Revista Mariel. Autor:Reinaldo Arenas, Juan Abreu, Carlos Victoria, Luis de la Paz, Roberto Valero, René Cifuentes, Reinaldo García

Portada Revista Mariel

Sumario

  • Un proyecto cultural alrededor de una revista de altísima calidad literaria en Nueva York y Miami, donde también participaron Marcia Morgado y José Abreu Felippe.

En este largo bregar del exilio cubano han existido revistas que nacieron para acompañar una época y otras que nacieron para desafiarla. Marielpertenece a la segunda estirpe: la de las publicaciones que no piden permiso, que irrumpen, que dejan una marca de pólvora en la conversación cultural. Publicada entre 1983 y 1985, primero en el circuito del exilio cubano entre Nueva York y Miami, Mariel no fue únicamente una revista literaria; fue una declaración de existencia, una negativa feroz a la obediencia y un acto de restitución para una generación de escritores y artistas expulsados no solo de una isla, sino de los relatos oficiales sobre la isla.


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Revista Mariel


El nombre mismo arrastraba una herida y una condena convertidas en emblema. El éxodo del Mariel de 1980, que llevó a más de 125.000 cubanos hacia Estados Unidos, había sido tratado con desprecio, caricaturizado por la propaganda y reducido a estigma por quienes necesitaban simplificar una tragedia compleja. Pero aquella diáspora no traía solo hambre, miedo o intemperie: traía también manuscritos invisibles, memorias sitiadas, una imaginación que había sobrevivido al cerco. En ese paisaje de fractura, la revista apareció como una casa de papel para los desterrados, una mesa improvisada donde la literatura y el arte podían volver a pronunciarse con entera libertad. Las huellas del éxodo y su impacto en Miami siguieron siendo materia central para entender el contexto humano y político del que surgió esta publicación.

Dirigida por los autores marielitos (llegados a Miami por el puerto de mariel durante el éxodo de 1980) Juan Abreu, Reinaldo Arenas y Reinaldo García Ramos, con el asesoramiento de Lydia Cabrera, y sostenida por un grupo de editores y colaboradores que incluía a Roberto Valero, Carlos Victoria, Luis de la Paz y René Cifuentes, Mariel levantó un archivo incómodo y brillante. En sus páginas convivieron nombres ya imprescindibles y voces que estaban forjándose a contracorriente. La revista dedicó números a figuras como Lezama Lima, Virgilio Piñera y José Martí, y a la vez defendió una idea de exilio plural, estéticamente ambiciosa, reacia a la domesticación y a la nostalgia convertida en mercancía. Fueron ocho números, suficientes para dejar una huella desproporcionada en la historia cultural cubana, dedicados a autores cubanos, no necesariamente llegados por Mariel, y de otros ámbitos de la literatura mundial.

Lo notable de Mariel no fue solamente su nómina, sino su temperatura moral. Había en ella una rabia inteligente, una elegancia sin mansedumbre, una voluntad de intervenir en el canon cubano desde afuera, o mejor: desde un afuera que se negaba a seguir siendo periferia. La revista discutía, atacaba, rescataba, polemizaba. No pretendía ser neutral, porque la neutralidad habría sido otra forma del silencio. En su mejor momento, operó como una pequeña república verbal donde los expulsados podían responder a la humillación con pensamiento, ironía y belleza. No era una publicación acomodada en el lamento; era una máquina invencible de confrontación cultural.

Entre Nueva York y Miami, Mariel tendió un puente que no era geográfico sino espiritual. Nueva York le dio fricción cosmopolita, intemperie intelectual, una resonancia de gran ciudad donde el exilio podía dejar de ser apenas una categoría política para convertirse también en laboratorio estético. Miami, por su parte, aportó la densidad del desarraigo inmediato, el pulso de la comunidad cubana rehecha a golpes, el rumor de las llegadas, las pérdidas y las recomposiciones. Entre ambas ciudades, la revista inventó una patria portátil: una patria de páginas, de discusiones, de memoria insumisa.

Hoy, leída a la distancia, Mariel sigue ardiendo. No como reliquia de un exilio congelado, sino como prueba de que la literatura puede ser también una forma de defensa propia. Su legado no consiste exclusivamente en haber reunido a una generación golpeada por la historia, sino en haberle dado estilo a su insurrección. Allí donde otros esperaban una nota al pie, Mariel escribió una página central. Y eso, en la historia de la cultura cubana, no es poco: es un desafío que todavía respira. La revista se ha seguido estudiando y digitalizando como uno de los proyectos editoriales más significativos del exilio cubano, lo que confirma la persistencia de su influencia.