“Siempre la muerte, su paso breve”.
José Lezama Lima.
De adultos, los niños víctimas de abusos se convertirán muy probablemente en víctimas de sí mismos, o en verdugos de otros, escapar del abuso resulta difícil, y ese es el tema más hondo e inextricable de esta novela que María Galas ha escrito con precisión y meticulosidad.
La víctima siempre irá a buscar a su verdugo ideal, y de esto también habla el libro que no podrás abandonar una vez empezado. La psicopatía forma parte cotidiana de nuestro andar por el mundo, repararla a tiempo resulta difícil, cuando no imposible. La escritora logra un símil imaginario de arma mediante la escritura.
La violencia empieza siempre por la seducción, luego vendrá el deseo, la dependencia, el amor traficado en docilidad, la rendición, su silueta última. Es cómodo sentirse deseado pese a cualquier evidencia, es todavía más incómodo partir, abandonarlo todo en medio del padecimiento, ancla conocer al fin la verdad.
La literatura es una forma de violencia sumamente refinada, escribir mata, y se mata indoloramente cuando describes hechos, acontecimientos probables enmascarados en ensueños, y a alguien -que son diversos- del pasado inmerso en esos sucesos irreversibles. Aunque nadie afirmará que escribir convierte al escritor en asesino, como mismo resultaría complicado creer que un hombre atildado, sereno, amable, atento, funcionario de Correos, pudiera albergar zonas oscuras con relación a las mujeres a las que amó y trató con la mayor de las delicadezas, ese es Fran.
Entrada ya bastante la novela, aparece cual banal descubrimiento el maldito número 11, como ella misma lo sitúa, maldito en su dimensión estructural, dos columnas. El 11 es el número que sumado es dos, debo aclarar que lo han visto o presentido como avisos numerosas mujeres a las que conozco, en la literatura, y en la vida real. Es el pronóstico perverso de un final inevitable. No solamente el de la novela, sino el de la duda, el de la pasión y crucifixión. Es el presentimiento insólito del que hablaba en su poesía Enrique Loynaz, como un precursor predestinado, un profético olvidado.
Ni las advertencias de las madres servirán de nada ante el desastre, cuando ellas lo ven todo en la mancha más sombría, pero la adicción al torturador no reconoce avisos ni límites. Nada salvará a la mujer marcada, predestinada.
Entre silencios, murmullos, dilemas, pistas intrincadas y melodiosas el registro de la narración va subiendo y ganando fuerza hacia la expectativa más inesperada, el lector no consigue abandonar la trama, su adicción se inicia y monta a la misma velocidad y altura que la de la protagonista, esa Marieta tan bien dibujada, mujer firme transformada por el halo del amor necesitado en un soplo de ella misma, bajo el poder carismático y acaparador de Fran.
Todas hemos sido de alguna manera Marieta, la “obra perfecta” de alguien. Todas nos hemos desnudado hasta entregar a ciegas el alma y casi la vida. El miedo es la sensación más irisada en el alma humana, se traza cual el roce de un velo, incita a sentirlo, a acariciarlo más y más.
Bendigo la audacia de María Galas, escribir sobre el miedo como forma de reafirmación humana mediante una historia que tanto hemos presenciado en la sociedad actual, y con semejante delicadeza y elegancia en la escritura, con tanta desgarrada soledad, no es nada común.
Hay una forma de perdón oculto en sus palabras, que el lector intentará descifrar, no he escapado a ello, y he intuido que detrás de esta gran novela de presentimientos se cuentan vidas ocultas sumidas en disímiles penas de amor, ese dolor agudo, indescifrable, como en todas las magníficas novelas de este mundo escritas por mujeres indóciles.
Hay mucho de Jean Rhys en ella, y de una joven Margarite Duras, me atrevería hasta firmar por una Karen Blixen; entre objetividad y quimera, misterio y desafío. Venganza dulce más que delirio y decepción.
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