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El rostro del demonio oculto en un fresco por ocho siglos


La imagen forma parte de una obra de Giotto de 1290 que recrea una de las estampas de la vida de San Francisco de Asís, patrón de Italia.

El descubrimiento reciente del rostro de un demonio oculto entre las nubes en uno de los frescos de Giotto (1266-1337) remite al Leonardo del “Tratado de la Pintura”, donde el genio renacentista comentaba los paisajes y rostros que descubría observando con detenimiento las manchas de moho en una sucia y roída pared. Después de todo –la frase es suya- la pintura es cosa mentale.

Parece no caber duda que en el fresco en el que se ha descubierto este demonio no hay que entornar la vista para reconocerlo, está ahí, de manera inequívoca. Ni siquiera puede apreciarse en la imagen la simultaneidad de visiones que se observan en ciertas figuras de Dalí, algo que éste lograba mediante un desarreglo interior que él mismo definía como muy cercano a la esquizofrenia.

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Lo insólito en esta obra de Giotto (que data de 1290 y recrea una de las estampas de la vida de San Francisco de Asís, patrón de Italia, encargada al pintor florentino por la orden franciscana para ilustrar la basílica superior de la Orden, sepulcro de su fundador) es que el camuflado demonio haya sido observado ahora por primera vez, tras ocho siglos de existencia.

Fue la medievalista y experta en la orden franciscana Chiara Frugoni quien se percató de su existencia mientras estudiaba todos los frescos de la basílica.

"Hasta ahora, se pensaba que el primer pintor que alteraba las nubes era Andrea Mantegna, que en su "San Sebastián" de 1640 (conservado hoy en Viena) había mostrado en el fondo del cielo a un caballero que surge de una nube. Ahora, esta primacía de Mantegna ya no es tal", ha escrito la historiadora en un artículo citado por la página web del convento, en el que señala que “el significado del descubrimiento está aún por profundizar".

Habrá que esperar ahora por las interpretaciones para intentar desentrañar lo que tiene todos los visos de otro misterio medieval más que, de saberlo Eco, lo hubiera incluido en El Nombre de la Rosa, por no mencionar al muy evidente Don Brown y su Código Da Vinci.

En un intento por justificar la miopía de los espectadores, algunas consideraciones apuntan a que la figura es difícil de ver desde el suelo porque está en lo alto del fresco.

Sergio Fusetti, restaurador jefe de la basílica, sostiene que Giotto probablemente no quería que la imagen del diablo fuese una parte fundamental del fresco porque pudiera haber robado atención al motivo principal de la historia, que reproduce una de las tantas escenas de la vida y la muerte de San Francisco.

También el mismo Fusetti argumenta que el maestro podría haberla pintado aludiendo a alguien que conocía y quería burlarse de él. O por el contrario, simplemente la introdujo en su esquema pictórico por pura diversión, un acto desprovisto de intencionalidad.

Pero esto último es difícil de creer en pintura. Ni siquiera los gestos de los trazos del pincel son gratuitos.

No siempre se entendió que en Las Bodas de Caná de El Veronés, el insólito perro que asoma su cabeza desde un balcón para contemplar el espectáculo que tiene lugar debajo de sus ojos, no es sino la burla del animal hacia todo el género humano. ¿Y qué decir de las Meninas de Velásquez, donde las criadas aparecen en primer plano y los reyes muy al fondo abriendo una puerta? ¿Acaso Goya, precisamente en homenaje a Velásquez, no se burló de la monarquía borbónica caricaturizando a todos los personajes retratados en La Familia de Carlos IV, comenzando por el propio rey?

Como quiera que sea, cuesta creer que el rostro del diablo de Giotto haya permanecido casi un milenio confundido entre las nubes, sin ser descubierto por la curiosidad de los incontables espectadores que han recorrido con su mirada (¿inquisidora?) durante tanto tiempo cada centímetro del fresco.

Eso queda por descubrirse.

Trabajo para los especialistas, y también – ¿por qué no?- para la especulación.

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