sábado, noviembre 22, 2014, 3:47 am

Cuba

“Las siete operaciones de mi abuelo”

"Seguí durante mucho tiempo esta historia y hoy la cito textualmente después de contrastar cada dato. Los nombres de las personas involucradas fueron expresamente eliminados. El texto resume seis cuartillas de intensa agonía."

Elaine Díaz
Elaine Díaz
La periodista y profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana Elaine Díaz, ha anunciado que no continuará escribiendo su blog "La Polémica Digital", un mes después de que criticara las nuevas tarifas aduaneras de Raúl Castro y de que instara a "no votar" por los diputados de la Asamblea Nacional que lo permitieron.

Díaz en su bitácora informó que hoy, después de casi 5 años, se despedía de su espacio. Desde este momento dedicará más tiempo a la investigación y la docencia, aclaró que quedará abierta para quienes quieran repasar lo que escribió en los últimos 5 años.

Desde fines de julio, cuando criticó en su cuenta de Twitter las nuevas resoluciones de la Aduana y en "La Polémica Digital" la incorporación forzosa de Campo Florido a la provincia de Mayabeque, la periodista no había vuelto a publicar en su blog, considerado oficialista.

En ese espacio también había pedido una reforma migratoria que incluyera la petición "realizada a gritos por los ciudadanos de este país" sobre la eliminación del permiso de salida y el cobro de los trámites migratorios en la misma moneda en que se paga a los trabajadores.

A continuación, después de todas las entradas que ha tenido el blog, ofrecemos una de las historias más visitadas.

Seguí durante mucho tiempo esta historia y hoy la cito textualmente después de contrastar cada dato. Los nombres de las personas involucradas fueron expresamente eliminados. El texto, inicialmente titulado “Las siete operaciones de mi abuelo”, resume seis cuartillas de intensa agonía.

Que suene el teléfono a las 11 de la noche es una herejía. “Llámame, tengo que contarte algo”. La voz del otro lado sonaba cansada, exhausta, triste, enojada… Escuché su historia durante semanas, compartí su agonía y después de recordar una y mil veces que el silencio nos hace cómplices le prometí que lo publicaría. “Aparecer en Internet no cambiará nada, ¿sabes?”. “No importa”, susurró, “yo sé que ellos te leen”.
Señaló hacia un espacio infinito por encima de mi cabeza que nunca pude descifrar.

V.F: “Todo comenzó con aquella inusual defecación roja de mi abuelo. La familia operativa del viejo, ya sabes, mi madre y yo, alarmados, arrancamos con él para el hospital más cercano, con la idea de que el médico de guardia lo atendiera y nos dijera como contener o prevenir los raros torrentes sanguíneos. El doctor nos aseguró que no era nada grave, pero que sería bueno acudir a un especialista, para realizar un estudio más profundo.

“Pasaron varios días entre este llamado de atención y los disímiles estudios y pruebas realizados por el proctólogo de dicho hospital; que finalmente dictaminó un incipiente cáncer de colon, aun operable debido a su tamaño. Se fijó la fecha de ingreso para un viernes no muy lejano en días y tentativamente la operación sería el lunes siguiente. Con el tiempo entendería que la fuerza de la palabra “tentativamente” se basaba más en su componente de desacierto, que en las esperanzas reales de que se lograran las cosas.

“El viernes del ingreso, calurosamente atípico para el recién inaugurado invierno, era bueno para mi abuelo, que cargaba el peso adicional de un enfisema pulmonar sobre su espalda. Ese día la anestesióloga alegó no poder consentir la operación sin un estudio previo neumológico, debido a su afectación pulmonar. Nada, que mi abuelo estuvo ingresado solo un día y su enfisema se hacía presente a pesar del calor.

“Pasó otra semana donde recolectamos los estudios, opiniones y avales que eran requeridos, así que el nuevo ingreso quedó para el lunes más cercano y la segunda fecha de operación para el día siguiente. Así fue como ese lunes nuevamente el viejo y su familia operativa hicimos acto de presencia en el hospital con todos los bultos acordes al ingreso, esperando que esta vez sí lo operaran. A nuestra llegada, la sala de Cirugía estaba repleta por lo que nos asignaron una cama en una sala de Medicina Interna, que radicaba dos pisos más arriba, con más frío y menos condiciones en el baño de las que imaginamos.

