miércoles, octubre 01, 2014, 4:18 pm

Opiniones / Iván García

Estafar al consumidor: epidemia nacional

Pocos tienen la entereza de señalar a los culpables de transformar nuestras vidas en una competencia a ver quién fastidia más al prójimo.

En una bodega de La Habana (Cuba).
En una bodega de La Habana (Cuba).
Engañar a Nivaldo, 71 años, no es tarea fácil. Cuando el anciano sale de compras, en su inseparable bolso de saco, lleva una pesa portátil. Luego de hurgar entre viandas, frutas y hortalizas colmadas de tierra depositadas en las estanterías metálicas de un agromercado, llegan los problemas.

Al pasar por caja, el comerciante intenta estafarlo, cobrándole los productos por debajo del peso. Exigir su derecho le ha ganado fama de viejo tacaño y antipático.

“Ayer adquirí doce libras de carne de cerdo a 23 pesos la libra, cuando comprobé el peso faltaban dos libras y media. Es algo habitual. En cada agromercado hay situadas pesas estatales para cerciorase que te vendieron el peso exacto, pero también suelen estar trucadas. Es una epidemia nacional. Joder al otro es como un deporte”, dice Nivaldo,, mientras a paso doble se apresura por llegar a su casa ante la amenaza de un aguacero otoñal.

Las trampas y adulteraciones de víveres y artículos es una historia añeja. En muchas tiendas y cafeterías por divisas, la misión principal de sus trabajadores es ‘multar’ (estafar) al cliente. Hay métodos novedosos. Otros son burdas chapucerías.

En el centro comercial Isla de Cuba, a tiro de piedra del Capitolio Nacional, Luisa, 46 años, hurgó en las neveras de productos cárnicos y adquirió dos paquetes de muslos de pollos donde venía consignando el precio acorde a su peso.

Sacó cuentas. Un paquete costaba 2.60 y el otro 2.40. En total, 5 pesos convertibles. La matemática no falla. Pero en Cuba los números son mágicos. Tranquilamente, la cajera selló los dos paquetes y los metió dentro de un bolso de nailon y le dijo eran 5.30.

Luisa le explicó que debía haber un error. Abrió los paquetes sellados y se los mostró. La cajera lo admitió y le respondió que 'era culpa de la caja'.

Si no andas fino, los vendedores te multan descaradamente. Marco, empleado  de un supermercado en moneda dura da una justificación. “Ganamos muy poco. La manera de buscar dinero es 'multando' al consumidor. Los que trabajamos en este sector invertimos cientos de dólares en comprar una plaza. La cosa está que arde y debemos llegar a casa con dinero. También tenemos familia”.

La pregunta que Marco prefirió no responder fue: si los clientes no tienen la culpa de sus bajos salarios, por qué no se quejan al sindicato o montan una sonada protesta en la Plaza de la Revolución.

Ah, no, eso nunca lo harían. Podrían ir a la cárcel. A falta de mecanismos legales que les permita a los trabajadores de servicio exigir mejores salarios, la solución es descargar su cólera reprimida  en el bolsillo de los consumidores.

En los hoteles, discotecas y restaurantes donde suelen ir distendidos turistas, las 'multas' se elevan. Muchos gastronómicos del sector turístico tienen un doctorado en la materia. Por las tarjetas de crédito y por detalles como un reloj caro o un ordenador portátil Apple, calculan qué cantidad de dinero le pueden desplumar.

Hace unos días, tres habaneros residentes en Miami llegaron con varios amigos a una cafetería por divisas a beber cerveza a lo grande. Al vuelo, el empleado captó que eran "cubanos del otro lado”. A cada rato, mientras recogía las latas vacías de cerveza, hablaba de Grande Ligas. Estableció empatía con ellos. Pasadas las 11 de la noche, ebrios, encantados de compartir con dependientes atentos, cantar boleros y tirarse fotos, pagaron 130 cuc. Una cuenta sobregirada.

Ahora mismo, los cubanoamericanos son los mejores clientes. Dejan buenas propinas. Y si el tipo se emborracha, más aún lo 'multan'.

Engañar al cliente está latente en todos los segmentos de la vida nacional. Si usted camina por cualquier calle habanera, observará una multitud de mesas plásticas de la gastronomía estatal ofertando pan con lechón a 5 pesos, raciones de arroz frito a 15 y pollo frito a 1.60 la onza.

Siempre me ha asombrado la capacidad de formalismos absurdos de la burocracia criolla. Cada mesita tiene una pesa y un cartel donde se indican los gramos que debe tener cada producto a consumir.

Un atildado gastronómico picotea una grasienta pierna de cerdo, pellejos mezclados con ripios de carne y huesillos pequeños. Lo pesa y luego deposita el picadillo en un pan redondo. ¿Tendría cada consumidor que andar con una pesa portátil para verificar el gramaje exacto? El anciano Nivaldo lo hace. Pero la inmensa mayoría no se ocupa de estar pesando lo que compra.

Ya los cubanos no hemos acostumbrado a ser estafados. Un 'pago extra' que aceptamos disciplinadamente, como todo en Cuba. Desde escuchar un discurso prometiendo un futuro luminoso que nunca llega, hasta comprar diariamente un pan de 80 gramos que casi siempre pesa la mitad.

En el argot callejero, timar a los consumidores le llaman ‘luchar’. Es un círculo vicioso. Tú me jodes a mí detrás de la barra de un bar, y luego yo me desquito cobrándote 20 cuc por un chequeo médico.

Es una especie de pacto. Jodernos unos a otros. Pocos tienen la entereza de señalar a los culpables de transformar nuestras vidas en una competencia a ver quién fastidia más al prójimo.

La pérdida de valores ha sido uno de los mayores daños provocados por los Castro en sus 54 años de reinado. Recuperarlos costará bastante.
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