir para ese idioma. Esa imagen basta para entender la paciencia material de aquella prensa. Mientras otros periódicos cubanos celebraban la velocidad de las rotativas, el linotipo y la modernidad industrial, algunos redactores chinos continuaban escribiendo como si cada noticia exigiera un gesto de caligrafía, una ceremonia de la mano.

No hay que romantizar la precariedad, pero tampoco ignorar su potencia simbólica. En esos pinceles había una resistencia cultural. Cada carácter trazado sobre el papel era una forma de decir: seguimos aquí, todavía nos leemos, todavía somos capaces de reconocernos. La ausencia de máquinas de escribir chinas no detuvo el periódico; lo obligó a adoptar una cadencia distinta, más lenta, más artesanal, quizás más cercana a la memoria que a la simple urgencia noticiosa.

La prensa cubana de la república era bulliciosa, competitiva y diversa. Hacia los años cincuenta, La Habana sostenía una intensa vida periodística, con diarios de gran circulación, revistas populares, noticieros radiales y publicaciones especializadas. En ese ecosistema, los diarios chinos ocupaban un lugar particular: no buscaban necesariamente disputar la masa nacional de lectores, sino sostener una comunidad específica. Su poder no estaba en la tirada gigantesca, sino en la fidelidad de quienes necesitaban esas páginas para no desaparecer dentro del ruido mayoritario.

El lector de esos diarios podía ser un comerciante de la calle Zanja, un viejo inmigrante que apenas dominaba el español, un chino llegado joven, como mi abuelo materno, un joven nacido en Cuba que intentaba descifrar la lengua de sus padres, un dirigente de sociedad regional, un cocinero, un bodeguero, un empleado de lavandería, un socio de una logia o un hombre solitario que buscaba en las columnas del periódico una noticia de Cantón, de Hong Kong, de Shanghái, de una guerra o de un gobierno lejano. Cada ejemplar circulaba de mano en mano y multiplicaba su lectura en cafés, asociaciones y trastiendas.

La palabra impresa en chino dentro de Cuba también planteaba una pregunta sobre la ciudadanía. ¿Qué significaba ser chino en la república cubana? ¿Qué significaba ser cubano con memoria china? Los periódicos respondían sin discursos grandilocuentes: se podía pertenecer a la isla y, al mismo tiempo, conservar un calendario espiritual distinto. Se podía pagar impuestos, abrir negocios, criar hijos cubanos y, aun así, leer las noticias en caracteres tradicionales. La identidad no era una frontera, sino una mesa donde se mezclaban arroz, frijoles, té, ron y tinta. Recuerden que el chino mambí José Bû, que luchó por la independencia de Cuba -en la que “no hubo un chino traidor ni un chino desertor”- como el que más, primo de mi abuelo, casi llega a Presidente de la República.

El control de estos medios por sectores nacionalistas chinos revela hasta qué punto la diáspora participaba de proyectos políticos que excedían la geografía cubana. Los periódicos funcionaban como instrumentos de información, pero también de orientación ideológica. Publicaban probablemente editoriales, comunicados de asociaciones, llamados a la unidad, mensajes patrióticos y noticias sobre la situación de China. Eran periódicos de comunidad, sí, pero también órganos de una disputa por la representación legítima de la nación china en el extranjero.

Conviene imaginar las imprentas propias de Hou Men Kong Po, Man Sen Yat Po y Wah Man Sion Po como pequeños talleres de soberanía. Allí se componían páginas, se ordenaban caracteres, se revisaban pruebas, se corregían nombres, se discutían titulares. La imprenta era un corazón mecánico, pero también una cocina de símbolos. En la Cuba republicana, donde tantos grupos luchaban por hacerse visibles, esos talleres chinos afirmaban una presencia que el relato nacional muchas veces redujo a postal exótica: arcos, restaurantes, dragones, lotería, barrio pintoresco. La prensa mostraba otra cosa: organización, pensamiento, debate, modernidad.

