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  • 23 de febrero de 2012

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¿Política médica o medicina política?

Ni siquiera en un terreno cuasi sagrado como el de la salud, donde los profesionales juran bajo palabra hipocrática defender la vida de sus pacientes a toda costa; los cubanos que se oponen al gobierno se pueden sentir seguros.

Foto: Reuters

Hace poco menos de un año viví dos semanas pensando que tenía un cáncer en mis ganglios. En noviembre de 2010, un equipo de patólogos del Hospital Provincial “Carlos Manuel de Céspedes” de Bayamo firmó un papel amarillento que, a máquina de escribir y con varios errores de mecanografía, me dictaminaba un Linfoma de Hodgkin tipo Esclerosis Nodular.

La noticia no tardó en correr como pólvora en una ciudad de doscientas mil personas donde mi nombre, debido a enfrentamientos periodístico-políticos, había cobrado desafortunada notoriedad.

Quince días más tarde, otro equipo de patólogos, estos pertenecientes al Hospital “Hermanos Ameijeiras”, de La Habana, haría explotar a mi madre en un llanto acumulado, al decirnos que aquel dictamen no era más que un monstruoso error.

Los exámenes repetidos en La Habana a mis ganglios mostraban una alteración (hiperplasia) quizás producto de un antiguo proceso viral, que no contenía presencia alguna de malignidad.

El diagnóstico que me salvaría de las garras de la quimioterapia llegaría después de procedimientos tan tortuosos como una biopsia de hueso de la cadera, un medulograma, y otra biopsia del tejido nasal (solo practicable introduciendo una especie de tijera finísima en mi nariz hasta la laringe, y cortando una porción del tejido), que me martirizaron durante varios días.

De regreso a mi ciudad oriental, con otro papel que me decía que a mis 26 años aún no enfrentaría yo cáncer alguno, jamás pude conocer qué vieron o no vieron en mis células los cinco patólogos bayameses que dictaminaron mi Linfoma de Hodgkin.

Eso sí: consultas bibliográficas y decenas preguntas a otros médicos me permitieron saber que esta clase de linfomas poseen células con una estructura clara, bien definida, clásica, que tornan bien difícil cualquier confusión.

Jamás afirmaré que detrás de un dictamen que destruyó los nervios de mi familia y de mis amigos, estuvo la mano oscura y todopoderosa de la Seguridad del Estado, como sí afirmaban varios de los míos, alarmados con el inconcebible error. Jamás señalaré al aparato político, ni siquiera porque supe que mi caso era seguido bien de cerca por algunos atentos agentitos locales. No es mi especialidad fundar mis criterios sobre bases subjetivas, sin argumentos de peso en mi mano: esa es la especialidad de los difamadores.

Sin embargo, ahora que tras la meteórica muerte de Laura Pollán algunos conocidos opositores cubanos (Elizardo Sánchez, Guillermo Fariñas, José Daniel Ferrer, entre muchos otros) han firmado una declaración de rechazo a ser hospitalizados en caso de enfermedad, me resulta imposible no recordar mi propia experiencia.

La tragedia nacional llega a esos extremos de paranoia justificada: cuando un aparato de intelligentsia tiene poder para sacar de Universidades a alumnos, para decidir quién viaja o no fuera del país, para impedir que un usuario compre alimentos en un supermercado o entre a un cine público; cuando ese aparato tiene presencia hasta en las instituciones más anodinas y poco importantes de la sociedad, ¿por qué creer que sus intereses no se harán prevalecer también en un hospital?

Este pronunciamiento del grupo Alianza Democrática Cubana, diciendo que solo en caso de una intervención quirúrgica de urgencia desean ser trasladados a un “hospital del régimen” (léase: todos los hospitales cubanos), y siempre que un médico de su confianza así lo indique, representa a mi juicio una de las declaraciones más terribles que podrán conocerse en mucho tiempo: ni siquiera en el plano médico los desafectos del sistema se sienten con garantías plenas.

Ni siquiera en un terreno cuasi sagrado como el de la salud, donde los profesionales juran bajo palabra hipocrática defender la vida de sus pacientes a toda costa; un terreno que debería no ceder jamás a presiones o influencias de índole alguna, los cubanos que se oponen al gobierno se pueden sentir seguros.

Yoani Sánchez me contó alguna vez cómo la atención médica de urgencia que recibió en un policlínico habanero, fue relatada después, con pelos y señas, a un reportero que publicó un material televisivo en su contra.

De igual forma que yo jamás sabré cuánto de error y cuánto de intención hubo en un diagnóstico que me arrancaba gran parte de mi juventud, es probable que tampoco sepamos nunca cuán naturalmente llegaron dos virus letales al cuerpo de Laura Pollán, si estuvieron alguna vez en ella, y si en verdad fueron los causantes del deceso de la Dama de Blanco. Esa es una de las tantas consecuencias del oscurantismo con que todo se mueve a nivel oficial en Cuba.

Pero una dura verdad sí sabemos: demasiado carcomidos deben andar los valores de una sociedad para que incluso de la responsabilidad, la incorruptibilidad y la ética médica, tengan que desconfiar quienes disienten de la política gubernamental. Con o sin razón.

Comentarios (1)

28 de noviembre de 2011 Arsenio (España)

Hay que recordar que,para entrar a la Universidad,había que ser revolucionario,y allí se crearon esos médicos,aunque en su mayoría,no entran en esas traquiñuelas acordes con la seguridad del estado,pero sí parece que los hay,y pertenecen a ese cuerpo.Es por eso que muchos disidentes,dicen que si enferman,no quieren que los lleven a Hospitales de allí.Pues sus vidas,peligran.

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