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Cuba: de genética, élites e hijos emigrados


Vista aérea del Castillo de los 3 Reyes del Morro, una de las fortalezas que protegían la capital cubana de ataques de corsarios y piratas, ubicado en la entrada de la bahía de la ciudad de San Cristóbal de La Habana.

A pensar en construir un país mejor, donde juzgar sea un acto de ley, que paguen los culpables por sus actos delictivos, no por ser hijos ni nietos.

Hace sólo unos meses, alguien que no quiere ser mencionada porque es familia cercana de un alto dirigente cubano, me llamó y me contó que acababa de vivir su primera y muy infeliz experiencia americana. Su voz sonaba entrecortada, con las típicas inspiraciones irregulares que suelen acompañar al llanto.

Bilingue, universitaria, hermosa, bien preparada y mucho mejor educada, aplicó para un trabajo y encontró como respuesta: Tu apellido aquí es veto, nosotros no queremos problemas. Le dije “no te preocupes, siempre que alguien nos destruye un sueño, la vida se las arregla para ayudarnos a construir otro muchísimo mejor”.

Creo que así logre calmarla; pero hoy necesito catarsis luego de ver el revolú que generó en la prensa local, la llegada a Miami del joven habanero llamado Josué Colomé Vázquez, hijo del vicepresidente cubano y ministro del Interior, General Abelardo Colomé Ibarra.

Es cierto que al no existir prensa rosa en la isla, la vida de ciertas personas que integran esa nublada alta sociedad, genera una curiosidad que roza con la morbosidad y da vida a cazadores que con ejercicio mandibular buscan llamar nuestra atención disparando con saña, hacia esa llamada élite que por genética no programada nacieron con determinados privilegios.

Huelga decir que, salvo excepciones, este tan atractivo grupo demográfico que encierra a muchos familiares de dirigentes de la revolución cubana, no decide emigrar por sentirse perseguido ni por razones políticas; lo hace por moda, excentricidad, o por estudiar y un día regresar a casa con el honorífico equipaje de una residencia americana y algún título ultra rimbombante. También para mejorar su economía personal y/o buscar plazas más estables que La Habana donde revertir el síndrome de la apatía generalizada que produce el no saber hacia donde vamos….En fin, son disímiles las razones por las que llegan, noventa millas más al norte, esta pléyade que muchos llaman “hijitos de papá”.

¿Son simples oportunistas? Dios me ampare de enjuiciar, aunque concuerdo que se están aprovechando de la Ley Pública 89-732, "The Cuban Adjustment Act" o "Ley de Ajuste Cubano", que brinda refugio y oportunidad a los cubanos en este país, los Estados Unidos. Misma ley y oportunidad, de la que se valen tantísimos emigrados cubanos (el término exiliado me suena un tanto más cruel) que al llegar aquí usan el manido argumento de ser perseguidos políticos sabiendo muy bien que cuando vivían en la isla jamás le tiraron hollejos a un chino, mucho menos con grados de general.

No queda bien encartar tanto. Quien esté libre de pecados que venga y me pida unos cuantos. ¿Será necesario aclarar que, aunque a muchos les parezca un acto de sumo patriotismo; robarse un avión, una lancha, o asaltar una bodega para hurtar libras de pan, sin tener hambre ni necesidad, no son cuestiones políticas sino delitos comunes?

Mire usted, el 31 marzo de 1589 comenzaron a realizarse las obras de fortificación de La Habana, que estuvieron dirigidas por el ingeniero, arquitecto militar y constructor italiano Bautista Antonelli, y por el maestre de campo Juan de Tejeda quien fuera gobernador de Cuba desde 1589 a 1593. Excelente efemérides para pensar en construir un país mejor, donde juzgar sea un acto de ley, que paguen los culpables por sus actos delictivos, no por ser hijos ni nietos. Reconsiderarlo es buen augurio.
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    Juan Juan Almeida

    Licenciado en Ciencias Penales. Analista, escritor. Fue premiado en un concurso de cuentos cortos en Argentina. En el año 2009 publica “Memorias de un guerrillero desconocido cubano”, novela testimonio donde satiriza  la decadencia de la élite del poder en Cuba.

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