El otro Carlos Manuel de Céspedes

La Sierra Maestra. AFP PHOTO / ADALBERTO ROQUE

Nada más aburrido que un hombre de una sola pieza. Carlos Manuel de Céspedes (1819-1874) no fue uno de ellos. A los ciento cincuenta años del inicio de la Guerra de los Diez Años vale la pena buscarlo más allá del 10 de octubre de 1868 para oírlo conversar con el río Cauto, ofrecer una serenata y redactar, además de versos, cartas donde no se sabe qué admirar más, si la prosa, el coraje o la sensibilidad del autor para embeberse en el paisaje cubano y describírselo a Ana de Quesada, su mujer, exiliada en Estados Unidos. Estas cartas parecen, por instantes, precursoras de los diarios de José Martí:

Por las mañanas el monte de Cuabas, que entreveo a espaldas de mi morada, a través de una arboleda, toma en su base un color ceniciento muy oscuro; mas besan su cumbre los rayos del sol naciente y se percibe el brillo diáfano y tembloroso de la esmeralda. Luce en la cima una diadema elíptica de niebla blanquecina por sobre la cual se lanza el inmenso espacio azul del cielo. Un ruiseñor se posa entonces en algún árbol a la orilla del río y me envía sus armoniosos trinos, que a pesar de la distancia, recojo bastante bien en las alas de las brisas. No contento, sin embargo, con oírlo de lejos, deseoso de asistir a un concierto de esos músicos de los bosques, que me aseguraron cantaban en bandadas al son de las aguas en que refrescan sus piquillos, me trasladé a la margen del río en ocasión en que dejaban jugar en libertad sus gargantas flautadas; pero ay, semejantes a los niños melindrosos, se negaron a dejarme saborear sus melodías...

Esta carta, escrita en Ranchito el 13 de septiembre de 1872, muestra a Céspedes tan atento a la naturaleza de la isla como lo estaría Martí veintitrés años después, camino de la muerte:

Por altas lomas pasamos. Seis veces el río Jobo. -Subimos la recia loma de Pavano, con el Panalito en lo alto y en la cumbre la vista de naranja de china. Por la cresta subimos... y otro flotaba el aire leve, veteado... A lo alto de mata a mata colgaba, como cortinaje, tupido, una enredadera fina; de hoja menuda y lanceolada. Por las lomas, el café cimarrón. La pomarrosa bosque. En torno, la hoya, y más allá los montes azulados, y el penacho de nubes. (18 de abril de 1895)

El 25 de septiembre de 1873, desde Arroyo de Jiguaní, Céspedes vuelve a mirar en torno y poner ante Ana de Quesada la Cuba que le arropa:

El paisaje, si bien circunscrito por las montañas, es alegre y grandioso. Tengo al frente el monte de la Peña Blanca, que me distrae con sus juegos de luz. Tan pronto representa una superficie igual y unida en plano inclinado, como descubre sus inmensurables espinazos, estribos y hondonadas. Varía de colores con la rapidez maravillosa del caguayo. Las yagrumas a veces son copas colosales de esmeraldas; pero a los pocos instantes, al herirlas los rayos del sol meridional, se transforman en gigantescos floreros llenos de azucenas de plata (...)

Cuba no fue para él, como no lo sería para Martí, una abstracción sino una realidad física capaz de arrobarlo. Escribía sus cartas con una tinta elaborada por él mismo a base de zumo de limón. La naturaleza corría por su escritura, que debe de haber olido y hasta sabido a ella.

El Río Cauto.

2

Carlos Manuel de Céspedes es desterrado a Palma Soriano en 1852, dieciséis años antes del Grito de Yara, donde las autoridades españolas le vigilan pero no le impiden sentarse a la orilla del Cauto y escribir versos:

Naces, ¡oh Cauto!, en empinadas lomas;
bello, desciendes por el valle ufano;
saltas y bulles, juguetón, lozano,
peinando lirios y regando aromas.

Luego, el arranque fervoroso domas
y, hondo, lento, callado, por el llano
te vas a sumergir en el oceano;
tu nombre pierdes y sus aguas tomas.

Así es el hombre. Entre caricias nace;
risueño, el mundo al goce le convida;
todo es amor, y movimiento y vida.

Mas el tiempo sus ímpetus deshace
y, grave, serio, silencioso, umbrío,
baja y se esconde en el sepulcro frío.


No debe pasarse por alto el acierto de ese peine de agua cuyos dientes acicalan las flores: cada lirio, un cabello; ni el contraste entre el río niño que retoza en su cuna (la sierra), y la profundidad, el retardo y el silencio que van apoderándose de él a medida que se acerca al mar, donde va a perder su identidad y desvanecerse en una realidad mayor.

Céspedes debe de haber leído a Manrique: Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar / que es el morir."

Tampoco Martí sería indiferente al Cauto. Diez días antes de morir da testimonio del encuentro con él en una página de su diario:

Las barrancas feraces y elevadas, desgarradas a trechos, hacia el cauce, estrecho aún, por donde corren, turbias y revueltas, las primeras lluvias. De suave reverencia se hincha el pecho, y cariño poderoso, ante el vasto paisaje del río amado.

