Los palotes puntuados (II)

El autor comenta la avidez de asombro que sufre todo, incluso los animales, las plantas, los astros.

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El primer asombrado fue Dios, que no sabía que la luz era buena y que entusiasmado por el éxito de su primera convocatoria se dio a la manía de crear. De no haber sido buena la luz, de no haberle sorprendido de manera tan grata, es probable que el desencanto hubiera hecho presa de Él y la Creación se hubiera frustrado. Todo, aunque viniera de sí mismo, parecía asombrarle, como si lejos de responder a un plan respondiera a un impulso que para su beneplácito fue revelándosele encomiable, y por encomiable, digno de ser aprovechado hasta sus últimas consecuencias: el ser humano.

“Y vio Dios que era bueno” es frase que el autor de “Génesis” no duda en insertar varias veces entre los primeros versículos de su libro, como atestiguando la emoción risueña de Dios, su complacencia ante lo que, incontenible, le iba brotando. Si Dios hubiera conocido de antemano las virtudes de todo lo que a su conjuro fue materializándose no tenía por qué haberse alegrado ante el acierto reiterado de sus obras, no tenía por qué haber advertido, al contemplarlas, que eran buenas. El primer asombrado es Dios, y ese asombro es tan agradable que lo engolosina.

La luz pierde a Dios. A partir de ella, de lo que la luz despertó en Él, Dios se dio a la tarea de crear, ávido de satisfacciones similares a la que el encuentro con esta criatura desconocida le proporcionó, víctima de una necesidad de asombro que el hombre, hecho a semejanza suya, va a heredar y a intentar satisfacer de las formas más diversas; una necesidad de asombro que, en cierta medida, el orbe entero padece y que se hace obvia en la curiosidad de los animales (la bestia que hoza, el perro que escarba, el insecto que fisgonea, el pez que muerde el anzuelo), en el árbol que atalaya, en la estrella que no pega un ojo.

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Todo el que escribe o intenta escribir poesía sabe que el primer asombrado debe ser el autor; que si no hay asombro para él, podrá haber poema pero difícilmente habrá poesía. Un equipo de hombres de ciencia del Colegio Baylor de Medicina y de la Universidad de Emory descubrió que los puntos del cerebro relacionados con el placer responden de manera más enfática a lo inesperado que a lo habitualmente placentero, que el cerebro humano ama las sorpresas. La vocación poética es, en gran parte, fruto de ese amor, aunque no deban confundirse sorpresa y asombro: los separa un abismo semejante al que puede abrirse entre un versificador hábil y un poeta verdadero.

El hallazgo me devuelve a una lectura de poesía en Tokio donde me veo descalzo, sentado en el suelo, entre un nutrido grupo de haijins (cultores del haiku) que beben té, leen en voz alta y que, al oír un poema ajeno que les entusiasma, no reaccionan frunciendo el ceño, dando tibios cabezazos de aprobación y sobándose la barbilla –como exige Occidente-- sino manifestando una suerte de alegría inusitada en gente tan comedida, levantando las manos y aplaudiendo. Aunque el carácter del texto fuera sombrío, el renovado asombro de la poesía y el placer que el puro hecho estético les deparaba prevalecían sobre toda otra consideración.

Mi afición a las formas clásicas del verso ha sido el resultado de una necesidad de asombro tan viva que en mi caso específico –líbreme Dios de hablar por los demás-- no podría satisfacer el verso libre, tan amigo de plegarse a la voluntad de quien lo cultiva, de acoger un dictado. Incorporar una forma clásica y dejar que, en determinado momento, ésta hable sola desde algún escondrijo de mi persona, que ésta rompa a hablar haciendo de mí muñeco, y de ella misma ventrílocuo, ha sido mi gran alegría. Lo que sé que sé, ¿para qué decirlo? A mí sólo me interesa decir –decirme-- lo que no sé o lo que no sabía que sabía hasta que lo vi decirse a través de mí e incluso, para mi renovado asombro, a pesar de mí. Sabio Cioran: “lo que arruina lo que deseo”.

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Si el origen de la filosofía es el asombro,* la poesía es el asombro mismo: está hecha de asombro, y el poeta necesita de ella como Dios necesitó de todo lo que iba creando no para asombrar a alguien --que a nadie, que se sepa, podía asombrar por entonces-- sino para asombrarse a sí mismo, para sacar de la sombra mucho de lo que, dentro de Él, permanecía en ella, y sacándolo de la sombra ampliar su radio de conocimiento, que es decir su radio de ser.

Harto de mi necesidad de asombro, y no satisfecho con responsabilizar a Dios por ella, he buscado puertas de escape, necesidades más a tono con una época que ve con sorna el uso de los signos de exclamación (esos palotes puntuados) y la perplejidad del infante en el rostro del adulto. Pero la onomancia me ha cerrado el paso. El destino de un hombre está en su nombre y el mío discurre, como la propia palabra “asombro”, entre dos interjecciones o entre la misma interjección que se repite: “oh”. (La letra hache, además de muda, suele hacerse invisible. No hay más culpable de la mala ortografía de algunos).

“Entre dos oscuridades, un relámpago” es el título de un célebre poema de Vicente Aleixandre. Entre dos oes, es decir, entre dos relámpagos, una sombra que pugna por asombrarse. Este servidor.

*Aristóteles