“La preparación de la operación se antojaba tortura china. Consistía en 4 enemas en la noche separados entre ellos por espacio de dos horas, además de una cierta dosis recurrente de laxantes que harían de las tripas de mi abuelo, el lugar más limpio del mundo para la hora de la operación. Este tándem tenía como efecto inmediato en todas sus variantes la defecación, cosa en extremo complicada en aquel sitio, no solo para mi abuelo, sino para cualquiera que se animase a intentarlo.

Fue mientras pensaba alternativas para hacer más llevadera las tareas de saneamiento, que mi madre se apareció con la noticia de que la anestesióloga decía que ese martes “el salón iba a estar muy cargado de casos complicados” y que “era muy fuerte realizarle de sopetón tal bombardeo a las entrañas del viejo”, por lo que propuso que fuera solo un enema diario, hasta que el día antes de la nueva fecha de operación se le hiciera algo similar a la tortura china, y que “tentativamente” esa nueva fecha sería el próximo lunes.

“Alegamos la falta de condiciones del baño para la realización de la actividad primordial de mi abuelo por esos días, así como la posesión de los implementos básicos para la aplicación de los enemas diarios, y logramos un pase hasta el domingo en la mañana, el día antes de la tercera fecha de operación. Así todos disfrutaríamos de un pequeño descanso, mi madre dejaría los trajines y gestiones por las escaleras del hospital, yo dejaría la silla metálica y ortopédica que me había sido asignada para “dormir” como acompañante nocturno de mi abuelo y él dejaría, lo que tuviera que dejar en la comodidad del baño de la casa.

“El domingo llegó más rápido de lo imaginado y el reingreso se antojaba más complicado, pues la sala donde se encontraba mi abuelo ya estaba repleta y nos habían cambiado la cama, el colchón y la mesita, y mi silla ortopédica no estaba. Una vez que estuvimos instalados, mamá procedió a darle al enfermero de guardia las indicaciones de la preparación de mi abuelo dejadas en sus manos por el proctólogo, en la cual rezaban los 4 enemas cada 2 horas empezando desde las 4 pm y terminando a las 10 pm, pues como bien nos habían explicado los doctores, si el lugar de la operación estaba completamente limpio a la hora de cortar, la operación no tendría complicaciones y no sería necesario desviarle el intestino para que excretara mientras el colon sanara.

“Ya me iba a casa a descansar y prepararme para mi tanda nocturna, cuando el enfermero, que parecía de secundaria, nos dijo que era mejor empezarle a poner los enemas a partir de las 8 pm, para que le diera tiempo comer. Mi madre se tomó 3 segundos y decidió ir a la sala de Cirugía para buscar asesoramiento especializado y/o un huequito donde meter a mi abuelo, ya que al final era donde debía estar.

“El cirujano de guardia muy amable dijo que no había problemas con el cambio pero el enfermero de guardia dijo que los domingos no podía entrar nadie nuevo a la sala. Mi madre, con su lógica de Cibernética-Económica, le preguntó: “¿Y si viene un caso de urgencia que es de operación?, ¿No se puede ingresar entonces?”, a lo que el enfermerito respondió dando la espalda y diciendo entre resabios que no era lo mismo.

“El cirujano amable que había presenciado la escena, la llamó y le dijo que era nuevo y no sabía cómo funcionaba burocráticamente aquel hospital, pero que estaba seguro de que los mecanismos debían existir para realizar el cambio y le dijo que preguntara en admisión, ellos debían saber los pasos a seguir. Así lo hizo mi madre, en admisión muy solidariamente le dijeron que buscara al supervisor de los enfermeros y le proporcionaron las coordenadas donde hallarlo, tarea que me tocó a mí.

“El supervisor, una vez en la sala de Medicina Interna, oyó la explicación completa en boca de mi madre enfrente del enfermero, para luego ratificarle que no podía variar ninguna de las indicaciones que aparecían en el papel dejado por el proctólogo, incluso dijo que, de ser necesario, se podría poner otro enema a las 6 am, antes de que lo subieran al salón de operaciones. Además, nos explicó que, después de operado, mi abuelo tendría segura una cama en la Sala de Cirugía. El enfermero adolescente, más resignado que convencido se marchó.

“Fui caminando hasta la casa, que por suerte quedaba a unas doce cuadras. Yo no pensaba dormir esa tarde, pero tanto ajetreo de pronto me hizo cambiar de idea; y justo cuando ya iba a acostarme para la siesta, sonó el teléfono. Era mi madre, que estaba tocando en la puerta del Banco de Sangre del hospital para hacer el registro del grupo sanguíneo de mi abuelo, pero no le salía nadie. Me pedía que buscara en la guía telefónica el teléfono de la recepción y preguntara el de ese local, para ver si podíamos hacer el registro, porque sin eso no se podía operar. Me comuniqué con la muchacha de guardia y me explicó que mi madre seguro estaba tocando en una puerta que no era. Las puse en contacto y me acosté a dormir.

