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Degradado, borracho y sin pistola, de policía a simple chivato


"Masó", policía al que le robaron la pistola en La Habana. (Foto cortesía de Cubanet).

Uniformado y bajo una feroz borrachera, sus perseguidos de siempre le robaron la pistola. Aunque hoy está expulsado de la Policía se vende como "garante de la revolución".

El destino de Masó no se diferencia en nada al de cientos de miles de viejos represores al servicio de la dictadura fidelista, cuyas miserias espirituales fueron ahuecándolos por dentro, volviéndose contra ellos mismos, hasta convertirlos en piltrafa: alcohólicos, enajenados, vagabundos, zombis sin derrotero.

Desde que era jefe de un sector de la policía, con grados de oficial, Masó empezó a beber en forma desmedida. Sólo el diablo sabrá cuántas penas y remordimientos y frustraciones necesitaba ahogar. Sus horas de sobriedad eran cada vez menos y ya no le alcanzaban para realizar las tareas propias del cargo, lo que es decir acciones de jenízaro corrupto y violador de los derechos humanos.

Hasta que un mal día (para Masó), los propios ladrones que él nunca detuvo por ser un pésimo agente de la ley, le robaron la pistola cuando se encontraba bajo los efectos de una gran borrachera, aunque de completo uniforme y armado.

Entonces fue degradado y expulsado de la policía. Para los represores de una dictadura como la nuestra, todo es permisible mientras que no se les ocurra morder la mano que los alimenta. Pueden perder el alma, incluso resulta conveniente que la pierdan, pero lo que jamás se les perdonaría es que pierdan el arma.

Despojado de su “autoridad” y su uniforme, Masó ya nunca iba a renunciar a los vicios que contrajo siendo policía, el alcohol entre ellos, pero no sólo, también la manía siniestra de hacer daño a la gente, ahora gratuitamente, por el mero placer de hacerlo, o quizá para cumplir algún acuerdo de conveniencia con sus ex correligionarios, quienes le permiten realizar pequeñas operaciones ilegales que apenas le alcanzan para pagarse la bebida y subalimentar a la familia.

Es así como, entre trago y trago, hoy se pasa todo el tiempo merodeando en los alrededores del edificio donde reside, al acecho de “irregularidades” o de cualquier tipo de comportamiento “antisocial” que conspire contra la “revolución”.

Aquellos que ahora mismo transiten por la avenida Tulipán, entre Factor y Estancia, en el habanero Nuevo Vedado, podrán verlo, porque siempre está allí, con el oído parado para escuchar todo lo que se comenta y observándolo todo con sus ojos acuosos e inyectados con sangre y ron. Y claro que pueden sentir lástima, es natural.

Pero humildemente les sugiero que no permitan que la piedad les haga perder de vista el hecho de que este hombre, o esta sombra infecta de lo que fue un hombre, tiene en su haber más víctimas que pelos en la cabeza.

Este artículo fue publicado originalmente en Cubanet el 6 de Junio de 2014.

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