La materialidad de aquellos periódicos merece atención. El papel de china, los pinceles, la tinta, las imprentas y los tipos en caracteres tradicionales pertenecen a una historia de tecnologías migrantes. No toda modernidad se parece a la misma máquina. Para la prensa en español, modernizarse podía significar aumentar páginas, acelerar tiradas, incorporar cables y fotografías. Para un diario chino en La Habana, modernizarse podía consistir en sostener una red de lectores, importar tipos, conservar un sistema de escritura complejo y hacer que la noticia atravesara la distancia sin perder su forma original.

También había una dimensión afectiva. Los periódicos anunciaban bodas, funerales, aniversarios, donaciones, fiestas de sociedades, campañas de ayuda y visitas de personalidades. Eran el álbum colectivo de una comunidad dispersa. En sus páginas, un apellido no era exclusivamente un dato: era una rama de genealogía. Una esquela no era solamente una muerte: era la confirmación de que alguien había tenido lugar entre los suyos. Un anuncio comercial no era sólo propaganda: era la prueba de que un negocio chino sobrevivía en la ciudad y necesitaba clientes, confianza, continuidad.

Si se observa desde hoy, cuando tantos archivos se han perdido o permanecen dispersos, la existencia de esos diarios adquiere una importancia mayor. Ellos guardaron nombres que de otro modo se habrían evaporado. Guardaron discusiones, anuncios mínimos, fechas, direcciones, sociedades, lealtades y fracturas. La historia oficial suele preferir los grandes acontecimientos; la prensa comunitaria, en cambio, conserva la respiración menuda de la vida. Por eso los diarios chinos de la Cuba republicana son indispensables para reconstruir una parte del país que habló en voz baja, pero escribió con persistencia.

La revolución de 1959 transformó radicalmente el paisaje político, económico y asociativo de Cuba. Muchos periódicos desaparecieron, cambiaron de función o fueron absorbidos por nuevas estructuras. En el caso de la prensa china, el golpe fue doble: cambió la isla y cambió también el lugar político de la diáspora. Las viejas asociaciones vinculadas a la China Nacionalista perdieron terreno en un contexto donde las alianzas internacionales y la política interna cubana se reordenaron de manera profunda. Aquella prensa quedó entonces como una zona de memoria de un mundo anterior.

No obstante, sería injusto leer esos diarios como reliquias. Fueron laboratorios de transculturación, espacios donde Cuba y China se miraron sin necesidad de traducción completa. Allí se formó una sensibilidad mestiza que no siempre entró en las novelas nacionales ni en los manuales escolares. La Cuba republicana fue también esa página escrita con pincel, esa cuartilla de papel de china sobre una mesa habanera, esa noticia internacional que bajaba al barrio y se convertía en conversación entre humo, arroz frito y ron barato.

Hay en la imagen de los redactores dibujando caracteres una lección sobre el periodismo. Informar no siempre es correr; a veces es preservar. No siempre es gritar; a veces es mantener encendida una lengua. Mientras los grandes diarios republicanos perseguían titulares capaces de estremecer a la opinión pública, estos periódicos chinos sostenían una conversación íntima con sus lectores. Esa conversación podía ser política, económica, familiar o ceremonial, pero siempre implicaba una afirmación contra el borramiento.

Por eso Hou Men Kong Po, Man Sen Yat Po y Wah Man Sion Po deben ser recordados no como curiosidades marginales, sino como parte de la historia mayor del periodismo cubano. Si la república fue un mosaico de voces, esas cabeceras aportaron una sonoridad particular: la de los caracteres que se trazan con paciencia, la de una comunidad que se informa para reconocerse, la de una patria heredada que dialoga con una patria adoptada. Cuba también se imprimió en chino.

Quizás, al pasar la mano sobre aquellos papeles viejos, uno no encuentre únicamente noticias. Encontrará la textura de una espera. La espera de cartas, de barcos, de remesas, de cambios políticos, de hijos que aprendieran o no la lengua de los abuelos. Encontrará la obstinación de quienes no quisieron dejar que el océano les arrancara el alfabeto. Encontrará, en fin, una Habana que fue más plural de lo que a veces se cuenta: una Habana donde un periodista podía mojar el pincel en tinta, inclinarse sobre la mesa y convertir la distancia en periódico.