“Cuando llegué al hospital supe que en el Banco de Sangre, no había sangre, que la muchacha de guardia le había enseñado el arca completamente vacía, pero que muy amablemente llamó a un hospital infantil que quedaba cruzando la calle, para ver si tenían bolsas de B+, el grupo sanguíneo de mi abuelo y tras la respuesta afirmativa coordinó para ir en su búsqueda, pues se necesitaban al menos dos para poder operarlo. Mi madre cruzó la calle y llegó al vecino hospital, pero en aquel Banco de Sangre solo había dos bolsas de B+, la misma cantidad que necesitábamos y la muchacha muy atenta le dijo que no le podía dar las dos, pues debían quedarse con al menos una por si aparecía alguna urgencia, que se llevara una y que dejara pasar la noche y fuera bien tempranito en la mañana, que si la otra no se había usado ella se la daría porque a esa hora ellos ya podían buscar sangre en otros lugares. Al terminarme el cuento, mamá agregó que ya al viejo le habían puesto tres de los cuatro enemas planificados para ese día y recogió las cosas para marcharse, cuando de repente apareció la enfermera jefa de sala y nos comunicó que el cuarto enema no se lo iban a poner, porque ya con los que le habían puesto eran suficientes.

“Mi madre trató de explicarle pero fue en vano, entonces le pidió que por favor llamara a la sala de Cirugía y le preguntara al cirujano de guardia, si un enema más o un enema menos determinaba. La jefa llamó, preguntó y sorprendentemente en cuestión de 5 segundos ya el cirujano le había dicho que daba lo mismo, nos dio la nota informativa con los resultados de la llamada y colgó. La intranquilidad se apoderó de nosotros nuevamente y fuimos hasta la sala de Cirugía donde comprobamos que el cirujano de guardia estaba ausente desde media tarde por estar atendiendo casos en el Cuerpo de Guardia, evento que me disparó nuevamente en la carrera por la búsqueda del supervisor.

“El hombre, que de seguro hacía rato no tenía una guardia tan entretenida, se presentó nuevamente en la sala y convocó una reunión en la que participamos la Jefa de Sala, el enfermero de guardia, él, mi madre y yo. Mamá expuso nuevamente el caso, a lo que la Jefa de Sala ripostó con que ya mi abuelo estaba dormido, y con la edad que tenía no era para estar molestándolo, además agregó “…yo no lo hago por nada malo, es que la sala está bastante complicadita”. Vaya excusa para semejante negligencia pensé, pero por suerte mi madre con su paciencia y bondad infinitas, volvió a explicar en tono muy amable que nosotros no dudábamos de sus conocimientos y buenos procederes, pero que el médico especialista en el tema, quien lo iba a operar al día siguiente, el proctólogo, había insistido en la necesidad de que las cosas se hicieran exactamente como él las había indicado, y que nos disculparan pero para nosotros la salud de mi abuelo era más importante de cuan complicada o no pudiera estar la sala.

“El fallo del supervisor fue rotundo, ponerle el enema que faltaba y a las 6 am agregar otro para garantizar la total limpieza de las entrañas del viejo. Mi madre se marchó a descansar pues tendría que madrugar para recoger la otra bolsa de sangre que faltaba en el hospital infantil de enfrente. Yo me quedé en mi sillita ortopédica y cumplí mi función de acompañante.

“Cerca de las 7:30 am, llegó mamá contando que la muchacha le había dado la otra bolsa de sangre y que ya la había entregado a la técnica de nuestro hospital, solo faltaría esperar que nos llamaran para el salón, parecía que era cierto aquello de que a la tercera va la vencida. Entonces apareció la técnica de guardia del Banco de Sangre, que ya para ese entonces era nuestra amiga, con la noticia que la Jefa de Salón decía que a pesar de la operación no ser tan complicada, dos bolsas eran insuficientes para una herida tan grande y que se requerían como mínimo cuatro. Ella, tan amable, ya había hablado con tres hospitales cercanos y le habían dado confirmación de la posesión de varias bolsas de B+, lo que ella salía de guardia y no podía regresar al hospital. Por eso la acompañé en el recorrido por todas las instituciones de salud antes referidas; y, para mi regreso al hospital, con cuatro bolsas de sangre en la mano, había considerado cambiar la informática por este tipo de contrabando, ya que, vista la eficiencia de los bancos, tendría un futuro promisorio.