Un día después, el Cauto iba a sugerirle algo más: De Altagracia vamos a la travesía. Allí volví a ver de pronto, a la llegada, el Cauto, que ya venía crecido, con su curso ancho en lo hondo, y a los lados, en vasto declive, los barrancos. Y pensé de pronto, ante aquella hermosura, en las pasiones bajas y feroces del hombre...

La Campana de La Demajagua.

3

Carlos Manuel de Céspedes, el hombre que estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo más joven antes que ceder a una extorsión del Capitán General de la isla y que moriría batiéndose solo, revólver en mano, con una patrulla del gobierno español, es uno de los autores de la música de “La bayamesa”, una de las pocas canciones cubanas del siglo XIX que ha prevalecido sobre la saña del tiempo.

La historia de la canción se reproduce en el libro “Música Colonial Cubana,” de Zoila Lapique, a partir del testimonio del poeta José Fornaris (1827-1890), recogido en 1888 en una edición de sus versos:

Era por los años de 1851. Después de una representación dramática se nos ocurrió celebrar a varias señoritas y entre ellas a una (Luz Vázquez) que era novia de uno de los promovedores de la serenata. Yo, a pesar de no ser el novio, me encargué de la letra; Carlos Manuel de Céspedes y Pancho del Castillo improvisaron la música, y Carlos Pérez (Tamayo) fue el tenor que la interpretó acompañado de los compositores.

A partir del 9 de enero de 1869, reducido a cenizas Bayamo, la canción adoptaría una letra de carácter patriótico que exaltaba el valor del cubano y condenaba al gobierno opresor.

4

Carlos Manuel de Céspedes.

Las cartas escritas por Carlos Manuel de Céspedes a Ana de Quesada revelan cuán angustiosa llegó a ser la relación entre ambos. La destinataria, además de quejarse de su situación económica y la de sus hijos, temía por la vida de su esposo. Él, consciente de las represalias que podían tomar los españoles contra ella, la disuadía de su empeño de regresar a Cuba y declinaba todo ofrecimiento que pudiera representar un gasto:

Te doy las gracias por lo que me dices que me tienes preparado; pero de aquí en adelante no quiero que me mandes nada; ni medicinas, ni ropa, ni nada. Guárdalo todo para ti y los chiquitos. Yo estoy satisfecho con lo que tengo. Vivo en una choza o a la intemperie. Como lo que me dan, aunque sean los reptiles más inmundos. Ando vestido y calzado de una manera grotesca, pero honesta. No tengo necesidades. Hasta ahora me defiende la lealtad de los que me rodean; el día que me falte, no sabré morir peor que Ayestarán (...) *

No juego, no me embriago, no enamoro, ni siquiera paseo. Trabajo sin descansar por Cuba, no puedo asegurar que lo haga con acierto pero es con buena fe. No robo, no mato, no violo, no hago intencionalmente agravios a nadie. Procuro proceder imparcialmente en mis resoluciones, y que haya orden y justicia. Jamás transigiré con los españoles sino bajo la base de nuestra independencia. Más no puedo hacer, no soy santo (...)

No faltaría el comentario dedicado a sus compañeros de guerra:

Si no están conformes, tomen su Presidencia el día que quieran. ¡Ojalá fuera mañana! ¡Cuidado un día no la dejen caer por tierra! Para nada la apetezco. Yo quiero ser el primer independiente, y adonde quiera que vaya tendré qué comer, porque yo sé trabajar. No le tengo miedo a nadie ni a nada.

De nada nos valió su advertencia.

5

La finca San Lorenzo.

La reseña de la muerte de Carlos Manuel de Céspedes redactada por Fernando Figueredo a partir de la narración del Capitán José Lacret Morlot (1850-1954), quien acompañaba al ex presidente en la finca San Lorenzo, en plena Sierra Maestra, sobrecoge. Carlos, el hijo mayor, se dio a la tarea de recoger y juntar, además de algunas partículas del cráneo de su padre deshecho a culatazos, los pedazos de piel y los mechones de cabello que habían quedado prendidos en la vertiente escabrosa del barranco donde aquél había sido ultimado y de cuyo fondo fue retirado con una cuerda, sin consideración alguna al cadáver, que luego sería arrastrado.

A unos pasos persistía el rastro de sangre; en la hondonada donde había caído, un charco de ella, y en el tronco de una palma, una bala de su revólver que el hijo extrajo y guardó. Más allá, el esqueleto de Telémaco, su caballo. La poetización de la naturaleza nunca tuvo en Céspedes un cumplimiento más absoluto que éste de utilizar el nombre de un personaje de la Odisea para identificar al más allegado de sus colaboradores: su cabalgadura.

Nada más aburrido que un hombre de una sola pieza. Carlos Manuel de Céspedes no fue uno de ellos.

* Luis Ayestarán Moliner (La Habana, 1846-1870), coronel del Ejército Libertador. El día antes de ser ejecutado en garrote vil escribió a su madre: Moriré como he vivido, con la conciencia de haber cumplido un deber, de no haber hecho mal a nadie, y sí mucho bien a infinidad de personas.

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