“Con el problema de la sangre resuelto, nuestro proctólogo alegó no poder operar ese día porque él era nuevo en el hospital y el Dr. Fulano, que era más viejo y reconocido, no iba a operar a nadie ese día por la escasez plasmática y tenía varios casos más complicados que el de mi abuelo. Él no podía aparecerse de la nada con sangre para operar. Dicho esto, agregó que lo operaría el miércoles sin falta, que las bolsas conseguidas por mí iban a estar etiquetadas con el nombre de mi abuelo para que nadie las tocara, y así fue como la cuarta fecha de operación quedó fijada.

“Fueron dos días muy largos, de mucho agotamiento y de cierta hostilidad muy sutil por parte del cuerpo de enfermería de la sala, quienes siempre que podían trataban de saltarse algún que otro enema, lo que nos llevaba a estar de guardia y en pie de batalla permanentemente para que estas tareas se cumplieran. Entonces amaneció el miércoles, la cuarta fecha, y pasaba el tiempo y no nos venían a avisar para llevar a mi abuelo hacia el salón de operaciones, lo cual ya empezaba a impacientarnos. Mi madre fue a averiguar.

“Según la Jefa de Salón y el cirujano que asistiría a nuestro proctólogo en la operación mi abuelo tampoco se operaría ese día, pues todas las camas de la Sala de Terapia estaban ocupadas, lugar a donde momentáneamente debía ser movido el viejo después de la intervención quirúrgica, dato completamente nuevo para nosotros. Mamá casi se desmaya. El cirujano al verla la consoló, explicándole que lo hacían por el bien del paciente, pues en Terapia es donde mejor iba a estar cuidado después que saliera del Salón, y que no se preocupara que mi abuelo tenía el número 1 en la lista de espera para el día siguiente (jueves), quedando así fijada la quinta fecha de operación.

“Lo curioso de este día es que cerca de las 10 am se apareció el proctólogo, completamente ajeno a la situación, preguntando por mi abuelo para saber por qué no había subido al Salón. Tuve que ponerlo al tanto, mientras me preguntaba cómo podía existir tanta falta de comunicación entre un equipo de trabajo que acometía trabajos tan vitales.

“El jueves parecía ser el día definitivo, vinieron a buscarnos cerca de las 7:30 am para conducirnos al último piso del hospital donde radicaba el Salón de Operaciones. Una vez allí, mi abuelo se cambió de ropa, se vistió con la bata verde obligatoria y nosotros lo despedimos en el límite donde concluía nuestro acceso, deseándole claridad y pensamientos buenos.

“Pasó una hora aproximadamente y apareció en escena nuestro proctólogo, quien nos informó que me mi abuelo no se había operado, ni se iba a operar ese día, pues no había GUANTES!!!  para realizar la intervención quirúrgica planificada. La Jefa de Salón decía que se le caía la cara de la vergüenza y que ella se comprometía a operarlo el lunes sin falta. Mientras yo me preguntaba si los guantes eran algo tan impredecible que solo podían ser chequeados minutos antes de una operación.

“El pase no nos lo dieron, nosotros lo cogimos e informamos que el domingo entraríamos de nuevo para la sexta fecha de operación de mi abuelo. Nuestro proctólogo, con más miedo que buenas intenciones, nos hizo un llamado a la cordura y que no tomáramos una decisión a la ligera. Se comprometió a dejar las instrucciones de la preparación de mi abuelo el domingo, trató de tranquilizarnos diciendo que además tampoco había puestos en Terapia ese día, y que por ejemplo, el Dr. Fulano (el proctólogo reconocido), había operado y su paciente se debía quedar en el Salón de Operaciones. Yo entendía cada vez menos o tal vez cada vez más, ¿Cómo el Dr. Fulano podía tener guantes para operar y nuestro proctólogo no?

“El domingo a la hora del reingreso, nuestra predisposición era tal, que sin acordarlo estábamos esperando el menor fallo para sacar definitivamente a mi abuelo de ese hospital. Pero había un problema, de irnos perderíamos ya todos los estudios que le habían realizado y en un hospital nuevo tendrían que comenzar desde cero. Fue por eso que cuando llegamos a la sala y las indicaciones de la preparación de mi abuelo no se encontraban, como nuestro proctólogo había prometido, ideamos un plan para apoderarnos de todos los estudios y análisis que le habían realizado a mi abuelo.

“Lejos de ser sofisticado, el plan consistía básicamente en esperar a que el enfermero se alejara de las Historias Clínicas, y apoderarse de la perteneciente al viejo. Por suerte una acompañante de otro paciente del cubículo, solidarizada con nuestra causa, se encargaría de dar la voz de alerta cuando el enfermero se despegara de su puesto de trabajo, ya que ella también cumplía la doble función de vendedora de cremitas. Mamá iría y la recuperaría pues era ella quien sabía ya la ubicación exacta de la misma, mientras yo, debía tener todo listo para partir en el momento que se me indicase.

“Así fue, tras el aviso, mi madre corrió y regresó con el preciado artefacto. Ella quería fotografiarlo y devolverlo intacto. Yo proporcioné la idea de llevarnos el contenido importante y dejar aquello como un cascarón inútil y sin importancia. Tras un poco de resistencia, ella se dejó convencer y devolvió la carátula con los papeles menores en su interior, mientras nosotros nos marchamos sin mirar atrás.

“El lunes nos llamaron de todos lados, buscándonos para la operación, quizás la llamada más relevante fue la de nuestro proctólogo, quien amedrentado por algún tipo de represalia contra el hospital nos alertó que él era el nuevo, y que la soga se rompería siempre por su lado. Vale aclarar que nuestro proctólogo es un excelente profesional, quien desde el primer momento dio pasos certeros en la diagnosis y localización del tumor, además de demostrar ser el único realmente interesado en operar a mi abuelo. Pero tiene la mala suerte de haber llegado nuevo a una organización que posee su modus operandi propio, basado principalmente en el cubrimiento de traseros de quienes están integrados activamente a la misma. Claro, es eso o una profunda paranoia desarrollada por mí durante las noches de desvelos en dicho hospital.

“En cuanto a mi abuelo, fuimos a un hospital que es referencia en América Latina por sus buenos procederes, y le presentamos los estudios sustraídos a un prestigioso cirujano que allí labora. En pocos días le realizaron pruebas nuevas y más concluyentes, y lo operaron por mínimo acceso. No hizo falta tanta sangre, ni tanta preparación, ni los enfermeros protestaron por los trabajos que debían realizar. Mi silla era mucho más cómoda y el día de la séptima operación de mi abuelo, sí había guantes.
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Comentarios
     
por:: Felix De:: Miami,Fl
agosto 23, 2012 09:58
Explicito comentario,muy buena redaccion,muy profesional,pero nada nuevo.Todo eso ocurre en todos los Hospitales de los pobres de nuestra Cuba,que son casi todos.Exactamente todo lo que esa joven ha escrito es la verdadera realidad de la Salud en Cuba y pudiera decirle que hay relatos aun mas escalofriantes que ese.Y yo me pregunto ?Donde estan los tantos dirigentes del PCC,PP,UJC,CTC,bla,bla,bla?

por:: elena De:: Barcelona
agosto 23, 2012 11:22
Primero desearle la pronta recuperación, y después valió la pena tanto esperar y sufrimiento pues la operación fue más exitosa y profesional, y el abuelito sufrió menos que en definitiva es el efecto deseado, y a ustedes que sigan con ese afán de no amedrentarse ante tanto abuso, que Dios los bendiga

por:: carlos De:: chile
agosto 23, 2012 12:36
Estoy convencido que el hospital en cuestion se llama "julio trigo lopez" por algunos detalles del relato, de todos formas todos los que de alguna u otra forma necesitamos atencion especializada para nuestros viejos, sufrimos historias similares en diferentes hospitakles de la capital, no me quiero imaginar como será la cosa en los hospitales de provincia.

por:: joe almodovar c. De:: mexico
agosto 25, 2012 14:58
hola amigos de Radio Martí. . yo siempre los escucho por las mañanas temprano, pero bueno a veces no se escucha bien y ya tenia ganas de entrar por batazo.info pero luego a veces no escuchaba bien. . el otro no he podido entenderlo porque no logro escuchar. . yo lo escucho como malambo . . haber si me lo pueden rectificar. . bueno me salí un poquito del tema de la historia de la clinica. . uff es dificil vivir circunstancias de engaño y q se juegue con la nobleza de la gente en circunstancias dolorosas. . mi corazón está con Elaine. . no sé si sepa que habemos gentes de otros paises q sabemos de sus calamidades pero le envío un gran abrazo y un saludo. Y a Radio Martí mi agradecimiento porque siguen con la onda corta. . todavía habemos gentes q somos fans de las ondas hertzianas en onda corta. . vaya un abrazo fraterno para Radio Martí y el pueblo cubano. . .hasta luego. .
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